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El pintor de la muerte fue también genio de la 'vida'

  • Estudio. Fernando Gabardón desvela una faceta insólita de Valdés Leal en puertas de su cuarto centenario: pintor de Inmaculadas, un género que parecía patrimonio de Murillo

El pintor de  la muerte fue también genio de la 'vida'

El pintor de la muerte fue también genio de la 'vida'

Como las Meninas son de Velázquez y las Novelas Ejemplares de Cervantes, siempre se piensa que las Inmaculadas son por antonomasia de Murillo. Su magisterio es incontestable, pero en puertas de la festividad del dogma que Sevilla antes que Roma proclamó (Silvio dixit), el historiador del arte Fernando Gabardón de la Banda reivindica las Inmaculadas de Valdés Leal.

El plural del título de la conferencia que impartió en la Caja Rural del Sur a su alumnado del Universitas Senioribus del CEU San Pablo, presentado por Paco Robles, puede sorprender a más de uno. No pintó una ni dos.

El mismo día que se inauguraba la magna exposición en el Museo de Bellas Artes, adelanto del cuarto centenario del nacimiento de Juan Valdés Leal (1622-1690), Gabardón descubría una faceta inédita, muy poco conocida del pintor que ha pasado a la posteridad por sus Postrimerías dela iglesia dela Caridad, éstas sí tan unidas a él como las Meninas a Velázquez, los Caprichos a Goya o las Inmaculadas a Murillo.

Oscurecido durante siglos por este último, eclipsado en vida por el brillo y los contratos de su paisano, Gabardón recordó el papel crucial de dos eminencias de la Historia del Arte en la reivindicación de la figura de Valdés Leal: Diego Angulo y Enrique Valdivieso. Curiosamente, dos de las máximas autoridades mundiales en el estudio de la obra de Murillo.

Sevilla vivió su época dorada en la pintura. En apenas dos décadas aparecen cuatro genios del calibre de Zurbarán (1598-1664), Velázquez (1599-1660), Murillo (1618-1682) y Valdés Leal (1622-1690), el primero llegado desde la extremeña Fuente de Cantos, el resto nacidos en Sevilla. Cuatro maestros con pequeños saltos generacionales. Como en el fútbol Alfredo Distéfano (1926-2014), Pelé (1940), Johan Cruyff (1947-2016) y Maradona (1960-2020), con la diferencia de que éstos aparecen en tres países de dos continentes y los pintores en una misma ciudad.

El dogma de la Inmaculada remite según Gabardón a una tradición medieval, a discusiones escolásticas entre franciscanos y jesuitas, partidarios del dogma, y dominicos, detractores del mismo, con Santo Tomás de Aquino al frente. La orden de Fray Bartolomé de las Casas y de Torquemada. En el trasfondo histórico, la Contrarreforma y el Concilio de Trento.

Si Murillo tuvo una importante relación profesional con Cádiz, Valdés Leal la mantendrá con Córdoba, ciudad en la que vivió en dos periodos distintos. Allí se forma con el maestro Antonio del Castillo y contrae matrimonio con Isabel Martín de Morales y de allí, en su primera estancia, vuelve a Sevilla tras una epidemia de peste en la ciudad cordobesa, la ciudad natal de Juan de Mesa.

Los cánones estéticos del inmaculadismo pictórico los marcó Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, en su libro Arte de la Pintura. Su Antigüedad y Grandezas. Valdés Leal va a utilizar en sus cuadros todos los elementos que acompañan a esta mujer concebida sin mácula: la fuente, la palmera, el espejo, la rosa, el pozo o la Luna, puente entre la Tierra y el Cielo. Valdés Leal y Murillo todavía viven cuando en 1671 la ciudad recibe con fervor la canonización de San Fernando. Zurbarán y Velázquez ya han fallecido.

Dentro de los actos conmemorativos del cuarto centenario del nacimiento de Valdés Leal, al profesor Gabardón le gustaría que se hiciera un circuito por las parroquias relacionadas con la vida y obra del pintor: San Esteban, donde fue bautizado; la Caridad, de la que fue hermano como Murillo y donde se encuentran las obras que le encargó Miguel Mañara; la Magdalena, donde conviven su obra con la de su hijo Lucas Valdés, incluidos los nueve cuadros que forman parte del patrimonio de la hermandad de la Quinta Angustia; y San Andrés, parroquia unida a la cofradía de Santa Marta en la que descansan sus restos. Más sevillano imposibles. Desde la cuna a la sepultura.

Es apasionante comparar las numerosas Inmaculadas de Valdés Leal (llegó a hacer una de ellas en 1682, el año que muere Murillo) con las de sus contemporáneos. En el catálogo intelectual de Fernando Gabardón, a través de sus imágenes, el público vio Inmaculadas de Luis de Vargas, el pintor que llegó a Sevilla después de su formación italiana con Rafael; Herrera el Viejo, que la dibuja en 1614 para la hermandad dela Vera-Cruz; Zurbarán; el Greco; la Inmaculada que Velázquez pinta con 19 años para el Santo Ángel y ha viajado al Museo de Bellas Artes desde la National Gallery de Londres; la de Pacheco para la parroquia de San Lorenzo o la de Alonso Cano.

En 1660 fue uno de los fundadores de la Academia Sevillana de Pintura que entonces presidía Murillo y en 1663 pasará a presidir el propio Valdés Leal. Pintó numerosas Inmaculadas. En 1659 realiza dos: la del Escorial, que está en el Prado, y la que ven los feligreses todos los días en la Magdalena. Este año, Murillo le cede el paso a su paisano en este puente de la Constitución y la Inmaculada. Como Cervantes y Lope o Góngora y Quevedo. El genio de un país. El alma de una ciudad. Que celebra el alborear del pintor de las Postrimerías.

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