Manuel Machuca | Farmacéutico y escritor

“Las Tres Mil fue un barrio de mucha esperanza”

  • He aquí algunas andanzas y reflexiones de este boticario humanista, novelista, profesor, cooperante, paseante incansable por la ciudad y nómada espiritual

Manuel Machuca, en Marqués de Pickman

Manuel Machuca, en Marqués de Pickman / José Ángel García

Donde se supone que debería haber un mostrador de parafarmacia, potingues o productos Durex, el matrimonio formado por Manuel Machuca y Carmen Gutiérrez Aranda ha colocado una pequeña biblioteca de libros que presta gratuitamente a los vecinos de Marqués de Pickman. Esto ya nos indica que no estamos en una farmacia convencional. Manuel Machuca (Sevilla, 1963), como tantos, llegó a la profesión por una ‘maldición’ familiar –sus padres eran propietarios de dos boticas–, pero supo convertir su carrera en algo vocacional donde se mezclan el compromiso social y las humanidades, especialmente la literatura. Se define como “masón sin papeles” –aunque ha hecho los ejercicios de San Ignacio y colabora con Cáritas– y “eremita urbano”. Autor de novelas como ‘El guacamayo rojo’, ‘Tres mil viajes al sur’ o ‘Aquel viernes de julio’, Machuca encuentra su inspiración tanto en la ciudad mil veces paseada y leída como en los personajes variopintos que la farmacopea le ha puesto en suerte. Como profesor ha impartido lecciones en las universidades San Jorge de Zaragoza, San Francisco Javier de Bolivia, Granada, Sevilla y Barcelona. Estuvo en Ruanda como cooperante en 1994, cuando aquello era el Apocalipsis, y no es raro verlo paseando por las Tres Mil, donde colabora con la parroquia Jesús Obrero. Sevillista hasta la muerte.

–Su infancia son recuerdos…

–De la calle Gerona. Antes viví en el Tiro de Línea y después en Los Remedios, pero cada vez que recuerdo mi infancia se me viene a la mente esa calle del centro. Además, estudié en el colegio San Francisco de Paula, justo al lado. En general tengo mucho apego a la ciudad pero no a un barrio en concreto.

–La ciudad le ha servido de inspiración literaria.

–Sí, por ejemplo recuerdo una casa que hay por detrás de la Cruz Verde en la que me inspiré para escribir un libro sobre los inmigrantes andaluces en Brasil, que se titula El guacamayo rojo. Me gustan muchos sitios secretos que no tienen por qué ser especialmente bonitos, pero me llegan, como el Tiro de Línea o los chalets de la calle Montevideo.

–Ahora estamos en su farmacia de Marqués de Pickman, una avenida populosa, con aire a zoco.

–La primera vez que vino un amigo dijo: “esto es Nápoles”. Lo cierto es que, en apenas 200 metros, cambias de un barrio más o menos acomodado al más pobre de España, como es Los Pajaritos. Es una zona de transición brutal.

–He llegado dando un paseo por Ciudad Jardín, que pertenece a esa Sevilla a caballo entre la excelencia urbanística y la autoconstrucción.

–Ciudad Jardín es un ecosistema muy peculiar, con gente muy enraizada. Sin embargo, ya han empezado a notarse cambios… Es un barrio demasiado bien comunicado.

A las timbas de Villa Rocío iba Alfonso XIII. Después se la jugó la querida de Eizaguirre a las cartas

–¿Lleva muchos años aquí?

–Esta era la farmacia de mi madre y aquí pasé muchas horas de mi infancia.

–Todavía se notan en la zona algunos vestigios del Nervión antiguo.

–Justo aquí al lado estaba la desaparecida Villa Rocío, a la que venía Alfonso XIII para sus timbas y otras cosas… Siempre hubo fulaneo en esa casa. El famoso portero del Sevilla F. C., Guillermo Eizaguirre, que abandonó su carrera futbolística para hacer la guerra civil como oficial de la Legión, mantuvo en esta villa a una querida, La Muñeco. La señora terminó perdiendo la casa en una partida a las cartas. Yo la usé como el escenario del inicio de mi novela Aquel viernes de julio, que narra la historia de amor entre un señorito sevillano y una gitana.

