Los Invisibles | José Javier Ruiz

“Mientras el cuerpo aguante, quisiera callejear toda la Sevilla intramuros”

  • Los barrios, con sus historias, son la infancia de las ciudades. Este pediatra callejea sus rincones. Tiene cinco libros con viejas novedades y gozosos misterios

José Javier Ruiz, junto a las columnas de la Alameda de Hércules. José Javier Ruiz, junto a las columnas de la Alameda de Hércules.

José Javier Ruiz, junto a las columnas de la Alameda de Hércules. / Juan Carlos Vázquez

PEDIATRA de profesión, el lunes presenta su quinto libro de Callejeos por Sevilla, que le llevan por Macarena y Feria. José Javier Ruiz (Sevilla, 1964) ha empezado el sexto, por el Arenal.

–¿Por qué estos Callejeos?

–Surgió por mi ignorancia de Sevilla. Crecí en Heliópolis y venía al centro en Semana Santa, como la mayoría de los sevillanos.

–¿Por qué se lo dedica a José María Toro?

–Los cuatro primeros los edité en Guadalturia. El cuarto, la segunda parte de Triana, me lo maquetó ya con el cáncer de pulmón. El quinto lo he editado yo.

–¿Cuál fue el primer Callejeo?

–San Lorenzo y San Vicente. Soy muy del Gran Poder, pero mucha gente se queda en la plaza.

–Donde ha dicho Gabilondo que lo busquen si se pierde.

–Es el corazón devocional de Sevilla, pero hay muchos más.

–¿Por dónde siguió?

–San Nicolás y San Isidoro. El Altozano de Sevilla. La parte más primitiva de la ciudad. Hablan de la Alfalfa, pero allí estuvo el segundo foro, el imperial. El primero estuvo en la esquina de las calles Aire y Abades. Me lo corrigió y prologó Teodoro Falcón. Su hermano Luis fue mi profesor de Química en el Claret.

–Del Altozano de Sevilla al de Triana...

–Me lo sugirió José María Toro, tienes que hacerlo de Triana, que allí se venden muchos libros. Tuve que dividirlo en dos, porque Triana es mucha Triana. En el primero entro por Castilla y salgo por Alfarería. En el segundo empiezo en la Avenida de Coria y termino en el convento de Los Remedios. Dile a un trianero que la Plaza de Cuba no es Triana.

–¿En qué Sevilla crece?

–En el barrio de Heliópolis. Por eso estudio en el Claret. Soy sevillista y en los Sevilla-Betis del recreo jugábamos cinco sevillistas y treinta béticos.

–¿Por qué hizo pediatría?

–Me ha gustado siempre la atención primaria, médico de familia o pediatra. Hice los cuatro años de Pediatría en el Juan Ramón Jiménez de Huelva. El tiempo me dio la razón: faltan pediatras en todos sitios. Es muy gratificante. El niño es un sano por definición.

–¿Sabe la gente que la muralla de la Macarena sigue en pie gracias a José Gestoso?

–¿Usted cree que la gente sabe que por debajo de la Alameda pasaba el río? Por eso escribo estos libros. Vivimos en una ciudad que es un museo al aire libre. Sevilla es una ciudad vieja, pero presumida. Nada más que la mires te sonríe y te muestra sus encantos, su historia, sus secretos.

–Hay muchas maneras de llegar al callejero de la ciudad...

–Es verdad. Es muy curioso.

–Se puede entrar por ser maestrante...

–El marqués de Esquivel y Pacheco Núñez de Prado representaban a la Maestranza de Caballería, que sufragó los Altos Colegios, escuela que inauguró Alfonso XIII siendo todavía niño con su madre, María Cristina. Era muy importante con unos índices tan elevados de analfabetismo. Ya de mayor, Alfonso XIII volvió para inaugurar en Triana el colegio Reina Victoria. La República le quitó el nombre de su esposa y le puso José María del Campo.

–Otros entraron por ser héroes ante los franceses...

–Palacios Malaver y González Cuadrado murieron fusilados por los franceses. No son tan conocidos como Daoiz y Velarde. La placa que lo cuenta está en el patio de los Limones de la Catedral.

–Cada rincón evoca a un escritor: Aire, a Cernuda; Dueñas, a Machado; el Arenal, a Lope. ¿Una ciudad muy mimada por los escritores y muy escurridiza para ser novelada?

–Yo lo he intentado tres veces. Con mi primera novela, Argantonio y el periplo de un tesoro, gané un premio del Colegio de Médicos. No hay mucha información y tuve que agudizar la imaginación. El del Carambolo es un tesoro oriental porque los fenicios se mezclaron con los turdetanos, los iberos andaluces.

–¿A qué época viaja después?

–Al año 844. En mi novela Los Nordumani (El asalto vikingo a Sevilla) cuento un hecho real y muy poco conocido. El emir estaba tan pendiente del peligro cristiano por el norte que desprotegió el sur, los vikingos entran sin resistencia por el Guadalquivir.

–¿Llegó al gran público?

–Mi tercera novela, Nos tengan por locos, sobre quienes construyeron la catedral, estuvo tres meses en las librerías; me cabe el orgullo de que me la corrigió y prologó Alfonso Jiménez, que era el director-conservador de la Catedral. Me invitó a la Contaduría Alta de la Catedral, unas oficinas a las que se accede por una escalera de caracol donde los canónigos contaban los dineros.

–En su busca del espacio perdido, ¿superará los siete volúmenes de Proust?

–Mientras el cuerpo aguante quisiera callejear toda la Sevilla intramuros.

–Como pediatra, ¿los barrios son la infancia de las ciudades?

–Yo creo que sí. Todos te cuentan sus recuerdos.

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