Una misa entre colchas y cortinas
Calle Rioja
TODAVÍA lo mira con asombro. "Es el patio con la montera más grande de Sevilla". El patio al que Pedro Juan Álvarez Barrera llegó con 14 años para trabajar de aprendiz en la sección de Tapicería y Cortinas. Y al que volvió como joven sacerdote de 27 años para decir una insólita misa. La Eucaristía en el corazón de las Siete Puertas. Una tienda legendaria cuyo espacio ocupan el patio, que ahora pertenece a un bloque de viviendas, y la tienda adyacente de Puente y Pellón, el negocio de Iglesias, Pérez y Soro que recientemente pasó a manos de un chino.
"Convertimos el mostrador en un altar", recuerda el antiguo empleado. En una fotografía, se le ve alzar el cáliz entre rollos de cortinas. "Parecía una misa de campaña". Era un martes de diciembre. "Yo me ordené sacerdote el 5 de octubre de 1984 en la Catedral y canté misa un día después en San Benito. El día de la Virgen del Rosario, fecha de la batalla de Lepanto". Su primer destino fue Casariche, la Andalucía profunda y jornalera. "Todos los martes venía a Sevilla a ver a mi madre y comer con mi familia. Uno de esos martes dije misa en la tienda. Debió ser de acción de gracias, porque tengo una casulla blanca".
Hijo de un camarero de La Ponderosa, Pedro Juan, párroco desde hace diez años de la iglesia de Omnium Sanctórum, en la muy comercial calle Feria, empezó su vida laboral en un comercio de leyenda. "Entré de aprendiz, como todos, y salí de dependiente". Las Siete Puertas llamó a su casa. "El propietario del piso donde yo vivía de alquiler era don Ángel Iglesias, uno de los dueños de la tienda, al que en esa misa le di la comunión". Estuvo seis años trabajando. En 1977 pidió prórroga en la mili por estudios: hacía el bachillerato nocturno en el instituto San Isidoro en el que actualmente imparte la asignatura de Religión y Moral Católica y que entonces se la daba Rafael Bellido Caro, que era párroco de San Andrés y después fue obispo de Jerez.
En 1978 le llegó la llamada del Ejército. Juró bandera en Cerro Muriano un día antes de la aprobación de la Constitución Española "para que pudiéramos ir a votarla". Recibió la llamada de la vocación. "Pedí excedencia por si no era lo mío para no perder mi puesto de trabajo. La podías pedir por cinco años, yo me fui sólo con tres. Hoy eso sería impensable, pero estaba en el Fuero de los Trabajadores". No hubo lugar. Simultaneó los estudios de primero de Teología con el resto de la mili en la División Mecanizada Guzmán el Bueno número 2, "en Torreblanca, frente a Persan". Mitad monje, mitad soldado. "Lo llevaba bien, tenía pase de pernocta. Era el monaguillo del cuartel y el capellán me ayudaba todo lo que podía".
Siempre mantuvo buenas relaciones con las Siete Puertas, compatible con esta puerta del cielo que de pronto se le abrió. "Invité a mis antiguos compañeros a mi ordenación, me ordenó Monseñor Amigo Vallejo, y a mi primera misa. Me regalaron una casulla verde que estrené en Casariche. El ajuar me lo compró mi madre en las Siete Puertas. Allí he comprado todas las telas y cortinas para mis destinos", dice el cura que después fue enviado de párroco a Aznalcázar antes de regresar a la ciudad donde nació y se estrenó como vendedor de tejidos. "Me respetaban los descuentos del personal, un 30 por ciento, y el tres por ciento por prontopago".
El patio conserva las columnas y la montera, pero el sacerdote no tiene problemas en evocar ese paisaje comercial que sacralizó hace un cuarto de siglo. "Junto a la puerta, a la derecha, estaban las telas de caballeros, que compraban y las llevaban al sastre. La época de las telas Tamburini. Al otro lado estaban la mantelería y las sábanas El Burrito Blanco, cuando se bordaban las sábanas". Eso ya es historia, como la propia tienda y tantos otros comercios. Si volviera a abrir, Pedro Juan no tendría muchos problemas en reciclarse laboralmente. "No se me ha olvidado medir ni ubicar, que es como se llamaba al número de metros que tenía cada tela. Los empleados conocíamos la numeración secreta de los tejidos: tenían un precio para el cliente de la calle y otro que sólo nosotros sabíamos para el almacenista que los llevaba a los comercios de los pueblos".
Este cura no expulsó a los mercaderes del templo. Llevó el templo a los mercaderes. Le ayudó en aquella misa del 84 Francisco Baeza Hurtado, que trabajaba en las oficinas de Las Siete Puertas. "Su mujer, Manoli, era la telefonista. Hoy está con nosotros en la pastoral de Enfermos".
Cerro Muriano, Torreblanca, el instituto San Isidoro, el seminario de San Telmo, San Benito, la Gran Plaza, Casariche, Aznalcázar, la calle Feria. Los episodios de una trayectoria intensa en la que nada humano le fue ajeno y a las que añade este microcosmos de sus catorce años del aprendiz que aprendía a marchas forzadas.
Después casó a algunos compañeros de la tienda, bautizó a sus hijos, el calendario de comuniones y entierros que reflejan el paso de la vida, sus vicisitudes. 26 años después de dejar la tienda con el por si acaso de la excedencia, el párroco de Ómnium Sanctórum recita como si fuera una alineación la lista de sus particulares siete magníficos, los dueños de las Siete Puertas. "Los Iglesias eran don Ángel y don Joaquín. Los Pérez, don Manuel, don Antonio y don Alberto. Y los Soro, don Francisco y don José María".
Antes de la Navidad de 1984, Pedro Juan tenía pelo. Muchos de sus compañeros comulgaron con la palabra "cortinajes" como decorado. Teología del centro.
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