El último bético que llegó a Leipzig
calle rioja
Homenaje. Maestros y discípulos brindan en el Colegio de Abogados una sesión de trabajo en memoria de Luis Olivencia Brugger, acto que presidió su padre, Manuel Olivencia Ruiz.
DOS meses después de su muerte, Luis Olivencia Brugger sigue teniendo en Sofía de las Moras, su esposa, la madre de sus dos hijos, la presidenta de su club de fans. Una parte de éstos se reunieron ayer en el Colegio de Abogados para ofrecerle al abogado fallecido el 4 de abril (a la edad de 52 años) una sesión de trabajo que presidió Manuel Olivencia Ruiz, su padre, su profesor en el curso 82-83.
"No hay mayor satisfacción para un padre que verse superado por su hijo; no hay mayor satisfacción para un profesor que verse superado por su discípulo. Y Luis es el hijo y el discípulo que me ha superado". Estas palabras de Manuel Olivencia Ruiz las oían en primera fila sus hijos Macarena y Daniel y Sofía, su nuera.
Previamente, el cuerpo consular organizó una misa en recuerdo de quien a sus muchas ocupaciones unió la de cónsul de Austria, el Brugger llevando al Olivencia a sus orígenes centroeuropeos. Siendo del sur. "Un abogado de una pieza", diría José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados, "de una pieza de la mejor orfebrería jurídica" curtida en las escuelas familiares de Ceuta, Ronda y Sevilla.
Esta insólita sesión de trabajo la propusieron dos de los ponentes, Guillermo Jinménez Sánchez, vicepresidente emérito del Tribunal Constitucional que intercambiaba con Luis Olivencia libros y charlas de historia militar, y Jesús Bores Sáiz, que lo retrató como modelo de abogado y de árbitro trabajando hasta sus últimos días, con el final de una muerte que este buen amigo interpretó como "lección de vida".
Varias generaciones se dieron cita en la sede de la calle Chapineros. De los más jovenes, Joaquín Cuesta recordó al compañero del despacho Cuetracases-Olivencia-Ballester. José Luis Ballester García-Izquierdo lo evocó preparando el recurso de una empresa andaluza perjudicada por la no devolución de ayudas estatales. Los preparativos en su casa de Villanueva del Ariscal, la llegada a un tribunal europeo con despliegue de medios y abundancia de traductores simultáneos. "¡Qué poca falta te hacían los traductores!", dijo su amigo y compañero que ahora tanto echa de menos "el eco de tu risa por el pasillo".
Graham Greene le llamó El factor humano. Lo cierto es que la humanidad, el contenido ético de su corpulencia, de Luis Olivencia Brugger impregnaba de afecto y cercanía asuntos tan procelosos como los que allí se trataron: la intervención de los abogados en los recursos de amparo y las cuestiones de inconstitucionalidad; las ventajas e inconvenientes del arbitraje y la mediación; la jurisdicción contable.
Alberto Díaz Moreno, catedrático de Derecho Mercantil, fue compañero de promoción y de departamento de Olivencia Brugger; sus hijos han ido a los mismos colegios. Y él, a sabiendas de que lo que más detestaba su colega "era esa imposición hipócrita y anglosajona de lo políticamente correcto", no tuvo más remedio que llamar a las cosas por su nombre para decir que la sublimación de la mediación como panacea de todos los males de la Justicia es una mezcla de la mitificación, "el pensamiento mítico está sustituyendo al pensamiento lógico", y de la aversión al conflicto. "Los conflictos no se evitan, se afrontan y resuelven".
Daniel Olivencia Brugger, el hermano pequeño, es economista, profesión que comparte Fernando González Moya, que participó con el padre de Luis, Macarena y Daniel en la reforma de la ley concursal y en su intervención recordó la importancia del Tribunal de Cuentas, "una desconocida en nuestra jurisdicción, aunque sea de las más antiguas". En el homenaje a un letrado políglota, usó el latín que lustra una norma básica, Non bis in ídem (No dos veces por lo mismo).
A Jesús Bores le daba pavor hablar de arbitraje ante uno de los "gurús" de la materia, en referencia a Manuel Olivencia, el abuelo de los niños de Sofía, tan orgullosa de las cosas que oía de su esposo que los pésames se convertían en enhorabuenas. Larga vida a la estela de su hombre. "Eres grande, Luis", diría el joven Ballester.
Manuel Olivencia agradeció la presencia de Alfonso Castro, decano de la Facultad de Derecho, por representar la vocación docente de su hijo. No sólo en Sevilla, sino los cursos semanales que cada año académico impartía en la Universidad de Leipzig hasta que llegaron los recortes. La misma ciudad en la que su equipo, el Betis, había eliminado al Lokomotiv en 1978, cuando en España se aprobó la Constitución y allí seguía el telón de acero.
Padre e hijo, los dos Olivencia, eran los dos únicos letrados sevillanos que formaban parte de un ranking de los 82 mejores abogados españoles. Una selección que mencionó Gallardo. Si prospera la solicitud realizada al Ayuntamiento por sus alumnos de Derecho Mercantil de rotular una calle con su nombre, también irían de la mano en el callejero, donde ya figura don Manuel Olivencia en una vía de Sevilla Este.
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