Carlos Alberto González. Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Sevilla "A los indios les gustaban mucho el Quijote y los libros de caballería"

  • Perteneciente a la escuela de Álvarez Santaló, ha dedicado sus esfuerzos a ensayar una historia global del imperio español a través del estudio del mundo del libro y la imagen

Carlos Alberto González, en su despacho, durante la entrevista. Carlos Alberto González, en su despacho, durante la entrevista.

Carlos Alberto González, en su despacho, durante la entrevista. / Belén Vargas

En el despacho de Carlos Alberto González (Sevilla, 1963) hay dos mesas: una en la que trabaja este Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Sevilla, y otra que está reservada para su maestro (y el de tantos historiadores), el casi legendario Carlos Álvarez Santaló. “La pusimos aquí cuando se jubiló, pero nunca viene”. Carlos Alberto González pertenece a una generación de modernistas que no se contenta con hacer una historia limitada a las fronteras nacionales y ve en los imperios español y portugués (tanto en América como en Asia) una oportunidad para hacer una historia global. De ahí la importancia que este investigador ha dado al mundo atlántico y a las relaciones entre España y América, sobre todo a través de expresiones culturales como el libro (al que ha dedicado numerosos trabajos) y ahora, más recientemente, la imagen en todas sus modalidades. Entre sus trabajos destacamos ‘Los mundos del libro: medios de difusión de la cultura occidental en las Indias de los siglos XVI y XVII” (Sevilla, 1999) ‘Homo viator, homo scribens. Cultura gráfica información y gobierno en la expansión atlántica (siglos XV-XVII)’ (Madrid 2007) y el más reciente ‘El espíritu de la imagen’, en el que ensaya una nueva forma de hacer Historia del Arte.

-No ha tenido un maestro cualquiera. Carlos Álvarez Santaló es uno de los historiadores más importantes que ha dado la Sevilla contemporánea.

–Su magisterio ha sido imprescindible. Carlos Álvarez Santaló supuso algo nuevo en la Universidad. Prescindía de dictar apuntes –decía que para eso ya estaban los libros– y nos enseñaba a pensar y a tener espíritu crítico. Pocas gentes he visto con una formación humanística tan amplia. Cuando daba clases, el aula magna siempre estaba llena. Aunque formó una generación importante de historiadores, lo que más recuerdo es un homenaje que le hicieron 500 profesores de instituto de Sevilla. Él está muy orgulloso de la calidad de los docentes de enseñanza media a los que formó. Creía en las humanidades.

–Es una persona, además, con un estilo y una forma de estar en el mundo muy especial.

–Sí, con un sentido del humor apabullante y una puesta en escena muy determinada... Como se acercaba al micrófono, como hablaba. Los alumnos nunca sabíamos por dónde iban a ir sus clases. Recuerdo que un día trató la muerte de Patroclo y el derecho al llanto en la cultura clásica... Fue algo fascinante. Tuvo un nivel de exigencia alto que nos proporcionó un equipamiento intelectual importante.

–Ha dicho que Santaló creía en las humanidades. ¿Usted comparte el pesimismo de muchos sobre el futuro de estas disciplinas?

–Las humanidades están devaluadas en todo el mundo y se van a convertir en algo residual en las universidades. En España están bien si las comparamos con EEUU o Inglaterra, donde se están cerrando cátedras e instituciones.

–Usted ha estudiado a fondo el mundo del libro y las bibliotecas como fenómeno cultural. Conocer la biblioteca de alguien es, en cierta forma, como hacerle una autopsia o un psicoanálisis.

–En el siglo XVI poseer una biblioteca era signo de prestigio. Toda la alta nobleza española, de Felipe II a Felipe IV, consideraba el tener una gran colección de libros como una forma de promoción en la corte. El modelo es Felipe II y la Biblioteca del Escorial, un canto a lo que se llamó la Biblioteca Universal, aquella que tenía todos los libros posibles, habidos y por haber. Había gente que usaba estos libros sólo para adornar las paredes, “como las cosas pintadas”, según afirmaba Pedro de Medina. Algunas de estas bibliotecas eran impresionantes, como la del Conde de Gondomar, que tenía unos treinta mil volúmenes. Pero esa generación tan culta se fue perdiendo con el tiempo.

–Una de las bibliotecas que ha estudiado es la del Conde Duque de Olivares.

