Javier González-Cotta | Fundador y director de la revista Mercurio “Hay muchos tabús en Sevilla, como el de los homosexuales en la Semana Santa”

  • Escritor, periodista, viajero por el Mediterráneo oriental, futbolero exaltado, cronista urbano, irreverente articulista... el entrevistado es, ante todo, un personaje

Javier González-Cotta Javier González-Cotta

Javier González-Cotta / Juan Carlos Vázquez

Nos reciben los ladridos de Pamuk, el teckel de Javier González-Cotta (Sevilla, 1970) que recuerda inevitablemente a Troylo, el difunto salchicha de Antonio Gala. Difícil describir a este periodista y escritor que asegura que, aquí y ahora, sus únicas pasiones son Cristo Pantocrátor, la música de Franco Battiato y un puñado de escritores de los Balcanes y el Mediterráneo oriental. Obvia, sin embargo, otras referencias que nos constan, como la de Manolo Cardo, el pantagruélico entrenador del Sevilla Fútbol Club, la verdadera patria de este personaje educado en colegios y universidades del Opus Dei. González-Cotta es conocido, sobre todo, por ser el fundador y director de la revista Mercurio, publicación gratuita de referencia en las librerías españolas que ahora inaugura su tercera época en su doble versión papel-digital. Pero más allá de su labor como editor, Javier González-Cotta es un auténtico personaje, un hombre de acentuadas contradicciones que lo convierten en eso que los entrevistadores llamamos “un miura”. En él conviven en equilibrio inestable el empresario sagaz y rabínico con el alma derrochadora del señorito de la campiña; el derviche místico con el cervecero parroquiano del Vizcaíno; el viajero intrépido con el sevillano hartible; el delicado gourmet cultural con el biri más extremo... Cónsul oficioso de Turquía en Sevilla, flâneur meditabundo e incansable por la irredenta Constantinopla, es autor de libros como ‘Estambul. Paseos, miradas, resuellos’ o ‘Viaje por Galípoli’. Su obra periodística está compuestas por artículos y crónicas urbanas y viajeras en las que González-Cotta despliega una mirada absolutamente personal, lejos de cualquier corsé o cantinela políticamente correcta.

–Un sevillano serio y malajoso como usted lo debe estar pasando mal en estos días de zambombas.

–La zambombá es uno de los grandes infiernos que puede padecer una persona, más en esta Plaza de los Carros, donde se remata cualquier acto festivo del barrio de la Feria. Me preocupa la depauperación de la Navidad, porque me fascina la figura de Cristo y la historia de su nacimiento. Como a todos, la Navidad me produce una cierta nostalgia, tanto del pasado como del futuro.

–Estamos en pleno ‘Moscú sevillano’, que cada vez es menos Moscú....

–Este barrio es un aguachirle en el que hay de todo: el capillita, el anarco, el comerciante de toda la vida, el hipster… Los bares de por aquí contienen un bestiario bastante sugerente … Pero sigue conservando una cierta tradición libertaria (no comunista ni roja) que se observa en las pintadas callejeras.

–Sin embargo, usted pasó un buen puñado de su niñez y adolescencia en el precario y luminoso ensanche burgués de la ciudad, concretamente en Reina Mercedes.

–Mi barrio futbolístico enemigo, por decirlo de alguna manera. Había una leyenda que decía que todos los porteros de Reina Mercedes eran del Sevilla, y algo de verdad había en ella. Cuando jugaba el Betis todos estaban cariacontecidos al ver las masas del enemigo invadir su territorio.

–Un lenguaje un tanto belicista, ¿no?

–La rivalidad Sevilla-Betis tiene mucho de guerra civil sentimental.

–Literato y futbolero, dos mundos que para algunos son incompatibles.

–Eso es una tontería quizás achacable a Borges, que decía que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Podríamos pasarnos horas hablando de las conexiones entre fútbol y literatura, empezando por el Albert Camus guardameta en el Argel de su niñez: aprendió más de este deporte que del célebre maestro al que le dedicó el discurso de recepción del Nobel. No hay duda de que el fútbol es cultura. Como sentimentalidad, hay muchos artistas y escritores vinculados a él… En mi caso concreto, creo que estoy empeorando con la edad y en vez de atemperarme me voy enfervorizando, lo cual no deja de ser un claro síntoma de decadencia.

Lo de la incompatibilidad entre el fútbol y la literatura es una tontería quizás achacable a Borges

–¿Quién, a su entender, ha dado en la tecla al escribir de fútbol?

–Me gusta mucho Pasolini, un heterodoxo con hache mayúscula que tiene unos escritos muy interesantes sobre fútbol. Decía que el mejor poeta del año era el pichichi edl Calcio. Por su parte, Enric González tiene un libro estupendo, Historias del Calcio, que fundamentalmente es una crónica de Italia desde los años sesenta hasta los noventa. Además, aunque muy manoseado por la izquierda, Eduardo Galeano ha reflejado siempre muy bien el mundo de este deporte.

