Nombre Sevilla, apellido Murillo

Calle Rioja

Enrique Valdivieso presenta el libro de su discípulo Fernando Gabardón

Enrique Valdivieso, en la Fundación Cajasol presentando el libro de Fernando Gabardón (al fondo).
Enrique Valdivieso, en la Fundación Cajasol presentando el libro de Fernando Gabardón (al fondo). / Juan Carlos Muñoz.

LA última vez que fue al Louvre apretó los puños y se le saltaron las lágrimas. Todos los cuadros de Murillo que veía Enrique Valdivieso habían sido robados por los franceses. Como los cazafantasmas de la película, no le importaría recuperar algún día ese patrimonio que diezmó drásticamente las obras del pintor sevillano que permanecieron en su ciudad. Y el latrocinio no fue mayor por la astucia de los capuchinos.

Sonrisas y lágrimas. La primera sonrisa de la pintura sevillana aparece con Juan de Roelas, uno de los ascendientes de Murillo. No tan determinante como Juan del Castillo. “Eran contraparientes. Juan Miguel Serrera me dijo una vez que en Sevilla todos son parientes o contraparientes”. Por mucho que uno insista, no hay manera de encontrar una sola sonrisa en la obra de Zurbarán. “No es que fuera antipático, le tocó la Iglesia del castigo, la penitencia y el infierno”. Murillo es el alivio, el bálsamo, el desahogo que desdramatiza ese discurso ante una ciudad que bastante tiene con mitigar los efectos de la peste de 1649 como para que la Iglesia la amenace con tormentos complementarios.

Sonrisas y lágrimas, el tándem perfecto en la extraordinaria defensa que el catedrático de Historia del Arte hizo en la Fundación Cajasol del libro Sevilla y Murillo (Páginas del Sur), obra de su discípulo José Fernando Gabardón de la Banda. La Fundación Cajasol asistió a dos lecciones magistrales de una pasión doble, como el título del libro: Sevilla y Murillo.

Seis años después de la peste de 1649 que lamina la ciudad y reduce a la mitad su población –de 120.000 a 60.000 habitantes– ocurren dos cosas cruciales en Murillo. “Lo llaman los canónigos de la Catedral, que es como si hoy te llamaran para formar parte del Consejo de Ministros”. Ese mismo año crea con Francisco Herrera el Joven una Academia donde enseñan Anatomía, Paisaje, Colorido, Perspectiva.

Valdivieso se despachó a gusto con los “descerebrados” que han llegado a decir de Murillo que fue “un tiburón financiero”; atribuye a un invento de los románticos la leyenda de que el pintor murió al caer de un andamio en Cádiz, “fue en el barrio de Santa Cruz, estaba pintando el cuadro central del retablo, los Desposorios Místicos de Santa Catalina”.

Todo está en el libro de Gabardón: la familia, los amigos, los maestros, los discípulos, los niños. “Nadie interpreta a los niños como Murillo en el Barroco europeo”. Y los dos mapas del pintor. Uno, el mundo entero, donde fueron a parar sus cuadros, preciado objeto de anticuarios franceses, ingleses, alemanes; y el de sus barrios: la Magdalena, San Bartolomé, San Nicolás, Santa Cruz, San Isidoro. Valdivieso también es contrapariente del cardenal Amigo, vallisoletanos los dos. El cardenal en su etapa de arzobispo habló con Rojas-Marcos de la posibilidad de hacer una permuta de la Inmaculada de Murillo de la plaza del Triunfo, “que no es de las más afortunadas”, por otra más valiosa.

El pintor presente en el monumento de la plaza del Museo, que ha sido un hervidero de turistas en el centenario, en los jardines Murillo, en una de las doce estatuas de Susillo del palacio de los Montpensier o en el busto que aparece en la portada, fotografía de Antonio Pizarro, una de las 52 figuras que jalonan la Plaza de España de Aníbal González.

Valdivieso recordó a su maestro Diego Angulo, “recibió la medalla de Bellas Artes de Francia porque en sus tres volúmenes no dice una sola palabra del expolio francés” y felicitó a su discípulo Gabardón, arropado por alumnos de San Pablo CEU en los grados de Historia del Derecho y Didáctica de la Historia del Arte. Descubrió el Arte en los fascículos de Salvat y a Murillo en las visitas con su padre a la Caridad de Mañara, amigo del pintor.

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