Vértigo de las posibilidades

  • Alberto Ruiz de Samaniego regresa al universo ético y político de sus 'sospechosos habituales': Nietzsche, Cézanne, Wittgenstein, Tarkovski...

Los trazos con los que Ruiz de Samaniego dibuja esta nueva constelación de ideas vuelven a resultar poderosos, sobre todo porque de lo que aquí se habla -en definitiva, de lo que un cuerpo puede- invita a contemplar a sus sospechosos habituales (Nietzsche, Walser, Cézanne, Benjamin, Wittgenstein, Michaux, Roussel, Tarkovski...) como nuestros rabiosos contemporáneos. Así el pensador, de la mano de otra afinidad electiva, la de Deleuze, no hace sino abrirnos a la posibilidad; considerarnos, como individuos y sociedad, aún objetivos de metamorfosis. Es decir, no sólo yace en esta urdimbre de ensayos la erudición y la buena pluma, también brilla algo más importante, una pedagogía -que anuda estética y política- que hace recuento de voces, pensamientos y biografías que vivieron (y produjeron) lo real de otro modo: se trata aquí de decidirse por la dirección opuesta, cambiando el centro de la ciudad por la periferia.

Cuerpo, arte y formas de vida son los tres ejes inextricables que inauguran en esta obra un flexible y fértil entrecruzamiento a partir de la semántica del paseo, la deriva, la fuga; por un lado deseo de afuera, de exterioridad, que atesora una intensificación de la experiencia de vida; por otro metáfora de la experiencia estética, que, como los beneficiosos efectos del nomadismo, nos saca del camino trillado, del falso movimiento, para devolvernos a la infancia de las primeras veces, sin la mediación de la costumbre y el tópico. Estas bellas páginas alrededor de esa libido que ya no emana del interior del cuerpo sino que restalla desde el fondo del horizonte, como sed de infinito, delinean esa no-comunidad liminar de los Hölderlin, Kleist, Nietzsche, Baudelaire, Kafka, Lawrence y compañía, paseantes sin descendencia donde el grito dionisiaco se baraja junto con la fragilidad empecinada de Robert Walser.

Junto a la errancia y sus vértigos disolutivos, Ruiz de Samaniego establece otros "viajes de intensidad" igualmente vinculados a una pulsión de apartamiento y al establecimiento de un nuevo punto de vista sobre el mundo que suele depender de un acto de reconcentramiento ético. Uno de ellos -al lado del cronotopo del soldado en el búnker o del explorador en el desamparo suicida-, y una de las más preciosas aportaciones de Cuerpos a la deriva, resulta el deletreo minucioso de la fenomenología afectiva del "hombre en la cabaña", espacio-tiempo de la soledad centrada, de la que hablara Bachelard; luego soledad acogedora, según Cacciari, quien en su día viera en ella, llegando de Leopardi a Beckett, el lugar de la excitación de la memoria y de un lenguaje superviviente que recomienza de nuevo. Hablamos de la cabaña de Thoreau y de Hamsun, pero especialmente de la de Wittgenstein, quien en Skjolden, pequeña localidad noruega, encontrara el recogimiento necesario para discutir con Dios y abismarse en ese particular ejercicio de masoquismo autoinfligido del que extraerá consecuencias lógicas y éticas para completar sus obras.

Todo este cúmulo de reflexiones compone aproximadamente un tercio de un libro exuberante al que desgraciadamente esta reseña no puede hacer justicia. Resumamos al menos algo del resto, apuntando que buena parte viene inspirado por otro de los grandes pensadores a los que Ruiz de Samaniego ha dedicado su tiempo, Maurice Blanchot. Él lo sobrevuela, en tanto mirada desde el límite, desde el margen; él, como consciencia de la doble muerte que encarna todo verdadero escritor y artista (no ser un animal y tampoco un hombre corriente), resuena en el repaso a los discursos, imágenes y vidas que el autor aquí espiga. Sea en la pintura "tanatográfica" de Bacon, en el cuerpo expuesto a la intensidad de un destino; en la agudización retórica de un Topor, donde torsiones lingüísticas y alegóricas alumbran la posibilidad de una nueva historia; o en el hermetismo de Kantor, cuyos happenings rehabilitan desechos con los que alumbrar un estado de inocencia después de la catástrofe.

En estos destinos fugitivos y fulgurantes, pseudoclandestinos en algunos casos, como los de Michaux o Roussel, a los que se dedican dos extraordinarios capítulos en forma de sutiles biografías intelectuales, Ruiz de Samaniego tantea modelos desde donde apreciar la pura potencialidad que atraviesa al ser humano, haciendo acopio de otras realidades, otros movimientos y otros cuerpos que susurran la promesa de una inagotable virtualidad. E incluso, como en el caso de Walter Benjamin en Portbou aquí también tratado, cuando el cuerpo ya no puede más, cuando el agotamiento cercena cualquier posibilidad de cambio, queda el gesto definitivo, el sacrificio que permite a otros continuar; la manera última, aun raquítica, de decir sí a la vida.

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