Ante su documental en Netflix

Recuerdos de un niño que odiaba el grupo Parchís

  • La cuadrilla barcelonesa de Tino, Gemma o Yolanda era una imposición en los programas musicales e infantiles de hace 40 años. Netflix estrena su documental este miércoles

El grupo Parchís en plena actuación El grupo Parchís en plena actuación

El grupo Parchís en plena actuación / Netflix

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Eran unos "creíos". Unos "sobraos". Unos repipis, hay que decirlo. Para la inmensa mayoría de los niños de barriada resabiados los de Parchís eran unos cantantes de porexpán, la versión mocosa de los Pecos, los nietos que hacían carantoñas a las visitas de las abuelas remilgadas de té con pastitas.

Bailaban el twist como unos viejunos disfrazados, porque eran como esos primos de ciudad que sacaban buenas notas e iban de superenrollados. Pero eran sólo unos cansinos de tomo y lomo.

Parchís siempre nos sonó prefabricado y sus componentes son maniquíes de otra época, herederos de La Pandilla y esos coros de niños cantarines y dicharacheros de Sonrisas y lágrimas pasados por la discoteca enmoquetada de Fradejas. Eran alumnos aventajados de La juventud baila, aunque parecen salidos de un hogar del pensionista marchoso. 

El grupo de niños barceloneses, cuando en Cataluña las bolsas sonaban sin carices independentistas, era presencia obligada en Aplauso y de todos los espacios infantiles y musicales en los que pudieran hallar hueco en aquella TVE de apenas una cadena y muy pocas horas. Sólo con un par de actuaciones Parchís caía en gracia aunque fuera una panda gazmoña que cantaba cuplés de los años 20 "si vas a París papá, cuidado con los apaches...". Todo eso mientras en el sótano del bar se gestaban los sonidos de la Movida. Parchís era antiguo desde el primer día.

¿A quién le gustaba (de verdad) Parchís? Para ser el fenómeno internacional que se trae de la oreja el documental de Netflix había mucho de marketing forzoso, de sobreexposición, como sucedía con sus grandes rivales, Enrique y Ana, que parecían destinados a los hermanos pequeños.

Yo tenía 11 años cuando Parchís sonaba en los 40 Principales y aparecían en la banda sonora de La batalla de los planetas ("comando geeé, comando geeeé"). A mí y a toda mi clase de EGB de barrio nos parecían una banda de pipiolos troquelados, con ese flequillo de Tino intentándonos quitar las novias de nuestra imaginación. Crecieron más deprisa que nosotros  y les montaban películas como churros, en España y en Argentina

Tal vez el éxito de Parchís sobrevino porque todo el mundo estaba en pañales y con un disco bien trillado y promocionado triunfaba cualquiera. Incluso estos sobrinos cursis de personajes de tebeo.

Lo que habrá que calibrar 40 años después es quién se maquinaba las cuentas, quiénes se repartían la pasta de esas gloriosas y reincidentes apariciones en el Aplauso de José Luis Uribarri y en cualquier programa donde aceptaban un play back. Aquí y allá, por toda esa América entregada al fenómeno fan de cualquier voz surgida de España.

Parchis no era para tanto. De haber sido algo había ido más allá de 1985, pero ni siquiera sus secuelas adolescentes de finales de los 80 tuvieron repercusión. Tino se perdió en cuanto empezó a cantar en solitario a sus fans, como estela de Miguel Bosé. El chico de rojo sufrió un accidente de tráfico que le dejó una grave secuela, el pobre.

(En el vídeo de abajo, en el programa de las tardes de 1984 El kiosko aparece la sustitución de Chus por Tino. Era el principio del fin de todos)

Cuarenta años después Parchís es un recuerdo que sufre como tantos niños prodigio de sospechas de explotación, de historias tristes, convivencias con adultos que no tenían que conocer y de haber recibido muchísimo menos de lo que les correspondía.

Podrían haber representado a España en Eurovisión en 1980 (tras lo de Betty Missiego) y nos dejan una versión de Cumpleaños feliz que competía ante las tartas con un Feliz en tu día de Miliki que ha dejado de oírse.  

Tal vez no nos gustaba Parchís de pura envidia que les teníamos, con lo bien que lo debían pasar en los viajes, en los programas de tele y con esos gritos cándidos de las admiradoras menudas.

La envidia se trocó en compasión.

Y ahora el nombre de Parchís nos despierta más lástima que nostalgia.

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