Beethoven, razón y sentimiento

Orquesta West-Eastern Divan. Gira 2012. Director: Daniel Barenboim. Programa: Sinfonías nº1 en do mayor Op.21, nº2 en re mayor Op.38 y nº8 en fa mayor Op.93 de Ludwig van Beethoven. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Miércoles 18 de julio. Aforo: Lleno.

Clásico por nacimiento y formación, Beethoven revoluciona el curso de la historia merced a una concepción del papel del artista que revierte la servil tendencia milenaria. Sin ser un romántico, su música, que a partir de la 3ª Sinfonía (1804) se hace afirmativa, épica, heroica, termina por dar el salto definitivo que admirarían en adelante la inmensa mayoría de los músicos del siglo XIX.

Estas dos realidades, la clásica y la romántica, estuvieron pues siempre muy presentes en la interpretación de sus obras. El del Romanticismo es un mundo preferentemente alemán y fue la tradición de los grandes maestros centroeuropeos la que enfatizó muy especialmente el flanco dionisíaco de la música beethoveniana, debilitando lo que hay en ella de herencia del Clasicismo. En las últimas décadas, otras tradiciones interpretativas, vinculadas especialmente, aunque no solo, al movimiento historicista, han tratado de reponer ese desequilibrio, propiciando corrientes interpretativas de síntesis.

Ni Barenboim, por formación y carácter vinculado a la gran tradición alemana, puede eludir esa realidad, y menos al frente de una orquesta como la WEDO (West-Eastern Divan Orchestra en sus siglas inglesas), un conjunto de jóvenes, muy acostumbrados ya a trabajar en estilos interpretativos diferentes, lejanos los días en que los criterios de los viejos maestros alemanes dominaban las escenas sin apenas contestación.

Las dos primeras sinfonías de Beethoven son obras en esencia clásicas, y para acercarse a ellas Barenboim redujo considerablemente el tamaño de la orquesta. Aunque la cuerda (40 atriles) sigue siendo algo masiva para que el equilibrio con las maderas resulte cercano al ideal clásico, el maestro maneja bien los volúmenes y las dinámicas, consiguiendo versiones suficientemente claras, en especial en los tiempos lentos, en los que el tejido contrapuntístico se llena absolutamente de detalles. La contención del vibrato fue muy evidente en una de fraseo en general delicado, tierno y elegante, con un Minueto algo denso y un final de articulación ligera, más liviano que el que se le oyó el año pasado. La introducción lenta de la 2ª Sinfonía sonó ya de forma diferente, con una tensión mucho más acuciante, ataques más incisivos y una grandiosidad que parece querer anunciar el mundo de la Heroica. Barenboim empleó en cualquier caso tempi tirando a rápidos y desmenuzó el Larghetto atendiendo más a la belleza de las mezclas tímbricas que a su sentido expresivo: fue un movimiento incluso algo deslavazado, pero con una variedad de matices, especialmente en las gamas dinámicas centrales, apabullante. En el Finale, el maestro de Buenos Aires estuvo especialmente generoso con el rubato, consiguiendo una elegante flexibilidad.

Cambio de paradigma para la Octava, una obra de madurez, pero que parece mirar al pasado. Barenboim emplea en cualquier caso una cuerda con 60 atriles, lo que le lleva a doblar las maderas. La obra estuvo dominada desde el mismo arranque por un impulso enérgico y brioso, aun sin olvidar que dentro de ella hay mucho de ironía: Barenboim subrayó así el carácter scherzante del Allegretto con una articulación jadeante y acentuó la coda del Finale con una furia que sonó a paródica. La WEDO es una de las mejores orquesta juveniles del mundo, y respondió con brillo al desafío.

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