Crítica de Teatro

Actrices con luz propia

Dos son los montajes que se han hecho en los últimos años de esta pieza de Eric Coble, un dramaturgo estadounidense que creció en las reservas indias de Colorado.

La obra, un diálogo entre una madre anciana, atrincherada en una casa que prefiere quemar antes de abandonarla para ir a una residencia, y su hijo menor, enviado por los otros dos para convencerla, es aquí afrontada por Magüi Mira con un respeto absoluto al texto de Coble.

Sin ser un texto brillante, el autor se enfrenta, ya con humor ya con dramatismo, y siempre con buen oficio, al peliagudo tema de la vejez. Una vejez que, en la sociedad actual, en lugar de generar respeto, se mide, como tantas otras cosas, con la vara de la utilidad.

Hay muchas reflexiones latentes en este simple diálogo: el deterioro físico y su aceptación, la dignidad de la vejez, la independencia, la maternidad o incluso la existencia de una generación que, además de haber sido alimentada por sus padres hasta pasados los 30, pocos años después necesita quitarlos de en medio -con todo cariño y en las mejores residencias- para quedarse con sus bienes y obtener de ese modo el bienestar que no han sido capaces de lograr por sí mismos.

Una conversación a veces previsible que no llega a despegar -ni siquiera en esa ambigua salida final- pero que, sin embargo, logra hacerse creíble e interesar al espectador gracias a la magnífica interpretación de sus protagonistas. Juanjo Artero llena de matices el complejo personaje del hijo menor, homosexual y sensible, y Lola Herrera está sencillamente extraordinaria. Es cierto que el papel de Alejandra, una pintora octogenaria, rebelde e imaginativa, le viene como anillo al dedo, pero no lo es menos que, además de su hermosa y juvenil voz y de la experiencia que ha atesorado a lo largo de su larguísima carrera, ella es una de esas actrices absolutamente llenas de luz. Tienen ese don para goce del espectador.

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