La 'igualá' de los desiguales
Cristo vivo. Por la noche ensayó una cuadrilla de costaleros del Miércoles Santo. Al mediodía, las Hijas de la Caridad le daban de comer a 310 indigentes y 'sin techo'.
LAS calles Aniceto Sáenz y Patricio Sáenz son perpendiculares. La primera une la muralla de la Macarena con el Pumarejo y debe su nombre al promotor que urbanizó la Huerta de los Toribios y en 1892 (Diccionario Histórico de las calles de Sevilla) se comprometía a ceder esos terrenos al Ayuntamiento a cambio de que éste abriera portillos en la muralla para facilitar el acceso y librara al promotor del pago de arbitrios y licencias.
Le dio además una variante de la inmortalidad, rotular una calle con su nombre y otra con la de su pariente Patricio Sáenz. En una nave de Aniceto Sáenz aparece el cartel que se ve en la fotografía. Ensayo de Cofradía. De nueve de la noche a tres de la madrugada. Dentro hay dos parihuelas del Carmen Doloroso. Una vecina dice que también hay una carreta de la Hermandad del Rocío de la Macarena. La referencia no está homologada en las normas de circulación y forma parte de los códigos de primavera.
Los costaleros llegaron por la noche. Al mediodía llega a las calles Aniceto Sáenz y Patricio Sáenz otra cuadrilla bien distinta. Se alinean en rigurosa fila. Una igualá contra la desigualdad. De doce y media a una y media está abierto el comedor para indigentes y sin techo atendido por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Ayer dieron 310 comidas. Ni Robles en todos sus locales.
La cocinera es Teresa Pastrana, gaditana de Vejer de la Frontera, 43 años en esta congregación. Las hermanas más jóvenes dejan el comedor como los chorros del oro. Cocina internacional por los países y los idiomas y las carencias que allí se han sentado, cuando poco después de la hora del Ángelus empezaron a llegar.
"Ya no quedan bocadillos", dice Sor Isabel a los periodistas. 310 estómagos atendidos. Cocido de habichuelas y calabazas "con su pringá", jamón, melón y agua o refresco. "Ya por lo menos hasta la tarde aguanta uno, ¿no?", le dice uno a otro en la esquina de Patricio con Aniceto Sáenz.
Faltan 55 días para que los costaleros del Carmen Doloroso pasen del ensayo a la realidad del Miércoles Santo. "Yo no sé de qué cofradía son", dice en la nave adyacente uno de los dos jóvenes que trabajan en un taller de elaboración de materiales para centros de interpretación. El Pumarejo es una estación de autobuses sin autobuses: personas que se sientan y levantan alternativamente como en un plató de Estudio 1.
Se ve al fondo la muralla. El límite de la ciudad cuando Aniceto Sáenz construyó aquí unas casas para los obreros, un colectivo que en plena recesión empieza a ser una rareza demográfica. Las hermanas de la Caridad son costaleras para un Cristo Vivo, como los quería Leonardo Castillo, y se doctoraron en alianza de las civilizaciones mucho antes de que los ideólogos se gastaran un dineral en este oropel de palabras.
Cuando los costaleros accedieron a la nave para sacar las andas con peso real (piedras, cajas de botellines, muebles viejos), Cristo no estaba en lo alto del paso. Alguien se había incorporado al colectivo de 309 demandantes de una comida caliente en días de corazones fríos. "Me llaman Legión, porque somos muchos", diría alguno por boca de San Marcos, da igual que sea de Marruecos, de Bolivia o de Ucrania.
En la misma acera de la nave de ensayo cofrade se encuentra el Centro de Apoyo e Información Sociolaboral para Inmigrantes, permanente vaivén de interesados. La información en tiempos de crisis es tan necesaria como la comida. El tercer plato. En la esquina con el Pumarejo, algunos parroquianos toman la cerveza en el bar Camacho. Manuel Camacho Barba, tabernero de Manzanilla, que abrió el bar en 1958. Entonces eran los españoles los que emigraban y si había inmigrantes procedían de Tocina y de Brenes, de Cantillana y de Osuna. Cuando la capital era la quimera de los pueblos y Alemania era la quimera de las capitales.
En el comedor de las Hijas de la Caridad se come en horario europeo. Es lo único que tienen los pobres de los ricos. El capataz miraba al cielo, había alerta naranja. Las monjas también. Siempre hay alerta roja si 310 personas no tienen casa ni familia. Pero tenían cocido con su pringá.
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