La Alameda más cofradiera cierra el tiempo del Carmen allá por Calatrava
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Su carácter alternativo, resistente a los envites de la modernidad malentendida, y su personalidad forjada a lo largo de los tiempos, convierten a la Alameda en uno de los espacios imprescindibles de la ciudad. Y no nos referimos solamente a este primitivo brazo del río que anegaba todo a su paso, provocando miseria e insalubridad; más bien nos inclinaríamos a decir que son sus alrededores quienes han procurado la conservación de su estética, su sangre popular y su independencia. Al este, la calle Feria, Mata, la Cruz Verde o Relator; a su izquierda, al oeste, Jesús del Gran Poder, Lumbreras, Arte de la Seda, y la torre de Don Fadrique. Como puntas de lanza, Trajano y Calatrava.
Este paseo, uno de los más antiguos de toda Europa, ha retenido en su atmósfera el nombre invencible de Julio César; conoció de primera mano la leyenda del Hombre de Piedra y el escarnio público de doña Urraca Ossorio y su dama Leonor Dávalos; y vio nacer y criarse a nombres como Manolo Caracol o Juan Belmonte. Otros personajes ficticios, como el Canijo en el libro de Mansilla, retratan la época más dura y trágica con la presencia indomable de la heroína ochentera. Es, en suma, un conglomerado de infinitas historias particulares que han modelado su identidad, a pesar de algunos envites ajenos como el turismo invasivo o el modo de vivir en la calle.
Por eso, contemplar una cofradía en el entorno de la Alameda -que durante la Semana Santa participa casi de manera superficial, tan solo a su vertiente más sureña se asoman Montesión, la Lanzada o la Amargura, por citar algunos ejemplos- es un verdadero regalo porque en un mismo tiempo confluyen diferentes agentes sociales y estéticos. Desde lo profundamente popular hasta lo más liberado. Y es nuestra obligación conservar la procesión del Carmen de Calatrava, que con más de medio milenio de vida a sus espaldas forma parte intrínseca de la Alameda en lo más profundo de sus raíces.
Vivas a la Virgen y banderas tricolor; sevillanas enmarcadas en lienzos arcoiris, como testimonio de orgullo y sinceridad en una sociedad que avanza. Recogimiento en San Clemente y júbilo en el compás de Estrellita Castro, alegre clasicismo en las cornetas de Virgen de las Aguas o La Estrella Sublime, airosos candelabros que tildan de luz los muros viejos y pardos de Becas a lo lejos. Una procesión que se aleja de todo canon impostado pero que, paradójicamente, conecta con lo más nuestro, lo más interior. Porque es natural, porque es nuestro día a día, nuestra propia vida. Como ocurre en otros tantos puntos de Sevilla. Un año más del Carmen por Calatrava. Y que nunca nos falte.
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