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Bajo el signo de Saturno

  • El musicólogo italiano residente en Madrid Stefano Russomano publica una colección de ensayos en Fórcola tramados en torno al concepto pitagórico de la armonía de las esferas

Venus, como una mota de polvo, visto a través de los anillos de Saturno en foto del telescopio espacial Cassini. Venus, como una mota de  polvo, visto a través de  los  anillos de  Saturno  en foto del telescopio espacial Cassini.

Venus, como una mota de polvo, visto a través de los anillos de Saturno en foto del telescopio espacial Cassini. / NASA

Para los pitagóricos, el número era sustancia de todo lo existente, y la música, la forma en que se revelaba la armonía matemática (es decir, fundamentada en el número) que regía el universo. Esa armonía de las esferas (lo que en la Edad Media Boecio llamaría música mundana) era un concepto abstracto, ya que como sonido resultaba inaudible para los hombres (salvo, como pretendían algunos seguidores, para el propio Pitágoras, lo que provocaba la risa de Aristóteles). Stefano Russomano, musicólogo italiano residente en Madrid desde hace 20 años, uno de los más activos divulgadores musicales de la prensa española, también piensa que existe "una música invisible [que] se mueve a nuestro alrededor y nos envuelve", una idea que, como la armonía de las esferas con respecto al universo, le sirve de argamasa para tramar esta colección de ensayos que publica Fórcola.

Esta música invisible no tiene nada que ver con la idea de John Cage sobre la inexistencia del silencio. No es que estemos expuestos al sonido aun en la cámara más insonorizada que podamos crear, no es que los residuos sonoros nos envuelvan, es que Russomano ve "en la sincronía misteriosa e inexplicable que se produce entre cosas, personas o eventos, los signos de una música invisible que acompaña y sostiene la existencia, una trama oculta que lo une todo, donde se tejen correspondencias, simetrías, diseños, superposiciones, repeticiones y encuentros". Es decir, esa música está ahí, sosteniéndolo todo, como la armonía pitagórica, aunque no la oigamos.

Russomano asume que las coincidencias que han puesto en su camino de forma recurrente a Saturno (como entidad física y como símbolo) no son tales, sino que esa figura ejerce de algún modo como guía, como una especie de hilo conductor en su vida, algo para lo que confiesa no haber encontrado explicación. Esta visión metafísica de la realidad, que tradicionalmente ha tenido un peso importante en el discurso sobre la música, roza e incluso penetra en estos ensayos en el mundo de lo esotérico, y por eso Russomano nos pone en el camino de las antiguas fantasías de Marius Schneider sobre el monasterio de Ripoll o da crédito a las erráticas teorías de David Rothenberg y Alexander Skutch sobre el canto de las pájaros, que otorgan un fin teleológico a la evolución biológica, que al parecer de Skutch no sería otra cosa que "una marcha hacia la armonía, donde todo está conectado".

Bajo esta capa de metafísica, emerge a lo largo de toda la obra el analista lúcido y el oyente extraordinario. El libro lo componen veintiún ensayos breves (además de preludio y postludio), escritos casi en formato de artículo periodístico, y en ellos Russomano va dejando con maestría y aparente sencillez apuntes de obras y compositores, trazando líneas de conexión entre músicos, estilos y épocas que a veces parecen obvias (como entre los cánones infinitos de la Ofrenda musical y Vexations de Satie), pero otras, resultan ingeniosas y sutiles, como entre Froberger y la de Mahler o entre la música de la India y las interpretaciones beethovenianas de Sviatoslav Richter.

Por voluntad consciente que el autor explicita en sus agradecimientos, el ensayo musical se mezcla con la experiencia personal, lo que en esa búsqueda pitagórica del sentido del mundo y de la música supone el acercamiento a un tipo de creación muy concreto, de la Ofrenda musical de Bach y sus múltiples posibilidades interpretativas, que funciona como germen de toda la obra, a las múltiples piezas inacabadas de Schubert, del uso del silencio en Webern, pero también en Sibelius, Mahler o Beethoven, a las disonancias de una pavana de Louis Couperin, las torturadas armonías de Froberger o la música secreta vinculada a la corte renacentista de Ferrara, de la voz interior en algunas obras schumannianas a la combinatoria y los fractales del linarense Francisco Guerrero, de la micropolifonía de Ligeti a la Suite lírica de Alban Berg y su obsesión por el número 23, de las ninfas de Monteverdi a las de Debussy…

El recorrido estaría en cualquier caso incompleto si Russomano no hubiera aportado su pasión por la música de la naturaleza, que resulta especialmente esclarecedora en el interés hacia los paisajes sonoros grabados por Poul Rasal Skovgaard en Escandinavia o hacia el fascinante universo de las ranas. Pero, por supuesto, es la vinculación entre las resonancias orbitales de los cuerpos celestes y los intervalos musicales, la que funciona un poco a la manera de mito que alberga en su seno el contenido completo de estos ensayos, pues aparece al principio y al final del libro, impregnándolo todo de una inefable aura misteriosa.

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