Metrópolis: Calle Santa Ana

Un Ensanche donde el arroyo se hace océano

  • “Barrio de conventos”, lo llamó Antonio González Cordón, ilustre vecino de esta calle, recientemente fallecido. Una vía que une el recuerdo de la riada del Tamarguillo con los sueños cartujanos de la Expo, la Alameda con Torneo

La calle Santa Ana desemboca en la Alameda de Hércules. La calle Santa Ana desemboca en la Alameda de Hércules.

La calle Santa Ana desemboca en la Alameda de Hércules. / Juan Carlos Vázquez

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LOLA nació en León, llegó a Sevilla en 1989 y se casó con un inglés, el padre de su hija sevillana. Pasea por la calle Santa Ana, justo delante de la casa que se construyó el arquitecto Antonio González Cordón (1950-2018) en una antigua casa de monjas seglares. Aficionado a la navegación y a la cartografía náutica, su legado es un cuaderno de bitácora para recorrer esta calle axial, donde el arquitecto, siguiendo el plano de Olavide, veía un aliento de Ensanche urbano en Sevilla muy anterior a los de Madrid y Barcelona. Una calle con agua del tiempo que va del río allende Torneo hasta la riada. “A este nivel llegaron las aguas...”, recuerda la placa situada en la esquina del hotel La Sacristía de Santa Ana, donde estuvo el mítico bar que regentaba el padre de los actuales socios del Casablanca.

El C5 tuerce por Santa Ana y baja hasta la Alameda. Pasa junto al bar Las Columnas y rodea las de César y Hércules, que le da nombre a la zona. Queda el rótulo de Eugenio L.A. Parker. “Era un alemán que arreglaba radios y televisores y nos enseñaba a los niños a hacer radiogalenas”, cuenta Miguel Gallardo. Con sus hermanos José Joaquín, decano del Colegio de Abogados, y Francisco, el médico y novelista, llegan al número 23 de la calle desde Mendoza Ríos. En Santa Ana nace Jesús, el benjamín. Miguel recuerda las barcas por la calle en noviembre de 1961. Cumple años el mismo día que Rafael Alberti y no quiere perder la arboleda de sus recuerdos. A la casa de las monjas seglares donde se hizo la suya el arquitecto venía el cantante Emilio José, el de la canción Soledad, a visitar a una hermana religiosa. Los Gallardo, vecinos de medianera de González Cordón, recuerdan el paso por la calle de un coche con seis yeguas blancas que llevaba a Isabel Pantoja a la Basílica del Gran Poder a decirle sí quiero a Paquirri. O el despacho del abogado Manuel Rojo, otro decano del Colegio que vivió en la calle, jurista de misa diaria en los Jesuitas al que no se le caían los anillos por defender a los curas del Palmar, asiduos de su despacho, para que la excomunión no les impidiera usar la indumentaria sacerdotal.

Una zona con magnetismo. González Cordón nació en Miguel Cid, cuando se casó se fue a vivir a San Vicente, piso que convirtió en su estudio cuando se mudó a la casa de Santa Ana, cuyas interioridades sacó al exterior en los cuadros que pintados por él expuso en el Estudio de Arquitectura e Ingeniería Alminar.José Castro era un gallego de una aldea próxima a Tuy que en 1929, el año de la Exposición Iberoamericana, abrió una taberna en Jesús del Gran Poder esquina Conde de Barajas. Su hijo Joaquín, tabernero y poeta, llevó las riendas en la esquina con Santa Ana –hoy restaurante chino Palacio Central– y ahora lo hace Javier Castro, tercera generación, anfitrión de parroquianos frente a la casa donde Rodrigo de Zayas y Anne Perret fundaron el Taller Zyriab en la misma acera donde Alexandra del Bene ilustró con dibujos mitológicos el bar Mil Caras. El mismo nombre que el cineasta Alberto Rodríguez le dio en su película a Francisco Paesa. Javier Castro trabaja en Jesús del Gran Poder y vive en Teodosio. Paralelas unidas por Santa Ana, donde sus padres vivieron en la casa de vecinos que antes había sido “el mal llamado Palacio Duques del Infantado, porque era Palacio de los Medina”, aunque fue el primer nombre el que se impuso en la promoción inmobiliaria que siguió a su posterior rehabilitación urbanística de viviendas con un patio donde se suelen celebrar convites nupciales y presentaciones de libros.