–El Conde-Duque, como bien dice John Elliott, era un megalómano. Quería de todo y lo mejor. Estaba obsesionado con tener la mejor biblioteca privada del mundo. Además, consiguió que Felipe IV le diese el derecho de, por utilidad pública, poder esquilmar cualquier libro de cualquier biblioteca pública o privada de España. Se fue a Montserrat y cogió todos los códices medievales que quiso.

–¿Lo saben los catalanes?

–Para ellos es una bestia negra... Era un hombre muy inteligente, su programa, la Junta Grande de Reformación, contiene todos los problemas de España hasta la Guerra Civil: acabar con los estatutos de limpieza de sangre, intentar recobrar una clase media como la que teníamos con los judíos y los judeoconversos, reestructurar la propiedad agraria, hacer que los catalanes pagasen impuestos y aportasen soldados... La soledad y el fracaso fueron tremendos.

–Demasiadas cosas en contra.

–Podía haber manejado los problemas mejor. El tópico de que Felipe IV era un rey al que no le interesaba la política ya está superado. Era el monarca más culto e inteligente de la Europa del momento. Entre otras cosas le debemos el gran patrimonio artístico español. Hay que recuperar esta figura, porque nos seguimos sirviendo de una historiografía romántica que no es mala, pero que hay que revisar.

–Dando un salto en el tiempo, otra de las bibliotecas que ha estudiado es la de un personaje muy diferente y distante en la cronología: Antonio Ulloa. ¿Qué diferencias existen entre ésta y la del Conde-Duque?

–No tenían nada que ver. Ulloa es un gran viajero, un marino, un ilustrado español... Tiene una biblioteca muy importante de la cual tenemos una parte en el Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla (lo mismo pasa con la de Olivares). Junto a Jorge Juan hizo una expedición maravillosa para comprobar el achatamiento de la tierra y poner fin al debate entre cartesianos y newtonianos (ganaron los últimos). Los ingleses lo atraparon, lo llevaron a Londres y, a los dos meses, lo nombraron miembro de la Royal Society.

–¿Pero cuáles eran las grandes diferencias entre una biblioteca barroca y otra ilustrada?

–Sobre todo el impacto del conocimiento científico. Hay más libros de botánica, de historia natural... pero no se desechan los anteriores. Se nota que, como decía Descartes, la naturaleza tiene ya una forma de indagación propia que se debía desligar de la religión. Estas bibliotecas son un canto al saber y a la razón, aunque no de una forma tan visible como en Francia.

–Hablemos de la industria del libro en Sevilla durante el Siglo de Oro.

–Fue la historia de una decadencia. En la primera mitad del siglo XVI, la imprenta más importante de España, con muchísima diferencia, era la de Sevilla. Estaba liderada por la gran familia de los Cromberger, que editaron más de 550 títulos y dieron un nivel de calidad muy destacable e, incluso, llevaron al Nuevo Mundo la primera imprenta que hubo. Pero ese nivel empieza a decaer en la segunda mitad del XVI. Esto se debió a muchos problemas: falta de audacia y de financiación; quizás también falta de apoyo del Estado... Sevilla se dedicó a las reediciones. Hay que tener en cuenta que España no fue en esta época una imprenta importante en Europa. Pertenecía a la periferia y las naciones principales eran Francia, Italia, Alemania y los Países Bajos, que es donde se producía el libro en griego y latín, el de la élite intelectual. Aquí nos conformamos con libros más populares y baratos, escritos en romance... Por la revolución de los precios [inflación causada por la llegada de la plata americana] salía mucho más barato importar los libros de calidad de Europa que hacerlos aquí. Eso pasó como muchos productos, no sólo con el libro

–Sin embargo, Sevilla fue una ciudad pionera en la imprenta.

–Fue una de las primeras ciudades europeas en tenerla de forma permanente, porque en principio las imprentas eran itinerantes: hacían un trabajo y se iban. Pero Sevilla tenía entidad para tener una fija, porque tenía Universidad, Cabildo Catedral... Había clientela.

–¿Qué tipos de libros enviamos al Nuevo Mundo? ¿Cuál era la demanda?

–De todo, mucho religioso, novelas de caballería, el teatro de Lope de Vega. Mateo Alemán y el Quijote se vendieron muy bien en América. A los indios les encantaba el Quijote y las novelas de caballería, incluso decían que conocían al Cid y que lo habían visto luchando con Amadís. En general, se envían libros pensados para la población de origen española y las élites indígenas alfabetizadas. Sin embargo, en un principio se remitieron muchos libros para la misión y cartillas de aprender a leer y escribir. Los primeros franciscanos que llegaron a América eran de raigambre erasmista y querían alfabetizar a las poblaciones, algo que suponía una labor irrealizable. Finalmente se optó por que fuesen los misioneros los que aprendiesen las lenguas indígenas. En general, el mercado del libro americano fue muy rentable.

