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Historia de los baños en el río (II)

  • PRÓXIMA ENTREGA 3, 10, 17, 24 y 31 de octubre; 7, 14, 21 y 28 de noviembre; 5, 12,19 y 26 de diciembre de 2010; 2, 9, 16 y 30 de enero de 2011; 6, 13, 20 y 27 de febrero; 6, 13, 20 y 27 de marzo; 3, 10, 17 y 24 de abril; 1 y 8 de mayo.

LA playa de María Trifulca era un nombre polémico por doble motivo. Por los numerosos chiquillos y jóvenes que se ahogaban casi todos los domingo de verano, como un sacrificio humano estéril e inevitable ante el dios Guadalquivir, y por los escándalos morales que protagonizaban homosexuales y prostitutas en los ventorrillos de la zona.

Toda referencia a la playa estaba prohibida en el seno familiar. María Trifulca era el infierno de Sevilla, donde ningún joven decente podría poner los pies sin pecar gravemente, además de arriesgar su vida en las peligrosas aguas del río. De manera que los muchachos pertenecientes a las clases media y obrera se cuidaban mucho de hablar de la playa de María Trifulca en sus hogares, pero sí lo hacían entre ellos en las plazuelas de los barrios, durante las noches veraniegas. Era entonces el tiempo de las confidencias, de presumir de valientes; de rascarse con la uña del dedo gordo en el antebrazo, para demostrar que había salitre, que era verdad que se habían bañado en el río...

El origen del nombre de la playa se pierde en la noche de los tiempos. La versión más extendida entre los colonos y venteros de ambas orillas es que en los años 20 vivió en las tierras del cortijo del Batán, en una de las zonas parceladas para huertas, vaquerías y pequeñas granjas, una mujer anciana con pasado desconocido. Algunos la identificaban con una antigua dueña de casa de citas en la calle Montalbán. La vieja se llamaba María, pero nadie conocía sus apellidos, y pronto se ganó el apodo de la Trifulca, por su carácter agrio, conflictivo y poco dado a la convivencia con los colonos y venteros del entorno. Durante los años treinta, en plena República, la tal María la Trifulca convirtió su chozo de hortelana en ventorrillo, rodeado por una pequeña huerta, donde criaba gallinas y conejos. Pronto se hizo popular entre los pescadores y cazadores de patos que iban los domingos y días festivos por la zona, bien en barcas o en bicicletas por un largo camino que se iniciaba en el muelle de la Paja, junto al puente de hierro, y transcurría cercano a la orilla derecha, entre eucaliptos. También acababan al amanecer en el ventorrillo de María la Trifulca y bañándose en el río algunos clientes noctámbulos de las ventas de Abao, de Rayo y de Pilín.

Así como Chapina, Los Humeros y La Barqueta fueron el primer paso para los chiquillos que iban al río a bañarse, desde Triana y los barrios de la Macarena, San Vicente y otros, los muchachos de Heliópolis, el Porvenir y la amplia zona del Tiro de Línea, Cerro del Águila y Nervión, tuvieron como primera experiencia un sector del cercano río Guadaíra conocido por la zúa, que era una pequeña presa que servía para tomar agua para el regadío de las huertas y cortijos cercanos. La zúa estaba más arriba del puente de la carretera de Cádiz, cercano a la barriada de Elcano, y próxima al siguiente puente, que era para el ferrocarril. Hasta la zúa llegaban, además de los pescadores, los areneros en pateras de poco calado.

Las aguas, generalmente poco profundas, estaban muy limpias, cristalinas y más calientes que las del Guadalquivir cercano, donde desembocaban al final de la Punta del Verde. En la zúa también se ahogaban con cierta frecuencia chiquillos inexpertos o sufrían accidentes que requerían su traslado a la casa de socorro del Prado de San Sebastián.

Otro posible origen del nombre de María Trifulca, surgido entre personas que desconocían el pasado de la zona, apunta a los frecuentes escándalos que se organizaban en los ventorrillos de ambas orillas, entre prostitutas, homosexuales y clientes.

El chozo-ventorrillo de María la Trifulca, además de la clientela dominical de pescadores y cazadores, fue muy frecuentado entresemana por prostitutas y homosexuales, que ejercían su oficio en el citado muelle de la Paja, donde las mujeres esperaban a los marineros que tenían sus barcos atracados en la corta de Tablada y el muelle de las Delicias. Estas mujeres, además de ofrecer sus servicios sexuales, solían encargarse del lavado de las ropas de los embarcados. Había varias prostitutas habituales, conocidas por la Rebeca, madre de un homosexual; la Flore, la Inés, la Gloria, la Andaluza y la Marinera, muy popular porque siempre tenía clientes marineros en turno de espera... Estas mujeres vivían en el mismo muelle de la Paja, bien en chozos míseros o en huecos hechos en los bloques de paja, donde se acostaban con los hombres. La zona estaba rodeada de grandes eucaliptos.

Las prostitutas del muelle de la Paja se buscaban la vida de varias maneras, bien esperando la clientela durante la noche o yendo a buscarla hasta el tinglado portuario número diez, que era el último de la corta de Tablada. En este caso iban andando por la orilla y atravesaban el puente de Alfonso XIII, para llegar al muelle y establecer contacto con los marineros. Generalmente, las que iban hasta el tinglado diez también se encargaban de lavar las ropas de los embarcados, y en estos casos regresaban al muelle de la Paja, junto con sus clientes, y ambos con grandes sacos llenos de ropas sobre las espaldas. Las más jóvenes se iban andando hasta la esclusa y se subían en los muros cercanos al dique. Desde allí saltaban a los barcos y se reunían con los marineros amigos. Estas muchachas elegían preferentemente para saltar los barcos norteamericanos, donde siempre había abundante comida...

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