Tres décadas de falsa normalidad en Chernobil

  • Miles de trabajadores acuden a diario a la central nuclear ucraniana bajo el riesgo aún de la radiación

Treinta años después del más grave accidente nuclear de la historia, miles de trabajadores siguen acudiendo a diario a la central de Chernobil, el epicentro de la catástrofe que obligó a evacuar a cientos de miles de personas y contaminó amplias zonas de Ucrania y los países vecinos. "Hay unos 1.500 trabajadores en la plantilla, que se ocupan del programa de desmantelamiento de la planta, y además otros 1.000 o 2.000 contratados por el consorcio internacional que construye el nuevo sarcófago para el reactor 4", afirma Anton Pobor, del departamento de cooperación internacional de la central.

A 120 kilómetros al norte de la capital ucraniana, Kiev, y junto a la frontera con Bielorrusia, la central desprende una aparente normalidad, con empleados pasando por los tornos de acceso o noticias sindicales en los muros, pero el dosímetro de radiación que todos llevan colgado del cuello nos devuelve a la realidad. También algunos anuncios sobre colectas con las que costear los tratamientos médicos que requieren antiguos empleados afectados por la radiación. La falsa normalidad también se siente a la salida, ya que todo trabajador o visitante debe pasar por un medidor de radiación que indica si se está "limpio" o "contaminado".

Pobor sale a recibirnos vestido con bata y cofia blancos, el uniforme obligatorio, y nos hace firmar por escrito que no vamos a tocar ningún botón. Aquí se trabaja en el desmantelamiento definitivo de los reactores 1, 2 y 3, que siguieron funcionando tras la catástrofe del 26 de abril de 1986 y fueron parados en los años siguientes hasta dejar de operar en 2000.

"En 2015 comenzó la segunda fase del programa, para la parada total de la planta y la conservación de las unidades. Se trata de garantizar el almacenamiento seguro del combustible nuclear y todo el material radiactivo que contienen los reactores", explica. Por los pasillos de más de 600 metros que recorren la planta se mueven silenciosas figuras de blanco inmersas en sus tareas cotidianas.

En la sala de control del reactor número 2, varios ingenieros trabajan en una maraña de botones, palancas y paneles, beben té o incluso fuman distendidamente. Al fondo de uno de esos largos corredores hay una pequeña puerta: "Por ahí se entra al bloque número 4", nos muestra Antón, pero pasamos de largo. A varios cientos de metros del edificio principal, una gigantesca cantera acoge la construcción del segundo sarcófago, el gran arco de acero, plomo y otros materiales que deberá garantizar que el fatídico reactor 4 no emita radiación en al menos un siglo.

El nuevo sarcófago sustituirá a la primera cubierta, un gigantesco cubo de hormigón que fue terminado unos siete meses después de la catástrofe. "El primer sarcófago está acabando su vida útil, que era de 30 años, por eso es tan urgente construir una nueva protección", señala Yulia Marusich.

Cientos de obreros y especialistas circulan por la zona de construcción del sarcófago. Son contratados del consorcio internacional Novarka. "El área de construcción fue descontaminada antes de comenzar para evitar riesgos al personal. Pese a todo, la radiación ahí es unas 20 veces superior a la de Kiev", afirma Yulia.

El nuevo sarcófago es una estructura gigante en forma de arco, construido en dos mitades que ahora ya están unidas en una sola estructura de 108 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo. "Pesa más de 30.000 toneladas y todo está interconectado con 650.000 tornillos", explica la especialista.

Para finales de este año el arco estará terminado y se colocará sobre la antigua cubierta del reactor 4. Un año más tarde comenzará a operar este segundo sarcófago y en 2023 se espera completar la destrucción de la vieja estructura, la tarea más delicada ya que implica trabajar en el interior del reactor.

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