Ni toros ni caballos: el día fue de perros

  • En una sucesión de alternativas atmosféricas, la lluvia, el viento y el sol se turnaron en una caótica jornada que generó descontrol en el real

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No se recuerda una Feria igual. De récord. Normalmente se batían los parámetros de visitantes, de litros de manzanilla o número de casetas. Esta vez no. Se han batido otro tipo de marcas. Cinco días seguidos de agua; se han cerrado cuatro parques; los empresarios de las atracciones, ante la drástica reducción de sus ingresos, han solicitado la devolución de las tasas; la cifra de usuarios de autobuses urbanos descendió anteayer un tercio respecto al miércoles de Feria del año pasado.

Paraguas. Chubasqueros. Gabardinas. A nadie le extrañó ver a dos jovencitas vestidas con traje de gitana luciendo en lugar de peinetas sendas escafandras. Cayeron chuzos y ranas. Como el Mahoma ferial no iba a la montaña del traslado, el Charco de la Pava se desmelenó con un simulacro de diluvio universal. Lluvia, viento, sol. Lluvia, viento, sol.

A falta de caballos -pocos y, los pobres, cabizbajos- y de toros, el día fue de perros. La Feria más desagradable que se recuerda. Se daba unos respiros que eran engaños: un baile siniestro para coger desprevenidos a los paseantes, a las heroicas madres con sus hijos en brazos, a los hercúleos cocheros que tranquilizaban a caballos que no estaban preparados para hacer de hipocampos.

Pese a la lluvia infame, inmisericorde, la plana mayor de la caseta del Aero-Club ni se inmuta. Un taxista amigo que hizo un servicio al Alfonso XIII se enteró con la curiosidad discreta de todos los taxistas de que una descendiente de Marconi, el inventor de la radio, venía de visita a la Feria de Sevilla. Ni lo confirmaron ni lo desmintieron. Este sitio es muy serio, venía a decir el portavoz de la caseta. Ni cámaras ni micrófonos. No poder grabar a la nieta del inventor de la radio es como impedir al visitante que rece un padrenuestro en el Vaticano, que gravite en el museo del Apolo XII.

Dos samaritanos franceses. En el inminente bicentenario de la batalla de Bailén, Jean-Paul Goujon, francés de Burdeos, esperaba a Anne Perret, francesa de la Camargue, recitándole unos versos sevillanos de Pierre Louÿs. La Feria es un ejercicio cotidiano de La mujer y el pelele, la obra de aquel poeta maldito y enfermizo cuyo hermano, embajador en El Cairo, se casó con una sevillana de Carmona.

Sobre una servilleta de papel, Anne Perret describe el recorrido del río Ródano, del que esperan agua en Barcelona. Río que nace en Suiza, cerca de Ginebra, y pasa por Lyon, la Avignon de los Papas, y Port Saint-Louis, cerca del lugar al que en Pentecostés peregrinan gitanos de toda Europa. Ródanos voladores empiezan a caer sobre la Feria. La gente corre. Los niños lo viven como un juego, las madres como un drama. Como el Ródano nace cerca de Ginebra, en la caseta de Carlos Herrera ya están en la hora del gin-tonic. El periodista anfitrión estrena look sin bigote. Es para darle ventaja a las gambas.

"Es una ciudad de fantasmas", dice alguien desde una caseta. En la caseta Los 12 Amigos han puesto en el tablón de anuncios un rincón de la poesía. Por Juan Belmonte y Joselito el Gallo camina Manolo Jiménez, entrenador del Sevilla tras la marcha de Juande Ramos a un equipo de Londres. El día es más de Dickens que de Romero Murube. El hombre del tiempo sigue con sus presagios, pero la Feria es el tiempo del hombre. El paréntesis que la ciudad se toma para coger impulso en el duro trance de soportarse a sí misma con su belleza, con sus manías, con esa historia de luces y sombras, como este tiempo esquivo que abría y cerraba en este palacio de lonas y alambres el grifo de las cataratas del Niágara.

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