–Hay un discurso buenista y tramposo que pretende separar el fútbol de la política. Cualquiera que observe este deporte sin pasión percibe inmediatamente que son dos conceptos que suelen ir de la mano. Fíjese si no en el reciente Barcelona-Madrid, ese partido que algunos llaman impunemente ‘el clásico’.

–El fútbol es claramente sentimentalidad y política, porque se desarrolla dentro de organizaciones sociales con determinadas vinculaciones. En Italia, por ejemplo, lo vemos en la rivalidad entre la Lazio, vinculado a grupos fascistoides, y la Roma, el equipo de los judíos. En Irlanda hay equipos que representan a los unionistas y otros a los católicos…

–Antes usted era simpatizante del Barcelona. ¿Ha cambiado con el procés, como el escritor Juan Bonilla?

–Eso hay que matizarlo. Una de mis obsesiones son los colores y me gustaban mucho las camisetas de fútbol de antes, no las horteradas de hoy. Lo peor del Barcelona no es la politización que ha sufrido, sino la degradación de su camiseta. Era maravilloso ver la elástica blaugrana en el campo con la luz de las cinco de la tarde. Por afinidad con esos colores me volví no un admirador, pero sí un simpatizante del Barcelona. Pero yo soy del Sevilla Fútbol Club y punto.

–Hay gente que, medio en broma medio en serio, dicen que es usted un agente turco. Lo cierto es que a ese país le ha dedicado libros, artículos, viajes… una pasión.

–Todo empezó leyendo La casa del silencio, de Orhan Pamuk. Me gustó mucho, porque era una Turquía que no tenía nada que ver con los estereotipos, casi postmoderna. Me lo leí todo antes de que le diesen el Nobel. A partir de ahí me empezó a interesar todo lo que tenía que ver con la Turquía moderna más que con el Imperio Otomano (que también). Turquía es un país híbrido sumamente interesante… Eso de que está entre oriente y occidente puede parecer un tópico, pero cuando viajas por él te das cuenta de que es una nación esquizofrénica, con derrapes emocionales y socioculturales considerables.

–En su libro ‘Estambul. Paseos, miradas, resuellos’ se observa casi una identificación de su personaje con la ciudad.

–Puede ser. De hecho me gusta viajar a Estambul en invierno y a los barrios más depauperados, a la periferia… En su famoso libro sobre la caída de Constantinopla, Steven Runciman decía que en el Bósforo se ahogaba la alegría natural de los griegos. Estambul es una ciudad que irradia melancolía, aunque al mismo tiempo es tremendamente joven y bulliciosa, con puentes enormes, dos estadios de fútbol, barrios modernos… Yo me he recorrido la ciudad a pie, porque soy de los que creen que las urbes hay que conocerlas caminando.

Turquía es una democracia, pero tendemos a incluirla en el eje del mal y otras estupideces

–¿Y de Sevilla, qué sitios le gusta recorrer a pie?

–La zona de San Lorenzo, con sus calles larguísimas y sus casas señoriales. Es uno de los barrios de Sevilla con más autenticidad. Después hay algunos recodos: las espaldas de San Andrés y San Martín (me gusta cuando los ábsides forman parte del trazado urbano), la plaza de Santa Isabel con sus maleantes… Durante muchos años hice reportajes urbanos y descubrí zonas casi psicotrópicas como la plaza de la Papachina, en San Jerónimo…

–La Sevilla periférica sigue siendo una gran desconocida para los propios sevillanos.

–Peter Handke, el Nobel, ha escrito que la ética de las ciudades está siempre en su periferia. Por eso me interesa el Handke viajero, porque va siempre a los sitios más apartados de las ciudades, cuyos paisajes, si se saben mirar, muestran ángulos muy interesantes. Por ejemplo, el Polígono de San Pablo… Es interesante pasear entre sus torreones, ver los grafitis; o el Porvenir, que es el barrio burgués más bonito de Sevilla; o los chalecitos del barrio de León, que construyó Queipo…

–Volvamos a Turquía. No es un país siempre comprendido desde Europa.

–Hoy he escuchado en la radio hablar del “régimen turco”, algo que es falso: Turquía es una democracia, pero tendemos a incluirla en el eje del mal y otras estupideces. Con una osadía estúpida se ha dicho que es un país fallido… lo mismo se podría afirmar de España.

–Dedicó un amplio libro a la batalla de Galípoli.