–¿Y circularon muchos libros prohibidos?

–Muchísimos, a pesar de la Inquisición. Los medios de control eran muy básicos y era fácil llevar a América libros prohibidos. En las actas de navío con las que he trabajado he leído protestas porque los encargados de la Inquisición de registrar los barcos no se tomaban en serio su trabajo o aceptaban regalos y comidas de los patrones.

–Usted ha estudiado la figura de Cervantes como recaudador de impuestos, cuando estuvo por Andalucía recopilando trigo y aceite para la Armada Invencible. Lo pasó mal, ¿no?

–Muy mal. Cervantes es un personaje que siempre estaba metido en problemas. Era un soldado de fortuna de los Tercios y allí no iba cualquiera. No sabemos cómo se escapa de Argel, es un misterio. Nada más llegar a Sevilla ya lo están acusando de malversador, vivía de lo que podía, abandonó a su esposa... De Sevilla no guardó un buen recuerdo; de hecho despeñó al Quijote en Sierra Morena y no baja más a Andalucía. Quería sobrevivir como escritor y eso era imposible en esa época, y menos con la novela, que era un género no muy bien visto frente a la poesía, que daba prestigio, y el teatro, que daba dinero.

–Una de sus frustraciones fue no ser un buen poeta y comediógrafo como Lope.

–Hacía cosas muy sencillas, para salir del paso... En el Archivo de Protocolos hay un documento en el que Cervantes se compromete a escribir seis comedias... No las hizo y se llevó el dinero.

–¿Por qué no lo dejaron viajar a América?

–Porque era muy problemático. Ya le había dado muchos disgustos al Rey. Además, las autoridades sabían que en el Quijote había una crítica de fondo que no les gustaba, con episodios como el de la liberación de los galeotes. Cervantes era un personaje incómodo.

–Hablemos de su último libro, ‘El espíritu de la imagen’, editado por Cátedra.

–En este libro, que ha tenido muy buena acogida, trato de hacer una historia del Arte como la que se está haciendo en Alemania o Inglaterra; es decir, tratando al arte no de una manera formalista y descriptiva, sino como fruto de un contexto y de un sistema de valores sociales concretos.

–Pasó de la cultura escrita a la cultura de la imagen.

–El medio fundamental de comunicación de la época era la imagen, no la cultura escrita. Los jesuitas lo entendieron muy bien: hay que gobernar mediante la imagen.

–En sus trabajos siempre se ve un interés por el imperio que trasciende lo local y lo nacional.

–A mí siempre me ha gustado darle a mis investigaciones una dimensión global. Ver cómo se conectan las culturas, cómo hibridan: en América, Japón, China... Como me dijo un gran historiador: “tenéis un imperio donde se encuentran los principios de la historia global; como no os pongáis manos a la obra os la van a volver a escribir los ingleses”. No nos podemos quedar sólo en la Península. Pierre Chaunu, una de las personas más inteligentes de Europa, decía que en el siglo XXI la historia del imperio español se iba a contar según el éxito o el fracaso de China. El cambio de potencias mundiales nos va a llevar a una nueva historiografía.

–Y la ciudad de Sevilla sigue sin enterarse más allá de los tópicos de su grandeza pretérita.

–Sevillla ha obviado su pasado imperial, algo que llama mucho la atención. Fuimos 200 años capital de un imperio y no tenemos siquiera afición a productos exóticos como el té, algo que sí ocurre en Lisboa y Portugal.

–Portugal...

–Somos ya muchos los historiadores españoles y portugueses que más que de imperio hablamos ya de la Monarquía Católica. La historia imperial de Portugal no se entiende sin España y viceversa. De 1580, con Felipe II, hasta 1640, con Felipe IV, tuvimos el mismo monarca.

–¿El gran error del Conde Duque fue elegir a Cataluña frente a Portugal?

–Tuvo un Gobierno muy complicado y con pocos medios. Los catalanes llegaron a separarse y por eso perdieron el Rosellón y Cerdeña, que todavía no han sido devueltos por Francia... Pero esto no se les puede decir.

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