Charlene, la princesa que Mónaco quería

  • Casi año y medio después de su boda con el príncipe Alberto, la nadadora sudáfricana se ha convertido en icono de moda y estilo.

El patito se ha convertido en cisne. Casi nadie daba un euro cuando Alberto de Mónaco se casó, hace ahora un año y casi cinco meses, con Charlene Wittstok, aquella nadadora sudafricana de aspecto cándido y lágrima fácil en su propia boda. No era para menos. Pocas semanas antes había saltado la polémica sobre una posible 'novia a la fuga' del Principado. Las comparaciones con la madre del soberano monegasco, la perfecta Gracia, arreciaban mientras la futura princesa parecía a punto de romperse ante la presión mediática. Pero, superando los malos -y numerosos- augurios, la princesa Charlene ha resistido. Casi año y medio después, seguimos sin vislumbrar heredero al trono de Montecarlo, pero la esposa del príncipe Alberto ha tomado fuerzas y se crece día tras día en cada nuevo acto público en el que aparece. Su elegancia y saber estar todavía no se igualan a los de Gracia. Pero ya está robando admiradores a la princesa Carolina, lo que es un inicio. Un avance muy importante.

De un desfile parisino a un baile de gala en Florencia, de Hollywood a Varsovia, Charlene de Mónaco ha hecho valer por el mundo entero su título de princesa y, lo que es más importante, con sello propio. Lo mismo conquista de rosa palo en un desfile de Dior junto a Bernard Arnault, que de rojo en una exposición de joyas de Van Cleef & Arpels. Igual deja boquiabiertos a todos con trajes de día, como en su viaje oficial a Polonia, que de largo, como ocurrió recientemente en la gran cena de gala en el Ritz-Carlton de Montreal (Canadá). Ha sabido hacer pleno y en estos últimos meses cada vez está mejor.

Pero el secreto de su éxito, según los entendidos en protocolo y estilo, no radica tanto en el envoltorio, en la elegancia que se presupone de antemano a toda dama Grimaldi. Más bien su acierto ha sido hacer suyo su papel. No había más que verla en la celebración del 25 aniversario del restaurante Luis XV en Montecarlo derrochando glamour junto a la princesa Carolina, acomodada en el trono de la elegancia. O en el tradicional reparto de alimentos de la Cruz Roja a los mayores monegascos junto a la princesa Estefanía. O en el Baile de Lys en La Toscana con un vestido de noche de muselina en negro arrancando embelesadas miradas a su marido, el príncipe Alberto, y suspiros a los testigos de su romántico vals.

Ya lo advirtió: "Lo haré a mi manera". Así ha conquistado el corazón de los monegascos, de las revistas del corazón, y de medio mundo en definitiva. Estos días Mónaco le ha concedido la Gran Cruz de la Orden de San Carlos en reconocimiento a su labor. Si los comienzos siempre son más difíciles, estamos seguros que tenemos princesa Charlene para rato.

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