La efervescencia de un amor de verano
Esta estación propicia que ligar esté a la orden del día, pero si no se siguen las pautas adecuadas se puede caer en el error
Corrían los años 70 y un joven Palito Ortega andaba advirtiendo a una zagala que "ese verano se iba a enamorar". Nadie supo si aquella muchacha sucumbió a sus encantos o salió corriendo al ver su peinado, pero lo que es seguro es que el amor y el verano han ido de la mano desde que el hombre pintaba bisontes en las cuevas. Si al principio de los tiempos la manera de seducir al otro era bastante rudimentaria -se solía rondar la ventana de la enamorada hasta que a ésta su padre le dejaba asomar la cabecita- la modernidad ha traído consigo nuevos métodos que hacen del ligar todo un arte. Como es lógico, esta práctica se desata en verano. La escasez de ropa, tener demasiado tiempo libre y frecuentar muchos lugares en el que confluyen chicos y chicas de todas las raleas hace posible que ligar esté a la orden del día. Para convertirse en un experto sólo hay que saber cuál es la metodología a seguir y dónde acudir para propiciar esos encuentros casuales de los que nacen esos amores de verano que terminan por convertirse en el tema de una canción.
Aunque el físico es primordial a la hora de entrarle por los ojos a otra persona -si no no tendría sentido esta proliferación de musculitos y recauchutadas-, donde se ponga una buena conversación, que se quite todo lo demás. Aunque un bar de copas no es un lugar en el que uno busque hablar de Kant o de la partícula subatómica, a nadie se le escapa que dedicarte a alabarte frente al otro aburre hasta al propio Narciso. Hay que intentar resultar simpático porque, ya se sabe, más vale caer en gracia que ser gracioso. Sin duda, convertirse en un Chiquito de la Calzada en potencia no es una buena idea. Inmersos en la era de la globalización y con las redes sociales en pleno apogeo, no es casualidad que a todo ser humano le gusten los mismos artistas, hayan visto las mismas series o usen el mismo tipo de calzado. Por eso, dar con un punto en el que confluir y gracias al que romper el hielo es clave si se quiere tener una conversación fluida. Como ponerse nervioso es prácticamente imposible, se recomienda no pensar mucho en ello para no meter la pata más de la cuenta. Pero si uno pega un traspiés no pasa absolutamente nada. He ahí la anécdota que los nietos escucharán todas las Nochebuenas.
Controlado el tema de la conversación, el siguiente paso es la toma de contacto física. Primera regla: no tocar. Resulta incómodo que un desconocido deposite sus manos en el propio cuerpo porque la invasión del espacio vital es algo reservado para unos pocos privilegiados. Para tocar hay que ganárselo y que mejor manera que jugando con la mirada. Si la cara es el espejo del alma, los ojos son el reflejo de las intenciones. Aunque resulte arcaico, una caída de párpados hecha con garbo y tronío es capaz de desencadenar todo tipo de sensaciones. Por eso es imprescindible hablar con el otro sin perder el contacto visual y comunicarse con una parte del cuerpo que sin palabras dice más que el mejor elaborado de los discursos. Si esta prueba se supera y el otro comienza a seguir nuestra insinuación visual es probable que ya tengamos licencia para tocar. Pero siempre sin incomodar. Se puede provocar un escalofrío con sólo rozar tímidamente el antebrazo del otro.
Si ya se ha hablado, mirado y tocado, todo apunta a que el arte del ligoteo se ha ejecutado de forma inmaculada. Pero hay otros detalles que también pueden propiciar conectar con otra persona. Aunque existe la creencia universal de que invitar a copas es la clave para que el otro caiga en el bote, es un absoluto error pensarlo. El momento en el que en la barra alguien saca la billetera y dice seguro de sí mismo "tú gin-tonic corre de mi cuenta" está dejando claras cuáles son sus intenciones. Eso hará que el susodicho acepte la copa -la vida le ha enseñado que lo gratuidad es maravillosa- pero que salga corriendo sin darle siquiera una oportunidad. Por eso, un buen truco es, aunque no sea políticamente correcto, llevar siempre encima un encendedor. Porque, por mucho que las autoridades sanitarias adviertan por activa y por pasiva que el tabaco es malo para la salud, la juventud no ha terminado de comprenderlo. Ya se sabe, en una gran concentración es probable que alguno que otro fume y más que probable aún es que ese uno lleve diez paquetes de tabaco y ni un solo mechero. Ser el que dé fuego a esa pobre alma cándida que se está planteando rozar dos piedras para encenderse un pitillo es casi un seguro de vida a la hora de ligar. Donde uno pide fuego, el otro dice su nombre, donde uno da una calada, el otro le habla de lo bonita que está la luna y así es casi imposible que surja una bonita historia de amor a lo Olivia Newton John y John Travolta en Grease.
Si nada de esto surte efecto, no queda más remedio que tirar de redes sociales y aplicaciones donde las barreras son tantas que meter la pata con el otro es tener muy mala suerte.
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