Go Fast: conexión en Marsella

  • Mafias francesas cogen el hachís de Andalucía y lo trasladan a otros países europeos en caravanas de coches de lujo.

Un aparente conductor suicida al mando de un vehículo de 580 caballos y circulando a 213 kilómetros por hora; un helicóptero intervenido en una nave agrícola de Alcalá de los Gazules (Cádiz); una persecución por varias provincias andaluzas de avionetas cargadas con 700 kilos de hachís; 14 detenidos en Málaga, Campo de Gibraltar, Almería y Murcia con el dinero lavado en propiedades; Anselmo Sevillano, con el título de mayor traficante de hachís europeo (quizá exageran) localizado en Estepona y encarcelado en Huelva... donde ha sido destituido el director de la prisión. Son hechos de los últimos meses contados de manera dispersa por la prensa, pero con un hilo conductor: Marsella. Hachís.

El año que acaba ha roto récords de aprehensiones de hachís. Sólo en el primer semestre del año los alijos se habían incrementado un 35% y se habían interceptado 85.000 kilos, casi la mitad de ellos en la provincia de Cádiz. Eso da un ejemplo del volumen de negocio de este año porque las fuerzas de seguridad reconocen que lo que aprehenden es posible que no supere el 10% de lo que circula. La memoria de la Fiscalía perteneciente a este año reconoce que "el nivel de efectos que son finalmente intervenidos no se corresponde con la extensión y profundidad de la actividad delictiva realizada".

Se mezclan dos factores en este éxito empresarial: una magnífica cosecha en las aproximadamente 120.000 hectáreas del Rif donde se cultiva el cannabis y una situación de crisis creciente en España que permite contar con más mano de obra. Todo lo necesario para que el negocio florezca para los distribuidores mayoristas de este mercado, los marselleses.

El negocio del hachís es sencillo de comprender porque no se diferencia de otros cultivos. El productor es el que menos se lleva. La clave se encuentra en el paso, donde el precio de la mercancía se multiplica por 50. Ahí está el origen de la fortuna del Anselmo Sevillano, de sólo 33 años, o de Iván Odero, el rey de las planeadoras, detenido la pasada semana en Sanlúcar, donde cada año conseguía meter a través del Guadalquivir, según las estimaciones de la Guardia Civil, 25.000 kilos. A partir de ahí, el trabajo del narco local, caso de Sevillano, Odero o centenares de ellos más que se mueven por todo el litoral andaluz, es tener una caleta o guardería donde esconder el material hasta que el mayorista envíe a sus transportistas.

En 2003 el diario Le Figaro utilizaba por primera vez el término go fast para explicar el modus operandi de las mafias marsellesas para cruzar la península con droga. En aquel reportaje, el diario parisino se hacía eco de la preocupación el entonces ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, por la permeabilidad de la frontera. Y lo cierto es que los narcos actúan con innecesaria imprudencia. Ocho años después de aquella denuncia, el pasado verano, la guardia civil de Hinojos (Huelva) detenía un coche que fue perseguido durante 35 kilómetros, tras habérsele dado el alto cuando circulaba a más de 200 por hora en la A-49 en dirección a Sevilla y que atesoraba 870 kilos de hachís. Un caso de go fast chapuza.

No lo eran tanto los transportistas de la operación Racimo, claro ejemplo de cómo funcionan mafias más expertas. El go fast routier es un tipo al que le han entregado un coche de alta gama y gran potencia, con el motor trucado y dotado de dobles fondos, que trabaja con otros dos conductores. Los que van delante indican si el camino está franco. Detrás, el routier circula a una velocidad desaforada por autovías o carreteras secundarias, según le vayan indicando, con el objetivo de cruzar la península en el menor tiempo posible.

La operación Racimo puso de manifiesto cómo el método sigue funcionando. La organización tenía estructura de trust, en el sentido en que controla todos los pasos del negocio: compra directamente en Marruecos a sus productores, tiene una red para cruzar la droga en barcos de recreo, a sus propios almacenistas, que envasan el hachís al vacío en tetra briks para que los perros de la policía no detecten nada, y a sus propios routiers, que llevan la droga hasta Lyon, que es donde está el centro de distribución a Europa. Un chivatazo sirvió para tenderles una emboscada en el paso más delicado, el del traslado de la droga a Francia. En el transcurso de la operación hasta en dos ocasiones embistieron a los agentes contra el Crimen Organizado que trataron de interceptarlos en la provincia de Málaga. Cayeron siete narcos, de nacionalidad francesa, italiana y argelina. No eran cabecillas, pero la red se había roto.

Esta operación se producía sólo unos meses después de la operación Niebla, donde la colaboración con la policía francesa permitió tirar de un ovillo cuyo final era la ciudad de Toulon y, de ahí hacia atrás, llegar hasta Almería y Fuengirola, de donde partía la droga, cruzando más de mil kilómetros, en cada porte, en poco más de una noche. Los routiers detenidos, una mujer suiza y un magrebí, desbarataron la red, controlada por tres franceses, los hermanos Tourquia, y que contaban con el apoyo logístico de españoles para la infraestructura en la península.

Los ejemplos de organizaciones que pretenden acabar con los intermediarios, con los capos locales andaluces, estableciendo su propia red de compra en origen, se han visto con el desmantelamiento del transporte aéreo de dos redes francesas. El hallazgo casi casual de un helicóptero oculto en una nave agrícola de Alcalá de los Gazules supuso el fin del boyante negocio de seis franceses que contaban con toda una flota que hacia hasta dos viajes nocturnos cada día a Marruecos para traer hachís.

No mucho tiempo después, la Guardia Civil detectó vuelos que salían sin luces de un campo de Medina Sidonia. Su destino era Marruecos y el regreso, el aterrizaje, ya con el material fresco, era en el desierto de Tabernas, en Almería. Una vez más, la droga debía llegar a Francia. Marsella, el mayorista.

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