Mario, César y la decadencia y caída del 'imperio' moderno
calle rioja
Lección de Historia. La cátedra General Castaños organiza unas jornadas para encontrar en la Historia las claves de superar la crisis a través de gestión de los cambios y liderazgo.
ALGO de fortuna, mucho de carisma y buenos secundarios. Es la fórmula para que a lo largo de la historia salieran líderes como Alejandro, Aníbal, Julio César o Napoleón. Son algunos de los protagonistas de las jornadas sobre Reencuentro con la Historia que organiza la cátedra General Castaños en Capitanía.
¿Se pueden trasladar a la empresa de hoy las enseñanzas del ayer? Cuando el ejército romano de Quinto Tulio Cicerón se vio sorprendido por un ejército de 60.000 galos, el jefe de la tropa sitiada envió a Julio César un mensaje en griego enrrollado en una lanza. La respuesta del emperador cambió el signo de la batalla: "Resistid, manteneos firmes, ya estoy en camino".
Veintiún siglos después, esa respuesta sigue siendo válida. "Hay una característica común a todas las empresas que han superado una crisis", dijo Benito Díaz de la Cebosa, analista, coordinador de las jornadas, "en todas ellas las personas se sienten seguras, confiaban en sus jefes, en su empresa, en sus compañeros".
Díaz de la Cebosa es autor de los libros La busca del liderazgo y 18 relatos para persuadir y dirigir y ayer glosó el legado de César, el autor de La guerra de las Galias y La guerra civil. "Sólo les faltaba el ladrillo", diría en la introducción Felipe Medina Abascal al comparar la crisis del imperio romano con la actual. "Había crisis en sus fronteras, pueblos que amenazaban Roma, un ejército desmembrado, una clase media menguante, una nobleza arrogante".
El gran mérito de Cayo Mario, a pesar de no saber griego, de ignorar la identidad de sus antepasados, de ser tenido como paleto por el glamour romano, fue revolucionar las posibilidades del ejército romano: permitió que los pobres pudieran alistarse, les dio una paga y jubilación a quienes llevaran 25 años de servicio.
Había que conseguir un ejército más flexible que llegara a los confines de sus dominios, incluidas las reservas de cereales de Crimea y la baja Ucrania. "Un soldado romano consumía en un año 350 kilos de trigo", dijo Francisco José Berenguer, teniente coronel del ejército del Aire que fue jefe de operaciones de la base de Herat en Afganistán. Con su flota de helicópteros, las cuadrigas de la guerra moderna.
Alejandro, Aníbal, Julio César, Napoleón. Líderes. Después hay plagiarios. El teniente coronel Berenguer se refirió al más pérfido de todos. Trazó primero una historia de la geopolítica, concepto que se debe a Karl Haushofer, que intentó analizar las causas de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundia. "Una derrota que no fue militar, sino por el bloqueo y el ahogo". Concibe la teoría de los grandes espacios continentales, "respuesta que Alemania debía dar a las grandes potencias marítimas". Propugna una alianza europeo-rusa, pero donde Haushofer ve alianzas, Adolf Hitler, en pleno ascenso del nazismo, lee invasión, con el plus sangrante de los seres humanos como moneda de intercambio y carne de cañón.
Roma derrotó a Macedonia, a Cartago. Una Roma invencible que como dos milenios después, en el dictamen de este militar, "podía haber caído pero no lo hizo en la falsa seguridad que se vivió tras la disolución de la Unión Soviética, con las secuelas de los dividendos por la paz que redujeron los presupuestos en Defensa hasta que en 2001 despertamos".
Cuando Berenguer habla de falanges, se refiere a las tropas macedónicas; cuando Díaz de Cebosa lo hace de legionarios, habla de los que creó Cayo Mario, en cuyo epitafio se lee "Odiado por sus enemigos, temidos por sus amigos". Es el destino de estos líderes. "A Napoleón lo encumbraron los británicos, sus enemigos mortales". "Se actúa como se combate". Ese axioma del imperio se traduce en el mundo empresarial en el fracaso de quienes saben mucho del producto y nada del cliente.
Al César lo que es de Astérix.
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