Dominio técnico y sensibilidad

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Era el 15 de septiembre de 1999 cuando una joven soprano granadina, aún poco conocida, se presentaba en el Teatro de la Maestranza junto a la OJA para cantar algunos fragmentos de Margot, la zarzuela de Joaquín Turina (a propósito: ¿no va siendo ya hora de que el Maestranza se decida a producir esta obra de Turina, sevillana a más no poder, con ese segundo acto en plena Madrugá y Feria de Abril?). Ya entonces, a pesar de ciertos problemas de garganta, vimos que allí había en ciernes una gran voz y una gran intérprete.

El tiempo ha pasado y ha convertido a la entrañable chiquilla en una artista de renombre internacional, que se codea con los astros del bel canto y a la que solicitan los mejores teatros (¿la veremos alguna vez en una ópera en Sevilla?). No ha perdido su carácter sencillo y divertido, poco dado a divismos, pero ha ganado en madurez musical.

Hasta el momento, se puede considerar a Cantarero como el último eslabón de la histórica cadena de la escuela española de sopranos de coloratura, que arranca de Isabel Colbrán y Lorenza Correa y que alcanzase su máximo esplendor entre 1900 y 1930 (Paretto, Huguet, Barrientos, Bori, Galvany, Ottein...). Pero, a diferencia de algunas de sus predecesoras, Cantarero es algo más que un instrumento capaz de las más intrincadas agilidades y poseedor de notas estratosféricas. Lo es, por supuesto, y apabulla en una primera impresión su control técnico de la voz. No existe apenas cambio de color en la transición entre los registros y la zona media-grave está bien apoyada y mejor proyectada, mientras que el paso a la zona superior se asienta con firmeza para abrir la voz y dotarla de refulgente rutilancia. Quizá pueda señalarse una apreciable tendencia a sonidos metálicos en la region sobreaguda, allá por el Mi bemol y el Fa. Con todo, posee en grado superlativo el control de los recursos técnicos para dotar a la emisión de la variedad y de la espectacularidad que se espera de este tipo de voces. El fiato es amplio y holgado y el uso de los reguladores intachable técnicamente, con unos filados y una mesa di voce realmente apabullantes, como quedó en evidencia en una primera parte constituida a base de fragmentos pirotécnicos que levantaron al público de sus asientos. Notas picadas, roulades, escalas, grupetti de semicorcheas en staccato y demás agilidades quedaron sobre el tapete. Claro que con las canciones de Falla ya no casaban tanto las regulaciones y los filados, que desnaturalizaron una música desnuda de ornamentos (el pianista ayudó lo suyo para cargárselas).

Pero lo más interesante es su capacidad expresiva, su sensibilidad a la hora de transmitir emociones como las de Qui la voce sua suave, lo mejor de la noche.

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