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'Ocnos' es el PGOU del nuevo alcalde

  • Referente. La ciudad, pese a los estragos del desarrollismo, es perfectamente reconocible en los recuerdos del paraíso perdido de la infancia que Cernuda evoca desde Glasgow

"Estaban aquellas tiendecillas en la Plaza del Pan, a espaldas de la iglesia del Salvador" (Luis Cernuda, ‘Ocnos’).

"Estaban aquellas tiendecillas en la Plaza del Pan, a espaldas de la iglesia del Salvador" (Luis Cernuda, ‘Ocnos’). / Juan Carlos Muñoz

EL nuevo alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, ha conseguido meter Ocnos en las crónicas municipales. El próximo 2 de febrero se cumplen 140 años del nacimiento del escritor irlandés James Joyce. Se ha dicho que si un terremoto destruyera la ciudad de Dublín, se podría reconstruir a partir del Ulises, esa odisea urbana que fechó el 16 de junio de 1904. Dios y el cambio climático no lo quieran, pero si algo parecido ocurriera con Sevilla, se podría hacer su réplica siguiendo los vestigios, cargados de dolor y de belleza, que destilan las páginas de Ocnos, de Cernuda. Y eso que se lo han puesto difícil los que sin necesidad de seísmos se han ido cargando la ciudad poco a poco. Como alguien dijo en la inauguración de la calle para don Otto Moeckel en el Arenal, igual que cuando a Otto von Bismarck le preguntaron por un país invencible y respondió que España porque ni los españoles habían sido capaces de destruirla, si preguntaran por una ciudad irreductible, Sevilla sin duda, porque pese a sus muchos esfuerzos ni los sevillanos han sido capaces de aniquilarla.

Cernuda es una fuente inagotable. El poeta nacido en la calle Acetres está en el título del primer volumen de las Memorias (1940-1982) de Alfonso Guerra, Cuando el tiempo nos alcanza. Palabras que pertenecen a El tiempo, uno de los textos de Ocnos. En las diferentes entregas de sus Episodios de una guerra interminable, serie que empezó con Inés y la Alegría, Almudena Grandes (1960-2021) introduce el texto con versos de Cernuda de su Díptico Español, un poema que dedicó a su amigo Carlos Otero, estudiante de Derecho en Sevilla como él, muerto como él en el exilio. “Lo real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla, / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado…”.

En su novela Galápago, que la prematura muerte de su autor, Arsenio Moreno, ha convertido en una especie de testamento literario, el que fuera alcalde de Úbeda, director del Museo de Bellas Artes y que todavía figura como comisario científico de la exposición sobre Olavide que se puede ver en la Alameda, empieza con versos de Cernuda de Donde habite el olvido.

Pese a los estragos de la indiferencia y el olvido que el propio Cernuda no se cansó de denunciar, su ciudad es perfectamente reconocible en las páginas de Ocnos. Podía ser el plano de uno de esos mapas que evoca en su texto El viaje, donde recrea el encuentro del reportero Henry Morton Stanley en el lago Tanganika con el doctor David Livingstone el 10 de noviembre de 1871 después de que el primero asistiera a la inauguración del Canal de Suez y viajara a Madrid para entrevistar al general Prim, asesinado el 27 de diciembre de 1870.

El baile de los seises, el olor a dama de noche, la Arcadia de los jardines, la vista imponente de la Catedral, los bañistas en el río. Todo eso está en la prosa poética de Cernuda, un género literario en el que sobresale como destacaba en el prólogo de Taurus Jaime Gil de Biedma. La Sevilla de los pregones, no los del atril cofrade, sino esa Sevilla oral y coral que pregonaba los claveles en primavera, los pejerreyes (un pez óseo también conocido como matungo o flecha plateada) en verano, la alhucema fresca en otoño. Ésta es la estación del poeta de Luis Cernuda (1902-1963), que nace y muere en otoño en ese viaje desde Sevilla a México en su Otumba particular.

De José María Izquierdo dice que pecó de un ”error de amor a la ciudad”

La Sevilla de Ocnos la recrea en el exilio de Glasgow, “vómito de niebla y fastidio”. Está más cerca de Dublín que el propio Joyce cuando escribió el Ulises entre París, Trieste y Zurich. Con destellos recientes en sus calles como la Cabalgata de Reyes Magos del Ateneo. A la Epifanía le dedica un maravilloso poema, La Adoración de los Magos. Pero el mejor homenaje a la Cabalgata es el tributo que le hace a su amigo José María Izquierdo, sevillano de la calle Castellar, Gaspar en el cortejo inaugural de 1918, y único nombre propio de los capítulos de Ocnos. A quien Cernuda atribuye una enfermedad muy cernudiana, “un error de amor: el amor a la ciudad de espléndido pasado, cuyo espíritu acaso quiso él resucitar, dando para ello lo mejor que tenía, sacrificando su nombre y su obra”. Izquierdo vive un exilio interior. “Bécquer y Machado la dejaron tras sí” (y el propio Cernuda). “José María Izquierdo nunca la abandonó”.

En el Ocnos que Antonio Muñoz ha traído a las crónicas municipales uno ve los soportales de la Plaza del Pan llena de gallegos con “su costal vacío al hombro y el manojo de sogas en la mano”. En el cincuentenario de su muerte, Ismael Yebra coordinó un libro sobre el poeta de Acetres. Cuando vimos el féretro del doctor llevado a hombros bajo el arco de la plaza principal de Umbrete, volvió Cernuda: “Para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras de un arco”. Hoy cumplen años Matilde y Tomás, niños de 1988, a los 25 años de la muerte del poeta; también los cumple el bisnieto del Niño Rubio de Casa Gonzalo, el tabernero que le sirvió el último café a Galerín. “¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?”, se preguntaba el poeta que perfiló el aire. El vecino de Joaquín Turina, cuya música suena en las páginas de Ocnos (El piano). El poeta que amaba el cine y el boxeo y recordó en sus versos a Hernán Cortés, Góngora, Mozart, Larra y Dostoievski.

Cernuda perdió una ciudad cuyo plano regaló a sus lectores. En La realidad y el deseo, después de una visión amarga de la Guerra Civil, el poema 1936, que escribe en 1961 a un miembro de la Brigada Lincoln, termina dirigiéndose A sus paisanos. “De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente, / escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros / al viento del olvido que, cuando sopla, mata”. Está bien meter Ocnos en la agenda municipal para amortiguar los estragos de ese viento. Seises de Glasgow.

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