–Galípoli fue para los turcos una batalla muy importante, porque la ganaron con un ejército en alpargatas, lo que aumentó muchísimo su autoestima. De hecho, muchos ven en este acontecimiento el germen de la nueva Turquía que nació con Atatürk, el gran héroe de aquella batalla. Hice un híbrido entre la crónica histórica y el relato viajero por los campos y colinas donde sucedieron los hechos. Allí te das cuenta de que lo que perseguían los aliados era imposible, de ahí las grandes matanzas que sucedían en apenas tres metros cuadrados.

–Fue uno de los grandes errores del tan parangonado y biografiado sir Winston Churchill.

–Sí. La batalla de Galípoli tiene dos capítulos. En el primero, la Royal Navy intentó cruzar los Dardanelos a la fuerza y fracasó, algo que fue un error de Churchill. En los mítines, sus adversarios le gritaban: “¡Galípoli!”. Efectivamente, fue su gran mácula. Es conmovedor pasear por el antiguo campo de batalla y ver la gran cantidad de cementerios que hay sobre el mar Egeo.

El libro sobre Sevilla que me hubiese gustado escribir es ‘Un viajante, una ciudad’, de Eliacer Cansino

–Sus artículos se caracterizan por el desparpajo tanto en el uso del lenguaje como en el de las ideas. No se atienen al canon de lo políticamente correcto, esa peste bubónica de la cultura y el periodismo actuales.

–Nuestro común amigo Fernando Iwasaki dice que o se tiene sentido del humor o se tiene sentido del tumor. Yo espero tener de lo primero. La ironía siempre es sana y lo peor en un articulista es la autocensura. Es evidente que no se puede decir cualquier cosa, pero hoy en día impera un periodismo insoportablemente empalagoso y buenista. En Sevilla, por ejemplo, siguen existiendo tabús, como el de los homosexuales en la Semana Santa, pese a que tienen una presencia muy importante en la misma. Chaves Nogales ya hizo un artículo magnífico sobre el asunto dedicado al prioste de San Bernardo. No digo que se escriba sobre esto para criticarlo –no hay por qué– sino para señalar un fenómeno que es bastante llamativo.

–Chaves Nogales es el autor de ‘La ciudad’, un libro que para algunos es de lo mejor que se ha escrito sobre Sevilla.

–A mí me parece un libro un poco pedantón… Me gusta más Sevilla del buen recuerdo, de Rafael Laffón, o Los años irreparables, de Rafael Montesinos, de quien también son muy buenos sus Diálogos en la acera izquierda de la Avenida. Pero el libro que me hubiese gustado escribir sobre Sevilla es una novela de Eliacer Cansino que editó la Diputación, Un Viajante, una ciudad, que recrea la ciudad de los setenta-ochenta. Es maravilloso y me ha marcado bastante.

–Como penúltima aventura ha refundado la revista Mercurio –III época– toda una referencia en las librerías de España. Una osadía en un país en el que, según dicen, se lee poco.

–Sí, es cierto, aunque la producción editorial es abrumadora. Muchas pequeñas editoriales han sabido buscar su propia geografía, su nicho, como le dicen ahora. Así, han logrado una estética y un mercado propios. En especial me llama la atención el boom del ensayo, que es lo que leo ahora, fundamentalmente. Esto va unido a la evolución de las librerías, que cada vez se montan más como auténticos centros culturales. Es el caso, por ejemplo, de la sevillana Caótica.

–Recomiende un libro para regalar en Reyes Magos.

–El desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati. Es una alegoría de la espera, la melancolía, el tiempo que pasa y la falta de alicientes... Es decir, de la vida. Por supuesto, todo lo de Ivo Andric, un grande de la literatura balcánica. Ahora, Acantilado acaba de sacar una joyita que se titula Goya, que Andric escribió cuando estuvo destinado en la embajada de su país en Madrid. Es una semblanza del pintor con una segunda parte en la que se relata un supuesto encuentro con Goya en una taberna a las afueras de Burdeos...

Comulgo don Pablo d’Ors en su idea de redescubrir el silencio como fuente de alimentación espiritual

–Volvemos a la periferia.

–Efectivamente. Andric muestra a un Goya fantasmal.

–Lo fantasmal y lo religioso forman parte de sus intereses.

–Me interesa muchísimo la historia de la religión, el misticismo bizantino, el islam, los ascetas que se retiran al silencio, la necesidad del fundirte en blanco.

–De hecho, me consta que es un ferviente lector de Pablo d’Ors, el autor de la leidísima ‘Biografía del silencio’.

–Comulgo con su idea de redescubir el silencio como fuente de alimentación espiritual. Quién no conoce el desierto no conoce el silencio, dice un proverbio argelino.

–Pues lo tiene complicado en Sevilla.

–Esto es un non-stop en el que se pasa de la zambombas a las bandas de la Semana Santa, con el intermedio para mí bastante desagradable del Carnaval de Cádiz, un fenómeno que también han exagerado hasta el infinito.

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