"Garzón tiene afán de 'vedetismo' y Zapatero privilegia el victimismo"

  • El prestigioso hispanista estadounidense considera que la reparación de las víctimas de la guerra y la dictadura es "asunto" del Gobierno y no ve "ningún" elemento positivo en la iniciativa del juez

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A Stanley G. Payne (Texas, 1934) le ocurre lo que a su compatriota Ernest Hemingway con Pamplona y los toros: siente una pasión invencible por lo español. Al legendario escritor norteamericano le une también su fascinación por la Guerra Civil y el franquismo, a los que ha dedicado trabajos imprescindibles que le han aupado a la élite de los hispanistas del siglo XX. Afincado en la remota Wisconsin (EEUU), al pie de los Grandes Lagos, atiende a este periódico.

-¿Qué opina sobre la iniciativa del juez Baltasar Garzón de investigar los crímenes de la Guerra Civil y el franquismo?

-Técnicamente, tiene que ser ilegal, algo fuera de su competencia. La iniciativa es meramente el fruto constante de su afán de veddetismo y de ganar publicidad.

-La Ley de Amnistía de 1977 cerró aquella página que Garzón reabre ahora. ¿Ataca este proceso el pacto de la Transición o viene a completar lo que se debió hacer?

-No, es una contradicción. Garzón no tiene competencia o jurisdicción para rescindir la amnistía.

-Las críticas al juez llegan también de los represaliados del franquismo, de comunistas como Santiago Carrillo. ¿Es la prueba de que Garzón se equivoca?

-No es necesariamente la prueba definitiva, pero es significativo. Este afán de protagonismo sin fronteras, el espectáculo de un juez que desprecia la ley y cree que es omnipotente para hacer cualquier cosa que le dé la gana supone una vergüenza para el país y es embarazoso hasta para las izquierdas.

-¿Es misión de la Justicia reparar a las víctimas o es un deber que corresponde a la Administración ?

-La reparación o la indemnización es un asunto del Gobierno.

-¿Qué elementos positivos y negativos presenta la iniciativa del juez?

-Positivos ninguno. Primero, es una ilegalidad; segundo, es un espectáculo de mofa de los procedimientos de la Transición; y, tercero, es la presunción de que a un juez le toca la investigación de la historia en vez de los crímenes ocurridos.

-El campo de trabajo del juez comprende dos etapas: los crímenes de la guerra y los de la represión durante el franquismo. ¿Cuándo comienza y termina esa represión?

-Hay que distinguir dos cosas. Primero: el régimen de Franco siempre fue una dictadura y por eso fue represiva, aunque se fue liberalizando más y más con los años. Segundo: la gran represión sangrienta se produjo los primeros años después de la guerra, especialmente entre 1939 y 1943. En ese periodo se dictaron unas 50.000 penas en los tribunales militares, y entre 1939 y 1943 parece que se llevaron a cabo unas 30.000 ejecuciones.

-¿Y de cuántos muertos hablaríamos entre guerra y dictadura?

-El total de ejecutados por los republicanos llega a unos 56.000. La represión de los nacionales se ha investigado algo menos, pero probablemente mató a más. Después hubo los 30.000 (de la represión). Así que la cifra que maneja Garzón no es totalmente exagerada pero, en vez de 115.000, yo diría que hubo unas 100.000 víctimas a manos de los nacionales.

-La principal diligencia ordenada por Garzón para identificar a las víctimas contempla la exhumación de 19 fosas, entre ellas las del poeta García Lorca. ¿Qué pueden aportar los historiadores a estos trabajos?

-Los historiadores no pueden aportar nada sin investigar específicamente los casos. El caso de Lorca ha sido bien investigado, algunos de los otros casi nada.

-¿Cambia esta diligencia en algo las tareas de exhumación que ya se estaban realizando?

-Nada en cuanto a una exhumación bien hecha pero sí es algo nuevo que se destine más dinero o más recursos, por ejemplo, para investigar el ADN (de las víctimas).

-El elemento más novedoso es llevar al banquillo a los cabecillas del franquismo cuando la mayoría están ya muertos, ¿qué le parece?

-Que se trata de ganar publicidad y de una exhibición política.

-Entre los muertos de los dos bandos hubo inocentes pero también verdugos que en su condición de víctimas quedarán libres de mancha, ¿se comete una injusticia con respecto a los inocentes?

-La retórica de la llamada memoria histórica poco tiene que ver con la historia. Por ejemplo, se supone que toda víctima del franquismo fue un campeón de la democracia, pero antes de julio de 1936 (fecha del alzamiento) una gran parte de las izquierdas habían abandonado la democracia, siendo ésta la causa principal de la guerra. Parte de los 30.000 ejecutados tras la guerra fueron asesinos.

-La imagen que históricamente ha triunfado de la II República ha sido la de una colectividad ejemplar, ¿fue así?

-He escrito mucho sobre este tema. Entre 1931 y febrero de 1936 hubo un intento serio de practicar la democracia, aunque con muchas limitaciones, con cuatro insurrecciones de la izquierda y una por parte de la derecha. Esta proporción es una indicación relativamente exacta de las fuentes de desorden y violencia. Luego, a principios de 1936, se abandona progresivamente la legalidad y la democracia, aunque no totalmente. La mejor definición breve de la II República es la de Javier Tusell: "Una democracia poco democrática."

-La pasada legislatura, el Gobierno puso en circulación la Ley de Memoria Histórica, ¿qué le sugiere?

-El término, como el concepto, es equivocado, porque los gobiernos no pueden legislar ni la memoria ni la historia. Una ley de indemnización es otra cosa.

-¿Esta ley trata de recuperar la memoria de los vencidos o busca crear una memoria oficial?

-La historia de los vencidos ya ha sido tratada ampliamente, y tendrá aún más atención en un porvenir inmediato. La intención es crear una leyenda oficial.

-Estas medidas evidencian grandes diferencias entre la doctrina de Felipe González en la Transición y la actual de Zapatero. ¿A qué se debe este cambio?

-Son dos generaciones y dos ideologías muy distintas. El gran logro de González fue haber civilizado al PSOE, inculcando una doctrina socialdemócrata. La generación de Zapatero participa en la nueva ideología de las izquierdas en el mundo occidental, el buenismo o corrección política, que privilegia el victimismo y utiliza la historia para fines políticos.

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