–Buenas historias las que guardan las villas de Nervión.

–Recuerdo otra casa preciosa que era de Adolf Kuhn, un maestro cervecero alemán que se vino a dirigir la fábrica de Cruzcampo. Hoy es parte del colegio La Sagrada Familia. Llegué a ir de chico, porque los Kuhn eran vecinos nuestros de Rota, donde tenían la llamada Casa del Alemán, un chalet de madera al que Burgos le dedicó un artículo cuando lo derribaron. Recuerdo las palmeras, las criadas… Un hijo del señor Kuhn fue voluntario del ejército alemán en la II Guerra Mundial y contaba cómo se salvó de una emboscada saltando a un río y agarrándose a una guitarra como flotador. Hablaba muy poco de la guerra, pero siempre bien de Hitler. En general esto fue una zona de esparcimiento de la burguesía sevillana, como hoy Simón Verde. Estaba lleno de picaderos. Yo he conocido aquí a muchas mujeres con los mismos apellidos de sus madres porque eran hijas naturales. De hecho, la tradición de la prostitución todavía prosigue.

–Pues no se nota.

–Es sobre todo prostitución china encubierta. Este barrio es el Chinatown sevillano. Una madame viene todos los días a tomarse la tensión.

–¿Y su vinculación con las Tres Mil a cuándo se remonta?

–En el año 2006 empecé un voluntariado en un proyecto de Cáritas, en la parroquia Jesús Obrero. Se trata de facilitar medicamentos a personas que no pueden pagarlos.

–Producto de ese voluntariado es su libro ‘Tres mil viajes al sur’.

–Quería contar las historias de las gentes del barrio. Me interesan mucho las personas que no aparecen en los libros de historia, pero que son los que sostienen la sociedad.

–¿Algo así como el pueblo intrahistórico de Unamuno aplicado a las Tres mil?

–Exactamente. Me llamaba la atención que aquel era un barrio de expulsión, en el que te encontrabas con gente de Triana, San Bernardo, de los pueblos… Personas que recordaban infancias en casas de vecinos, pero que en su momento fueron expulsadas de éstas para ser reemplazados por una nueva población. Lo que se ha denominado la gentrificación. Cuando paseaba por el barrio un día me encontraba un alfarero de Triana, otro un dorador de pasos o un antiguo colaborador de Marmolejo… gentes que mantenían una memoria oral de la Cava de los Gitanos, del Corral de las Pistolas… En el libro me proponía reconstruir esas historias pero siempre pasadas por la ficción.

–¿El Corral de las Pistolas? Bonito nombre.

–Estaba frente a la antigua Fábrica de Hielo de la familia Camiña, que tenían otra en la calle Santa Ángela de la Cruz. En este lugar vivió el sacristán de Jesús Obrero, que volvía todos los años para salir, junto a su hijo, de costalero en la Esperanza de Triana. Era una nostalgia muy dolorosa.

–Las Tres Mil es sinónimo en toda España de barrio marginal.

–Pero lo cierto es que fue un barrio de mucha esperanza, que nació para acoger gentes que vivían en condiciones deplorables, en chabolas o corrales muy deteriorados. Es un lugar bien hecho, con grandes avenidas arboladas… Después empezó el deterioro progresivo y la gente empezó a sentirse prisionera.

La educación ha sido el gran fracaso de la Democracia, al contrario que el sistema sanitario

–El gran problema ha sido la droga.

–Y que no hay mezcla de clases sociales. Por ejemplo, en la calle Feria, donde sí la hay, la gente más pobre tiene referencias para mejorar, quiere ser como el vecino al que le van mejor las cosas. Pero las Tres Mil es un barrio completamente aislado y no hay ninguna referencia positiva. A eso se sumó la llegada de la droga. Los traficantes de otros barrios más céntricos, esos que retrató tan bien Fernando Mansilla en su libro Canijo, acabaron mudándose a las Tres Mil y formando un gueto con sus reglas propias. Si usted pasea por el barrio verá que está relativamente bien dotado, con carril bici y esas cosas, pero si entra en las casas son terroríficas… La única manera de que mejore es volver a mezclar gente, llevar allí organismos oficiales, como la Gerencia de Urbanismo, que nos obligue a los ciudadanos a ir. Tenga en cuenta una cosa: igual que a nosotros nos da miedo entrar en las Tres Mil, hay mucha gente de allí a la que le da miedo salir. Es muy importante la educación, que al fin y al cabo ha sido el gran fracaso de la Democracia, a diferencia del sistema sanitario.

