Sevilla

Los valores de la Transición

Muchas veces se invocan los valores de la Transición como algo etéreo, como si esos valores no se correspondieran con la forma de ser y de actuar de aquellas personas que protagonizaron ese tiempo trascendental en la historia reciente de España. Soledad Becerril, su alma política, pertenece a ese tiempo. Su trayectoria pública, desde los años 80, es tan amplia que es difícil sintetizarla en este breve comentario, por eso me limitaré a contemplar su figura desde mi perspectiva personal, de aquellos momentos que hemos compartido como responsables públicos.

La primera legislatura en la que estuve al frente de la oficina del Defensor del Pueblo Andaluz, Soledad Becerril era la alcaldesa de Sevilla. Nuestro primer acto conjunto fue en el Palacio de San Telmo, con motivo de una mesa propiciada por el presidente Chaves en la que intentamos abordar de una manera consensuada las consecuencias de la llamada movida juvenil. Han pasado ya más de veinte años de aquello y se entenderá que, entonces, como en tantos otros problemas sociales que van surgiendo, la primera urgencia era determinar el fenómeno y hasta ponerle nombre. La movida degeneró con su definición, la botellona, pero en aquel momento se trataba, sencillamente, de hacerle ver a todo el mundo que el derecho a la diversión de miles de jóvenes, de toda clase y condición, como los que se agolpaban en el Arenal y en otras zonas de la ciudad, tenía que respetar el derecho al descanso de los vecinos. Soledad Becerril era la alcaldesa de Sevilla y tuvo en todo momento una actitud de consenso con los demás representantes políticos para empezar a afrontar y a comprender un problema que todavía no hemos resuelto. Pero ése es el camino: consenso, diálogo y entendimiento.

Volvimos a encontrarnos en otro momento, acaso el más dramático en el que coincidimos los dos: fue el día del asesinato de Alberto Jiménez Becerril y Ascención García, Ascen, su mujer, por la banda terrorista ETA. Aquel día, Soledad Becerril sufrió de una manera no disimulada, mostrando públicamente su sensibilidad y el dolor que le habían producido aquellas muertes. El dolor que sentía como mujer, como amiga de los asesinados, supo reconducirlo como alcaldesa para mostrar la imagen de entereza, de fortaleza, que todo el mundo recordará siempre.

El último encuentro, más personal, lo tuvimos tras su toma de posesión como Defensora del Pueblo de España. En aquella ocasión, por la experiencia que yo acumulaba como Defensor del Pueblo Andaluz, le sugerí que sería interesante realizar un informe en el que interviniésemos todas las Autonomías y que fuera coordinado por ella, como Defensora. De nuevo, Soledad Becerril supo oír y la idea le pareció adecuada. Ante un modelo de Estado, como el autonómico, que a menudo se fracciona de forma absurda, al final todos hicimos propuestas y decidimos entre todos estudiar los servicios de Urgencias hospitalarias a nivel nacional para dar respuesta a las muchas críticas ciudadanas por su funcionamiento. En Andalucía, por cierto, la coordinación fue realizada por el adjunto del Defensor del Pueblo, Luis Pizarro, otro buen amigo de Soledad Becerril con el que ha compartido y colaborado en responsabilidades públicas sin que jamás los separasen las diferencias ideológicas. A partir de aquel informe, que fue el primero, ya se estableció un modelo de coordinación entre los defensores que debería perpetuarse. Porque la receptividad que demostró Soledad Becerril entonces es un legado político muy valioso para una institución como ésta.

Soledad Becerril ha sido la primera mujer que se sentó en un Consejo de Ministros en la democracia. La única mujer que ha sido alcaldesa de Sevilla y, también, la primera mujer que ha sido nombrada Defensora del Pueblo de España. Por eso decía antes que, en una trayectoria política tan abundante, tan rica y variada, siempre es conveniente mirar a la persona. Con tres sencillos ejemplos de mi relación con ella sólo pretendo volver la mirada a las tres cualidades que destaco de Soledad Becerril. La primera es su capacidad para el diálogo y el consenso, tan necesarios en nuestra democracia. En segundo lugar, su sensibilidad, si bien muchas veces contenida, ante el sufrimiento humano. Y en tercer y último lugar, su apertura a sugerencias llegadas desde otras personas que ella entiende como positivas para la comunidad.

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