La última frontera de la aurora

  • Galaxia Gutenberg inicia la publicación de las 'Obras completas' de María Zambrano con un volumen esencial.

Con bastantes más dificultades de las esperadas y después de más retrasos de los deseables, Galaxia Gutenberg acaba de lanzar el primer volumen de las Obras completas de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 - Madrid, 1991), un proyecto tan titánico como necesario impulsado por la fundación consagrada a la pensadora con la colaboración del Centro Andaluz de las Letras y con la edición a cargo de Jesús Moreno Sanz, una de las primeras autoridades en el conocimiento y la divulgación de la obra de la autora, cuya tarea se ha desarrollado en las dos orillas del Atlántico con igual fecundidad. La iniciativa alumbrada por la Fundación María Zambrano tiene prevista la publicación de cinco volúmenes, y el que acaba de llegar a las librerías, a pesar de ser el primero en hacerlo, es en realidad el tercero de la serie, y contiene los siguientes títulos: El hombre y lo divino (1955), Los sueños y el tiempo (1957) Persona y democracia (1959), La España de Galdós (1960), España, sueño y verdad (1965), El sueño creador (1965) y La tumba de Antígona (1967). Un verdadero tesoro que tuvo su prólogo en la antología (verdaderamente recomendable) de textos zambranianos que publicó José-Miguel Ullán también en Galaxia Gutenberg hace algunos años, poco antes de su muerte, y que contiene algunos de los textos fundamentales de la veleña.

La labor editorial desarrollada para este primer / tercer volumen de las Obras completas ha sido de altos vuelos. Su compilación ha exigido rastreos en no pocas universidades españolas, europeas y latinoamericanas para mejorar y completar las ediciones que hasta el momento presentaban los títulos citados. Las dificultades, en este sentido, se han articulado en dos frentes: la dispersión de los manuscritos de Zambrano, que fueron gestando sus libros a modo de depósitos nunca cerrados que, al contrario, fueron evolucionando durante décadas, hasta el punto de que a veces coexistieran ediciones bien distintas de los mismos títulos; y el propio exilio de la autora de Claros del bosque, una connotación que se traduce inevitablemente en distancia y correspondencia. María Zambrano escribió y conformó estas obras en una década crucial, la que transcurre entre 1955 (año de la muerte de su mentor, José Ortega y Gasset) y 1965. La pensadora vivió la mayor parte de este periodo en Roma, pero continuó publicando principalmente en Latinoamérica, donde su huella ya era imborrable (la Universidad de San José de Puerto Rico se hizo cargo de Persona y democracia, mientras que en México aparecieron El hombre y lo divino, El sueño creador y La tumba de Antígona; España, sueño y verdad y La España de Galdós sí tuvieron su primera aparición en España). En estos años, con el regreso a una Europa de cuyos peores hitos había sido testigo, su exilio se vio singularmente reforzado como motor de pensamiento, a la manera de un activismo tan doloroso como fértil. Este ímpetu se tradujo en una actitud filosófica que terminó de desmantelar la pretendida hegemonía de las interpretaciones racionalistas de la Historia y del arte y que llevó a cotas sublimes lo que la propia María Zambrano ya había abordado en Filosofía y poesía (1939): la definición de la razón poética como instrumento idóneo para el estudio de su siglo.

Al mismo tiempo, no obstante, ésta fue una década de profundas dificultades. A pesar de que en Roma Zambrano encontró la complicidad y el afecto de otros españoles exiliados como Rafael Alberti, la situación política no era la esperada y el fascismo pervivía aún con un poderío que defraudó hondamente a la escritora. Desde su llegada a la capital italiana se convirtió en objeto de una persecución política implacable que culminó en 1964, cuando Zambrano terminó huyendo de Roma y buscando refugio en La Pièce, una pequeña población francesa en la frontera con Suiza. Araceli, su hermana, que la acompañaba en todo momento y que había sido víctima directa de los nazis durante la ocupación de París (su marido murió asesinado por los soldados alemanes), arrastraba una tromboflebitis que le producía cada vez más dolor. La situación económica era insostenible y las hermanas convivían en condiciones propias de la miseria. Sin embargo, en esta absoluta indefensión, remató María Zambrano uno de los testimonios filosóficos y literarios más abrumadores de su tiempo. Un caudal que aún aguarda su interpretación definitiva.

La veleña encabezó su monumental El hombre y lo divino con las palabras que, según Porfirio, pronunció Plotino justo antes de morir: "Estoy tratando de conducir lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el Universo". En 1955, con el mundo temblando aún a cuenta de la última guerra, semejante apuesta sólo podía entenderse como una declaración de intenciones. Frente al racionalismo que en su grado extremo había propiciado la aparición de los totalitarismos (un presupuesto del que también había partido Hannah Arendt), Zambrano desempolva el pensamiento platónico para ofrecer una interpretación nueva del hombre (acaso, tan antigua como el mismo hombre), en la que lo oculto, lo indescifrable, la espesura del bosque tiene tanto que decir como lo sensiblemente verificable. La pensadora escribe sobre el amor y la piedad con una inédita intención filosófica hasta acuñar la metáfora del corazón, el otro mecanismo de conocimiento. Frente a la visión reduccionista del psicoanálisis, Los sueños y el tiempo propone otra interpretación de los sueños, como promesa de una eternidad que habrá de acontecer tras la noche oscura. España, sueño y verdad recorre el país dejado atrás en sus mitos. Y en Persona y democracia sirve en bandeja otro posible estudio de la Historia. Porque todo está por hacer.

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