Juan Echanove. Actor y director.

"Abundan los fabricantes de papel de fumar en este país"

"Abundan los fabricantes de papel de fumar en este país" "Abundan los fabricantes de papel de fumar en este país"

"Abundan los fabricantes de papel de fumar en este país" / marilú báez

-Su obra Sueños se estrenó en abril de 2017. ¿Se sigue llevando bien con Quevedo, que tan puñetero era, a estas alturas?

-Cada vez mejor. Todas las obras que interpreto me aportan momentos de placer, pero poder hacer Sueños es un privilegio. La posibilidad de acompañar a Quevedo en sus últimos días, cuando reflexiona sobre todo lo vivido, me permite reflexionar también a mí sobre muchas cosas.

-¿Ha cambiado su impresión de Quevedo como lector después de haberse metido en su piel?

-No, para mí sigue siendo el mismo. Fíjate, Quevedo es, junto a Lorca, mi autor de cabecera. Pero no tenía muchas esperanzas de hacer algo en escena que tuviese relación con él, dado que no era dramaturgo. Ahora, el reto que supone encarnarlo me ha abierto las puertas de un universo emocional enorme. Quevedo era una fuerza crítica y social enorme, pero también poética. No hay poesía amorosa más elevada que la suya.

Soy partidario de reformar la casa, pero si no vivo solo tengo que contar con todos los demás"

-Quevedo decía aquello de que todos los que parecen idiotas lo son, y la mitad de los que no lo parecen también. ¿Faltan en la España contemporánea intelectuales con ganas de tocar las narices?

-Quevedo era uno de esos autores que inspiraba risas a la gente y que, al mismo tiempo, era considerado un peligro. Por eso acabó en la cárcel. Hoy representa un modelo arriesgado, el del periodista que hace uso de su arma literaria y al que nadie quiere tener cerca, pero convendría asumirlo. Abundan los fabricantes de papel de fumar en este país.

-Los últimos barómetros indican que el 40% de los españoles no leen nunca. ¿Se siente útil haciendo de Quevedo?

-Bueno, te diría que si logro inspirar alguna emoción en quien se toma la molestia de comprar una entrada e ir al teatro, aunque sea un solo espectador, ya me considero pagado. Por lo demás, ¿quién soy yo para pedir a la gente que lea? Lo único que puedo decir es que la cultura nos permite optar y decidir ante todo lo que nos ocurre. Sin cultura, nuestra posibilidad de decisión se reduce. Por eso hay que leer.

-De acuerdo, pero ¿no falta una reivindicación hedonista de la lectura? ¿Que alguien diga que lee por el placer de hacerlo?

-Así es. La cultura nos permite que no tengamos que plantearnos qué es la cultura. Nos hace reconocernos como seres felices. Lo demás son apreciaciones.

-El actor y director Stanley Tucci decía hace poco que ninguna película le ha dado tanta felicidad como una paella bien hecha. ¿Qué opina usted?

-Que tiene razón, pero ¿sabes lo que pasa? Que a veces la paella no es tan buena. Y sin embargo te hace feliz, porque la compartes con amigos, porque entraña un buen momento. Y entonces te parece excelente, aunque no lo sea. Lo mejor de la vida son los momentos cotidianos, ir al comprar el pan, saludar al vecino. Porque la existencia diaria está repleta de microcosmos en los que los momentos de felicidad son posibles. Fíjate, Quevedo se preguntaba: para qué queremos la vida si no es eterna. Y sí, la vida puede ser eterna en esos momentos ínfimos. Su sentido está sobre todo ahí.

-Y luego está la corrupción, que lo empaña todo.

-La corrupción tiene dos momentos. El primero es cuando ves la mancha en la pared y decides no hablar de ella. El segundo es cuando ya no quieres mirarla y no te das cuenta de que sigue creciendo. Quevedo hace referencia a la corrupción en tiempos de Felipe IV en términos que son perfectamente aplicables al presente. ¿Qué sucede aquí, entonces? ¿Que Quevedo era un visionario? No: que, más bien, somos nosotros los que retrocedemos.

-¿La postura más consecuente es el pesimismo ?

-No. En España vivimos el mejor momento de nuestra historia. Si estuviéramos haciendo esta entrevista en el Siglo de Oro, en las guerras del XIX o en la posguerra, tú y yo tendríamos mucho más miedo. Podemos sostener un optimismo razonable a tenor de las cosas que han pasado después del franquismo, cuando un pueblo aspiró a evolucionar en una cierta libertad y se puso manos a la obra.

-Sí, pero el pacto esgrimido entonces está cada vez más cuestionado.

-Tengo 56 años. Mis primeros recuerdos de lucidez corresponden al tardofranquismo. Y creo que hay que tomar parte activa en la historia. Yo soy partidario de todas las reformas, pero si no vivo solo en mi casa tendré que contar con todos los que la habitan para reformarla. No podré hacerlo por mi cuenta. Hace poco escuché a Obama decir que mientras la riqueza del mundo siga repartida en tan pocas manos el desarrollo de la democracia será muy difícil. Bien, pues vamos a cambiar eso. Pero vamos a hacerlo todos.

-Volvamos a su oficio. ¿Qué actor ha dejado en usted una mayor huella?

-Juan Diego.

-No me diga.

-Sí, es que cuando pienso en mis años de formación el primero que se me viene a la cabeza es Juan Diego. Fue él quien me ayudó a entender hace ya cuarenta años en qué consiste ser actor y por qué yo quería serlo. Me enseñó a trabajar con la tranquilidad necesaria para encarnar a personajes que no tuvieran nada que ver conmigo. He tenido varios modelos, pero Juan ha sido para mí fundamental.

-¿Y el cine español?

-Mejora a pasos de gigante. Fui a ver La llamada y me sorprendió la frescura con la que se adoptan determinados estilos. Una gozada.

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