Como los indios de 'Fort Apache'
Resignación ante los continuos retrasos en la obra de la Alameda, en cuyo remate se ven menos trabajadores que en cualquiera de los numerosos trabajos particulares que tienen lugar en el entorno
Hoy abre sus puertas el Fun Club (25 años de solera musical lo contemplan) y la obra de la Alameda sigue sin estar terminada, como si los albañiles se hubieran ido con la música de las máquinas a otra parte. Se oye a lo lejos una partitura mecánica. "Un rotaflex cortando adoquines", identifica el sonido Dionisio Rodríguez, anticuario con tienda en la vecina calle Castellar, que comparte un café en el bar Las Columnas con Manuel Salinas, pintor del barrio.
La Alameda, como la nave de Fellini, va. Se mueve. Pero muy lentamente y quizás en una dirección que no es la deseada. Hay más trabajadores en cualquier obra particular que en los trabajos de la Alameda. Más movimiento, por ejemplo, en el nuevo restaurante que abrirá en los impares; en los retoques que Virginia Berro, una de las vecinas que más tenazmente pleiteó contra la botellona, le da a la entrada de su casa; en el pulimiento del suelo de la tienda de tatuajes Lucio, reforma que regala al viandante la estampa insólita de los tatuadores sentados en plena calle. Más albañiles en el antiguo solar de Lumineón que en la Alameda, donde apenas cinco albañiles están centrados en una tarea casi minimalista, los monolitos de los contadores de la luz que iluminarán los tres conjuntos de pérgolas.
"Nosotros no sabemos nada de plazos", dice uno de ellos, que anima al periodista a fijarse bien "porque aunque no los vea, hay gente trabajando". No se ven, como los indios de Fort Apache. En la calle Arias Montano, junto a la Casa de las Sirenas, un obrero se afana en horadar la tierra y el otro explica los detalles al reportero. "Es uno de los tres empalmes de una empresa de telecomunicaciones. Vamos a meter la fibra óptica, que con unas cámaras seguirá por la red de saneamiento". Dice que las máquinas vienen de Austria.
La Alameda se mueve. Mañana empieza el ciclo Alamedeando y el sábado se presenta en la Casa de las Sirenas el libro Antología de poetas en bicicleta, que coordinó Francisco Vélez Nieto. Podía hacer un segundo volumen, una Antología de poetas con perro. La mascota que, en plena indefinición, es la que se ha adueñado del espacio central y lo ha acotado con el recuerdo de sus más perentorias necesidades.
En la Alameda el partido más votado fue el PP y quien gobierna en el distrito es Izquierda Unida. Aquí no hay pinza que valga. El líder de la oposición, Juan Ignacio Zoido, ha denunciado los retrasos y el sobrecoste del presupuesto de la obra, estimado en un 34,7% sobre la cantidad inicial. Antonio Rodrigo Torrijos, primer teniente de alcalde, critica el alarmismo de Zoido y aunque reconoce el incremento del presupuesto inicial, matiza que ese aumento obedece a fines que no estaban incluidos en el proyecto inicial de la obra: la construcción del tanque de tormenta, la reurbanización de calles adyacentes, obras de infraestructura para el tranvía o la colocación de una red perimetral para mejorar toda la red eléctrica. Torrijos pidió ayer perdón por los retrasos en la inauguración de la Alameda. En una entrevista a Onda Cero, destacó sin embargo que aunque "no se ha recepcionado, se está usando".
Francisco Velázquez es vecino de la Alameda y geógrafo de profesión. Un día se acercó a Elías Torres, el arquitecto responsable del proyecto. "Me dijo que como punto de partida había que escuchar las peticiones: Izquierda Unida no quería aparcamientos, los vecinos querían parterres". El sobrecoste no le sorprende. "En Alemania aprendí que tres mil siempre son treinta mil. Si el presupuesto aumenta cuando haces obra en tu casa, ¿no va aumentar en una obra pública?".
Hay una obra que sí se terminó y la exhibe orgulloso Luciniano Rodríguez, director del distrito Casco Antiguo: un dvd de Manuel Cerrejón sobre los artistas flamencos que dio la Alameda. En la obra aparece Joselito el Colorao y su guitarra, de los pocos supervivientes de aquel esplendor. Vive en la Alameda "y nunca vi una obra más larga. Es un chollo para el alcalde. Nunca ponen lo que cuesta. Va a salir por un pico".
En una mesa del bar Ciudad Condal trabaja sobre planos el arquitecto Santi Cirujeda. En la acera de enfrente, el pintor Salinas y su amigo anticuario le ponen peros al diseño. Vieron un camión de bomberos haciendo la prueba, fallida, en la esquina con la calle Santa Ana. "Más de una vez he ido directamente del garaje al chapista", dice el pintor, "parece que no quieren que saquemos el coche. Que la gente pasee y no trabaje".
Dionisio Rodríguez tiene su teoría sobre la atonía laboral de este Escorial sin Felipe II. "La maquinaria es de alquiler y cuando la mandan a otras obras de la misma empresa, la cuadrilla está de brazos cruzados". Fue testigo de una obra "de la misma envergadura" en la ciudad de Lyon. "La terminaron con tráfico rodado en un par de meses y aquí llevan tres años. A mí no me deslumbra lo extranjero, y menos lo francés; en muchas cosas estamos a años luz, pero en eso me quito el sombrero. Entre otras cosas, porque la gente no lo permite. En esos sitios, si una obra se eterniza, la gente sale a la calle. Aquí parece que es un mal endémico, un castigo bíblico".
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