tribuna de opinión

Una bomba de la Primera Guerra Mundial en el río Guadalquivir

  • El autor recoge una increíble revelación del que fuera cónsul alemán Otto Engelhardt: el intento de sabotaje por un oficial alemán de un submarino en el puerto de Sevilla en 1916

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) marcó a sangre y fuego el comienzo del siglo XX. Millones de soldados murieron en atroces combates en las trincheras de Europa. Una generación perdida en el horror de las alambradas, el fuego de ametralladora, el fango y los gases tóxicos. Jóvenes soldados que, en los primeros días del estallido del conflicto, cantaban con alegría su participación en una guerra que se prometía acabaría con todas las guerras. El final lo conocemos y no fue nada poético ni esperanzador. Sobre el cuerpo herido de Europa yacían millones de cadáveres y millones de proyectiles, sin explotar, enterrados en el suelo a la espera de activar su mortífera carga. A pesar del tiempo transcurrido, de vez en cuando, gotean noticias provenientes, sobre todo de Francia y Bélgica, sobre el descubrimiento de explosivos de la guerra que deben ser desactivados o trasladados previa evacuación de la población civil cercana. Es poco conocido que muy cerca de nosotros, bajo las aguas del río Guadalquivir, reposa un vestigio de aquella guerra.

El Gobierno español, agobiado por sus problemas internos y sin aliados externos, declaró su neutralidad en aquel conflicto. España no entró en la guerra pero, como difundían algunos mentideros periodísticos, la "guerra si entró en España". El puerto de Sevilla fue testigo de un intento de sabotaje por parte de un oficial alemán de submarino en el año 1916. El cónsul alemán en la ciudad, Otto Engelhardt (1866-1936), abortó esta operación, aun en contra de las directrices de su país de origen, que hubiese comprometido, gravemente, la neutralidad española.

Este hecho, poco conocido entre la población, apareció publicado por primera vez en el periódico alemán Gaceta General de Dortmund y dado a conocer al público español en las páginas de El Liberal; en la década de los treinta, ya lejano el fin de la guerra. El diario recalcaba la indignación sentida "por la actitud de un oficial alemán para con una nación neutral que se ha portado con franca nobleza con todos los extranjeros durante aquellos tiempos tristes". El mismo Otto, años después, ya retirado de sus cargos de director de la Compañía Sevillana de Electricidad y Tranvías y sin ningún vínculo con el gobierno alemán, detalló el peligroso plan que urdió uno de sus antiguos compatriotas en la guerra en las páginas de su autobiografía Adiós Deustchland (1934), actualmente depositado en el Archivo General de Andalucía.

El entonces cónsul honorario del Imperio alemán, Otto Engelhardt, narró como un capitán de la Marina Imperial pretendió atentar con dinamita contra los barcos españoles que querían salir del Puerto de Sevilla transportando contrabando. Los saboteadores pretendían obtener la colaboración y connivencia del cónsul alemán puesto que enviaron gran cantidad de cartuchos de dinamita y bombas pesadas de submarinos al Consulado alemán en Sevilla, situado en la calle San Pablo,31. El plan era el siguiente: el cónsul debía llenar un depósito de hierro (suministrado por el personal de la Marina Alemana), con dinamita, entre cuyos cartuchos se quería poner luego un detonador. Una persona sería la encargada de llevar el depósito a bordo de un vapor español y lo escondería entre los carbones. Transcurridos unos dos o tres días reventaría el depósito con el consiguiente hundimiento del buque y esparcimiento de daños por los alrededores. El cónsul no suministró, en ningún momento, ninguna dinamita al capitán de la Marina Imperial que se lo solicitaba. El capitán enfurecido por la negativa del cónsul lo amenazó con denunciarlo ante el Gobierno alemán. Después de una agria discusión con el capitán de marina, Otto Engelhardt quemó varios quintales de dinamita (previa ocultación de la misma en algún punto indeterminado del río cerca de Gelves).

En vista de ese plan devastador Otto quemó la dinamita en su jardín. Si este intento hubiese tenido éxito hubiera supuesto un golpe tremendo a la neutralidad española y considerado un casus belli por el Gobierno español. Otto Engelhardt declaró :"¡Qué consecuencias hubiera podido tener la ejecución de tal crimen en un país neutral y amigo, para la pobre Alemania! Esta sensacional historia fue transmitida, oralmente, por los descendientes de Otto ya que Conrado Engelhardt, su nieto, memoria lúcida, recuerda el amonio que el oficial naval entregó al cónsul.

En la posguerra se conocieron otros intentos de sabotaje, por parte de las autoridades alemanas, que muestran la libertad con que actuaban sus agentes por nuestro suelo en connivencia con las autoridades consulares. Otto llegó a enviar una extensa carta mecanografiada, el 17 de julio de 1929, al mismísimo Presidente del Reich, Paul von Hindemburg (1847-1934). El anciano mariscal, famoso por sus victorias en el Frente del Este, fue destinatario de una detallada crónica de las actividades de los agentes alemanes en España durante la Primera Guerra Mundial. Con un tono de reproche y advertencia Otto da a conocer la operación que se estaba gestando en el Consulado alemán de Cádiz, encabezado por Emil Winter. Otto fue reclamado en la capital gaditana, por la diplomacia del Reich en España, donde encontró varias bombas submarinas pesadas en una de las estancias del cónsul alemán.

Como en el caso frustrado de Sevilla los explosivos fueron enviados por el agregado naval alemán. Otto se desentendió del asunto pero los explosivos fueron enviados a Sevilla al consulado sin previo aviso. En la carta Otto escribe: "No creí oportuno poner en peligro la ciudad de nuestros amigos y metí las bombas en el automóvil a mi apartamento en las afueras de Sevilla. Ahora le pregunté a la embajada qué debería hacer con las cosas. Como no recibí instrucciones claras, traje las bombas pesadas con tres amigos en un velero río abajo". Los peligrosos explosivos fueron custodiados, provisionalmente, en su residencia, en Villa Chaboya, en el término de San Juan de Aznalfarache, próximo a Sevilla hasta que Otto decidió desprenderse de ellos. El plan era, con ayuda de tres capitanes amigos suyos, desembarazarse de las bombas en algún punto indeterminado del río Guadalquivir. Otto, en la misiva a Hindemburg, concluye: "Queríamos hundir las bombas en el mar, pero no podíamos ir río abajo. No quedaba más que arrojarla a un afluente (recóndito) del Guadalquivir".

Según el relato de Otto el área en cuestión donde permanecían los explosivos fue adquirida, en los años viente, por una sociedad estadounidense. Aún así el peligro persistía puesto ¿cuánto tiempo podría permanecer la bomba con capacidad para explotar? Otto exhortaba a las autoridades de la República de Weimar a que se responsabilizara del explosivo hundido en el río. Esta historia, junto a otras, son mencionadas en el documental dirigido por Ricardo Barby, Descubriendo a Otto: el cónsul que desafió a Hitler (2019), premiado, entre otros reconocimientos, en la 24 edición del Festival de Cine de Zaragoza.

España preservó su neutralidad durante toda la guerra aunque no se consiguió sin peligros ni riesgos. No hay que confundir neutralidad con indiferencia como demostró el cónsul Otto Engelhardt.

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