La Exaltación

Más vale tarde que nunca

  • La lluvia retrasó aún más un traslado que la Exaltación llevaba más de 14 años esperando

La Hermandad de la Exaltación regresó ayer a la iglesia de Santa Catalina 5.286 días después. Su vuelta fue un resumen de lo vivido por los hermanos en estos más de 14 años de exilio cofradiero. La lluvia les hizo esperar un poco más de lo previsto para emprender el camino que separa la parroquia San de Román de la remozada iglesia de Santa Catalina, a donde llegó a las ocho de la tarde.

Una hora y media antes los paraguas se cerraban y los móviles se alzaban en la Plaza de San Román. Comenzaba así un traslado que había tenido horas antes con el de las hermandades de Santa Lucía, el Rosario y el Carmen un preludio apacible. No fue así el de la Exaltación, que decidió darse prisa tras los 15 minutos de retraso. La cruz de guía salió veloz y enfiló la calle Peñuelas seguida de familias de hermanos que ocupaban los primeros tramos. Conforme el cortejo avanzaba, la edad media de sus ocupantes aumentaba. Incluidas las representaciones de otras hermandades, el Arzobispado o el flamante presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías.

Las imponentes andas prestadas por la Hermandad del Museo sostuvieron ayer al Cristo de la Exaltación, primer protagonista de la pasada noche cofradiera. Los flashes lo iluminaban más que la tenues farolas. La música de capilla y los cantos corales servían de banda sonora y amenizaban la espera de la Virgen de las Lágrimas. La dolorosa del siglo XVIII procesionó iluminada por 14 simbólicos cirios. Uno por cada año fuera de Santa Catalina. Y en los balcones estaba escrito sobre banderas de España y Andalucía el sentir del barrio: Reina de nuestras vidas y Causa de nuestras alegrías.

Tal y como la Virgen se perdió en la penumbra en busca de Doña María Coronel, el público marchó en masa a la Plaza de los Terceros por la calle Sol y pasó por la puerta de la iglesia desde donde ha procesionado la Exaltación en estos últimos años. Lleno hasta la bandera. O hasta la pancarta que rezaba en letras doradas Madre de Santa Catalina. Mientras esperaban de nuevo al cortejo en el destino, la Virgen recibía en la calle Gerona, a la altura de la casa en la que viviera Juan Ramón Jiménez, una petalada rojiblanca.

El silencio que reinaba en la confluencia de las calles Alhóndiga y Santa Catalina sólo era roto por los aplausos y las campanas de la iglesia, que también celebraron la vuelta de unos titulares que entraron en el templo de cara al nutrido público que desafió a la climatología en la noche de ayer. Y que brindó varias ovaciones a la corporación del Jueves Santo. Los aplausos finales cuando se cerraron las puertas con la hermandad ya dentro supieron a alivio y felicidad. Una veterana cofrade le dijo en voz baja a su hija: "creía que me moriría sin verla de nuevo en casa". Las lágrimas de la Virgen de las Lágrimas eran también, en ese momento, sus lágrimas.

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