Ya no está en la calle la tienda de Angelito, un legendario negocio de ultramarinos donde se encontraban conservas inverosímiles, vinos de autor y se despachaban panes a deshora, como los sacramentos de antaño. Ahora es una consigna para maletas de turistas descarriados. La casa-palacio que cambió tres veces de clase social está unida a San Lorenzo vía Casa Ricardo por las calles Flandes y Manuel Font de Anta. González Cordón fue monaguillo de la Soledad de San Lorenzo y nazareno de las Penas de San Vicente. Cofradías del barrio. “Casi todos los niños de la calle éramos de la Soledad”, dice Miguel Gallardo, “porque no podíamos salir en el Gran Poder”.Una calle rodeada de cofradías por la que no pasa ninguna. Empieza el colegio y aquellos niños de los sesenta recordarán el itinerario. Los tres Gallardo que llegaron a Santa Ana fueron a las Salesianas, donde acababa la calle, donde sólo el párvulo era mixto, “las clases las daba Sor Rosita”. Después, los niños iban a los Maristas y las niñas seguían en las Salesianas. El arquitecto de la calle definía esta zona como “un barrio de conventos”. La calle debe su nombre a las carmelitas de Santa Ana, una congregación originaria de Paterna del Campo que llega a Sevilla en 1564 y se instalan en 1606. En 1837 acogen a una veintena de religiosas del desaparecido convento de la Encarnación de la calle Belén, en la Alameda, las expulsan con la Revolución de 1868 y vuelven en 1875. Tiene una imagen de Martínez Montañés que representa a la Virgen con Santa Ana, su madre, la misma que en un mosaico preside la fachada de un convento de clausura cuyas hermanas se dedican a rezar y hacer dulces. González Cordón las veía tender la ropa desde la azotea y más de una vez acudió al torno, previa contraseña del Ave María Purísima, para que le devolvieran el balón que se les había embarcado, buen aficionado a la náutica.César Romero y María del Mar García Gordillo llevan 18 años viviendo en la calle Santa Ana. Ella, profesora de la Facultad de Comunicación e integrante del claustro de la Hispalense, hizo prácticas como periodista en el gabinete de Prensa del Partido Comunista cuando éste tuvo una sede en la calle Santa Ana, muy cerca de la de Teodosio donde estaban cuando los legalizan el Sábado Santo de 1977. En esta casa nacen sus hijos Clara y Mario. Ayer le daban la vuelta al barrio sin salir del mundo: tapas en el mercado de la Feria y un café en Bámbola, local de la Alameda.

Baja el C5 hacia la Alameda y sube por Santa Ana el pintor Manuel Salinas, que recuerda el heroísmo civil de que hizo gala Paneque, un vecino que convertido en Robin Hood le plantó cara hace casi dos décadas a una mafia del narcotráfico que tenía atemorizado al barrio desde una casa de trapicheos que estaba en la calle Santa Ana por la que deambulaban espectros impunes. Junto a pretéritos lupanares y mancebías de la copla, funcionó lo que Miguel Gallardo llama “frontera imaginaria”. Pecado y penitencia siempre bien avenidos.

Por Santa Ana, a la altura de las Columnas, paseaban el viernes Pepe Mel y Roberto Ríos. Un goleador y un defensa. El primero puede que aproveche uno de sus barbechos como entrenador para escribir su cuarta novela. Antonio González Cordón ganó el concurso para rehabilitar el estadio Benito Villamarín al que iba de niño con su padre cuando cogían el tranvía en el Archivo de Indias. Hizo el fondo y un Gol. Le faltó otro Gol, como a Rubén Castro para igualar la marca de Hipólito Rincón. Santa Ana es calle de paso de Juan Gómez. El arquitecto era asiduo La Azotea, mestizaje de Sevilla con California. La Corsetería Mónaco es restaurante con entrada de servicio y comandas por lo que fue el bar Porma que regentaba el leonés Diego Alonso, nacido cerca del pantano donde Juan Benet acabó de escribir Volverás a Región.

Santa Ana es una pasarela urbana entre la Alameda y la Cartuja, entre las barcas de un arroyo desbocado y las carabelas de un océano venturoso. Artería del Ensanche de una ciudad que pasó del esplendor a las estrecheces. Por la Alameda pasan dos autocares de FalcónLeón a recoger invitados de alguna boda. Como la de Paquirri y la Pantoja que sacó de la modorra a los vecinos de la calle Santa Ana con aquellas seis yeguas blancas. La calle por la que pasea Lola de León, que fue vecina de Martirio. “Pasear por Sevilla es como leer una novela de Vila-Matas”.

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