Colgada de una cercha

  • La pretendida imagen abierta de una institución encargada de la seguridad ciudadana se hace patente en la nueva Comisaría de la Alameda de Hércules

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Un umbral largo y bajo, abierto a la tierra de nadie de la Alameda, un prisma de exterior tenso, casi inabordable por quien no se dirija a su puerta. Combinar la elocuencia de lo civil y su protagonismo ciudadano en la democracia de este principio de siglo, con la seguridad y la firmeza de quien detenta, por ley, la administración de la violencia, no es tarea fácil; y si no que se lo digan a quienes administran esas largas filas de ciudadanos pendientes de identificación documental. Mucho menos para quien debe poner cara a la representación arquitectónica de la institución, como ya había celebrado de la mano de la joven democracia norteamericana Louis Kahn en otros tiempos y con otra arquitectura.

El repliegue a lo esencial de un código es el camino elegido, se sigue la línea elegantemente sofisticada de este dilatado final de la modernidad y de sus mejores ejecutores, que saben experimentar en los límites inexplorados de una arquitectura de la totalidad. Puede sorprender a alguien, un poco informado, semejante elección: la elocuencia de lo moderno diría alguno, parafraseando ese la economía, necio, la economía.

Claro que, por otra parte, la recuperación de una tradición urbana autóctona ligada a un frente de barrio que alcanza el vacío de la charca convertida en Alameda, es también explícita. Como la burguesía local construyó, de la mano de lenguajes importados de las metrópolis, sus cotage de ocio en el otro frente de la antigua laguna o mansiones con pretensiones como la Casa de las Sirenas, así -ahora, y bien que nos alegramos- las democráticas instituciones deben de elegir acertadamente el carácter de su figura a través de una configuración arquitectónica adecuada. Existe esa necesidad, no todo puede ser en la posmoderna sociedad del espectáculo espacio basura y arbitrariedad.

Todo ocurre aquí entre la apariencia firme y hermética de una caja revestida de piedra caliza que domina el entorno que la recibe sin sobrepasar la altura del caserío y el guiño evidente que la hace etérea y leve a medida que nos acercamos a ella, presentando el gran patio interior cuidadosamente ajardinado -sutil recuerdo de la cercana comisaría de la Gavidia, de Ramón Montserrat- que se ofrece generosamente al exterior en un juego de reflejos y movimientos de especial interés que culmina con la escalera acristalada.

Para conseguir este efecto de transparencia y permeabilidad, el frente a la Alameda se construye con una gran viga de 40 metros de longitud y 6 de altura revestida de piedra que permite liberarlo de apoyos intermedios, haciendo extraordinariamente disponible a toda la ciudad el interior del edificio, apenas delimitado por un gran vidrio. Un dispositivo éste que, asociado a los recorridos por las rampas paralelas que recorren la fachada en dirección al sótano o a la planta baja, construyen un lugar sorprendente por la ingravidez del volumen que lo cubre, por el juego de luces envolventes o por la manera de registrarlo los ciudadanos: mundo de incertidumbres -dicen sus autores- que, en todo caso, provoca la inquietud y curiosidad de las grandes obras.

Un sabio ejercicio arquitectónico de deconstrucción de la caja, que eliminando su elemento aparentemente más firme -el encuentro de la fachada principal con el suelo de la ciudad- posibilita con dicha acción que aparezcan nuevos significados para los actuales equipamientos de seguridad ciudadana.

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