–Será difícil acabar con la droga en esta zona…

–Ahora lo estamos viendo con la marihuana. Muchas veces estamos en la parroquia y, de repente, hay un apagón. Me recuerda a cuando estuve de voluntario en la Guerra de Ruanda, en el año 94.

–Eso se debe a la sobrecarga en la red por el uso de lámparas para cultivar la maría en interiores.

–Es tremendo. Si alguien abandona su piso por unos días, le dan una patada a la puerta, meten un pitbull para que nadie se atreva a entrar, y la dedican al cultivo de la marihuana. Hay gente que tiene miedo hasta de ir al entierro de su padre.

–¿Por qué se define como eremita urbano?

–Porque a pesar de ser una persona a la que le gusta mucho la ciudad, también estoy en un acto de contemplación permanente. Intento mirar al mundo en soledad y me siento un poco eremita.

–¿Y un masón sin papeles?

–Me interesa la idea ética y filantrópica de hacer el bien a la humanidad sin la necesidad de que exista Dios.

Me interesa la idea ética y filantrópica de hacer el bien a la humanidad sin la necesidad de que exista Dios.

–¿Por qué se hizo farmacéutico?

–Arrastrado por mis padres, porque yo quería hacer una carrera más vinculada con las humanidades. Los dos eran farmacéuticos y sufrí muchas presiones, sobre todo de mi madre. Pero sí he conseguido desarrollar una faceta de la farmacia en la que el humanismo es muy importante. De hecho me hice escritor a partir de muchas de las historias que he conocido por mi profesión. Es por eso que mis personajes femeninos son tan potentes. Dos de cada tres usuarios de las farmacias son mujeres.

–¿Y eso tiene alguna explicación?

–Las mujeres son las cuidadoras. Incluso cuando viene una pareja para comprar medicinas para el hombre, es ella la que lleva la voz cantante.

–¿Y qué le ha enseñado su profesión de la condición humana?

–La complejidad de la vida y la maravilla de la individualidad. Cada persona es única, eso es algo que me emociona, como la generosidad de la gente que no tiene nada.

–Eso siempre me ha llamado la atención.

–Es que el dinero genera miedo. Nunca ha sido una prioridad en mi vida. Vi como hacía mucho daño en mi casa.

–La profesión médica suele dar muchos escritores, pero no tanto la farmacéutica.

–Hay pocos, que recuerde ahora León Felipe y Raúl Guerrero Garrido, que fue premio Nadal y Planeta, y cuya farmacia de San Sebastián la quemaron los proetarras…

–También está ese libro maravilloso de Álvaro Cunqueiro, ‘Tertulia de boticas prodigiosas y Escuela de curanderos’… Las reboticas eran antes auténticos lugares de cultura y política. Eso ha desaparecido.

–Probablemente porque las farmacias han perdido gran parte de su carácter científico. Antiguamente era el lugar donde no sólo se vendían los medicamentos, sino que también se fabricaban. Ahora son lugares eminentemente comerciales y, por tanto, intelectualmente más pobres.

–Aquellas viejas farmacias eran muy hermosas, con esos grandes tarros de cerámica para las materias primas, los albarelos…

–Las había impresionantes, como la de los Murillo en el Altozano, la de la bodeguita de El Salvador o la que se llamaba El Globo, en la calle Tetuán...

–Antes habló de su época de voluntario en Ruanda, fue en pleno genocidio.

–Estuve dos meses en Goma, ciudad en la frontera con Zaire, en un campo de refugiados hutus que era francamente peligroso.

–Tenía que ser apocalíptico.

–Cuando anochecía te tenías que ir del campo, aunque yo algunas veces paseaba sin sensación de miedo. Luego, por la mañana, aparecían muchos cadáveres. La inmensa mayoría de los cooperantes son gente magnífica, pero también conocí algunos que eran ruines y se aprovechaban de la situación.

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