Calle Rioja

El nuevo mapa de Javier de Burgos

  • En verano, las estaciones del Prado y Plaza de Armas marcan la égida sevillana a las playas de Cádiz y Huelva, prolongación oficiosa y vacacional de su término municipal

Veraneantes, en la estación de Plaza de Armas con sombrilla y fiambrera. Veraneantes, en la estación de Plaza de Armas con sombrilla y fiambrera.

Veraneantes, en la estación de Plaza de Armas con sombrilla y fiambrera. / María Pla

JAVIER de Burgos se equivocó cuando diseñó en 1833 la España de las provincias, esa fortaleza geográfica que empezó a menguar cuando se cambió el sistema de matriculación de vehículos y CS dejó de ser la matrícula de Castellón o SS la de San Sebastián. Debería haber incluido una cláusula de futuro en la que señalara que en los meses de verano la provincia de Sevilla se extiende hasta las playas de Huelva y de Cádiz. Hubo un tiempo de penuria sin delirios de grandeza en que el mundo del sevillano en verano se dividía no en dos, como rezaba el cánon de Villalón, sino en tres: Huelva, Cádiz y la selecta nevería. Cautivo y desarmado el ejército de las buganvillas y los tomates aliñados, no hubo más remedio que enmendarle la plana a The Refrescos: Aquí sí hay playa. Quien dijo que Sevilla dejó de ser navegable no conoce esta doble diáspora de los precursores del cambio climático.

La estación Plaza de Armas, que se llamaba de Córdoba en su versión ferroviaria, debería ser ahora la de Huelva, situada junto al puente del ingeniero Manzanares para conquistar las aguas del Atlántico allende el Aljarafe. Desde la estación del Prado que diseñó Rodrigo Medina Benjumea se dirigen muchos de los autobuses a las playas de Cádiz, el nombre que siempre tuvo la estación de San Bernardo.

El cronista no hubiera elegido este tema de no haberse encontrado con una albricia estadística: todas las llamadas que ayer hizo a personas residentes en Sevilla, todas por asuntos ajenos a esta historia, presentaban a los interlocutores en diferentes destinos del litoral. Nada de Punta Cana o la Costa Brava. Manolo Ruesga Bono, que en octubre cumplirá sus bodas de oro con la fotografía, oficio que transmitió a su hijo Alejandro, ya es un clásico en Matalascañas, playa del municipio de Almonte pero perteneciente a la provincia de Sevilla en ese mapa apócrifo de un nuevo Javier de Burgos.

Ricardo Ríos, hechas las maletas de todos los partidos del Mundial que ha visto, estaba en Rota, el paraíso del flamante director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que lo descubrió con el mejor de los anfitriones, el roteño Felipe Benítez Reyes, con quien escribió a medias una novela. Miguel Gallardo cumple años el mismo día que Rafael Alberti, que en su Marinero en Tierra veía el faro de Chipiona donde se instala todos los veranos el periodista y abogado. Su hermano Francisco Gallardo, médico y ex baloncestista, presentará en el castillo de Chipiona el próximo día 26 su novela Áspera sed de la muerte, la tercera de su cosecha.

Chipiona es también el rincón elegido para desconectar por Ignacio Mena y Emilia Moscoso, el matrimonio que regenta Marcos Venecia, negocio más que centenario de Cuna y Lagar. El ex concejal Jesús Lagier (munícipe socialista de la legislatura 1983-87) veranea en Chiclana después de probaturas en Chipiona, Conil y Barbate. José Antonio Ramírez Lozano, profesor jubilado y feraz novelista, paseaba ayer por la calle San Jacinto y hoy ya estará en Sanlúcar de Barrameda, donde un grupo de escritores veraneaban en la corte literaria de Caballero Bonald. Ramírez Lozano tiene recientes una novela, El camello de oro, y un libro de poemas, Epifanías (Renacimiento).

Fuera del mapa de Javier de Burgos, hay quien se va al festival de jazz de Vitoria o coge número para visitar en su terruño pasiego a Rogelio Gómez Trifón, extensión lúdica de la Menéndez Pelayo que se fundó en el Palacio de la Magdalena sin Proust.

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