La España ensombrecida

  • Si las aguas vuelven a su cauce seguramente será por el enésimo pacto en torno a privilegios fiscales

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A Carles Puigdemont no le ha arredrado la catarsis vivida el domingo por las calles de Barcelona con la masiva manifestación antiindependentista y, obcecado con el delirio de grandeza propio de los supremacismos étnicos, quiso el martes protagonizar un momento estelar de la Humanidad. Quizás entonces, sabiendo de antemano las posturas de la comunidad internacional y la de sus socios de la CUP, hubiera implorado que se lo tragara la tierra, pero ya no había marcha atrás y ha sido víctima del dilema al que se enfrentan los aprendices de brujo: "Basta…¡o mucho más!". O te paras a tiempo, o de lo contrario sigues hasta el final, aspirando a que tu propio exceso confiera algo de grandeza épica a tu fechoría. Lo peor es quedar atrapado por los acontecimientos. La historia es implacable con los monstruos, pero también con los indecisos.

Esas miles de personas del domingo, casi un millón, liberadas de la aberrante distopía nacionalista labrada a fuego lento durante cuarenta años, habían ennoblecido con su presencia en las calles el fulminante argumento del pánico provocado por la masiva huída de capitales. El contundente lenguaje de las senyeras y banderas españolas enarboladas ese día no despeja del todo el regusto levemente amargo que ha dejado la voz del seny que, tanto tiempo enmudecida, sólo se ha dejado oír después de que haya hablado el dinero, por boca del Sabadell, Caixabank y el resto de la desbandada. No pongamos puertas al júbilo, pero tomemos nota.

Podemos hacer los peores augurios tras lo sucedido este martes y el envite del PP /PSOE para la próxima semana, pero no esperamos acertar nosotros donde fracasan tantos politólogos. El ruido es ensordecedor, y siente uno la tentación de evadirse o, simplemente, de callarse. Callarse y permitir que un silencio purificador se eleve sobre el estruendo de unas mentiras especialmente ofensivas en su tosquedad y difusión, que se derivan de esa gran mentira primordial en la que nos enfangó el mundo anglosajón hace cinco siglos, compradas a precio de saldo por la recurrente casta de irresponsables interiores que afloran de vez en cuando en la historia de España. Teniendo en cuenta que por ahora el tiroteo se libra en las redes sociales, parece claro que el gobierno español perdió una batalla mediática el 1-O con una carga policial que está quedando como último argumento útil del independentismo. Pero también es cierto que resulta muy difícil subvertir la imagen consolidada de una España cerril con la que el mundo asienta el orden anímico de sus tópicos. Los medios políticos y periodísticos del mundo -¡Hasta el Charlie Hebdo!- han desenmascarado ya la bufonada sediciosa, pero ahí queda la saña inicial con la que se tiraron al cuello de nuestro sistema, acomodando la realidad al estereotipo. En el fondo no en todo el mundo quedaron muy contentos con que en 1978 España diera un ejemplo de democracia, porque ello perturbaba la cómoda estabilidad de los prejuicios. Por eso abominan de esa fecha los antisistema, los independentistas, la extrema derecha y esos medios de comunicación solapadamente adictos a la filosofía WASP. Sintomático.

No, callarse no es una opción válida porque enfrente tenemos una sinrazón indesmayable. No basta sólo con haber conjurado el miedo de una población amenazada por el matonismo institucional de un régimen secesionista que envenenó sin pudor las escuelas de primaria. Hemos de denunciar que si las aguas vuelven a su cauce -no sabemos cómo- seguramente será con un enésimo pacto institucional en torno a privilegios fiscales y recaudatorios por el que Cataluña seguirá la estela de González, Aznar y Zapatero. Como Euskadi, pero con menos sangre y más desvergüenza. Y es que si algo ha conseguido ya el dichoso Govern con este envite es la exclusiva atracción de los focos hacia una Cataluña hiperreal con una publicidad engañosa, sí, pero que vale oro en ese mercado competitivo entre ciudades y territorios en el que hoy se dirime mediáticamente la economía urbana. Escribía Durrell en el arranque del Justine, de El cuarteto de Alejandría: "Los personajes son imaginarios; sólo la ciudad es real". Los fantoches que han liderado el procés pueden ser grotescos como golems fantasmales, pero han conseguido que la ciudad sea real, y solo aquella, Barcelona, porque el resto del país, pobres diablos, hemos quedado silenciados en nuestra invisibilidad. Por ahora los bancos y las empresas se van de allí…pero volverán, cuando lo haga el seny, acogiendo al hijo pródigo con los brazos abiertos y el zurrón cargado de ventajas comparativas. Recibiremos entonces la misma lección de siempre: hay dos Españas, la desleal que medra y la leal que se queda a dos velas.

Por lo pronto nuestro Gobierno ya se ha aprestado a solicitar para Barcelona la Agencia Europea del Medicamento en un gesto de fair play hacia los sediciosos. Algo parecido sucedió con la candidatura que ganó San Sebastián como Capital Europea de la Cultura 2016, echando los pelillos de ETA al mar Cantábrico. Con tan sonados atributos por bandera a quién le extraña que mi pobrecita y silenciosa Málaga, que se labra su progreso a capón y jamás se ha metido con nadie, optara también a ambas candidaturas sin ninguna esperanza.

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