Edward Hopper y la conciencia del hombre moderno

  • El comisario Tomàs Llorens desvela las claves de la muestra que el Thyssen dedica hasta el 16 de septiembre al artista americano

A Tomàs Llorens, director honorario del Museo Thyssen Bornemisza y comisario de la mayor selección de obras del artista estadounidense mostrada hasta ahora en Europa, no le sorprende la hoppermanía que se ha desatado este verano en Madrid. "La pintura de Edward Hopper es muy popular pero se ha difundido sobre todo por reproducciones; sus cuadros, en cambio, se han expuesto ante el público en contadas ocasiones", recalca, antes de invitar a fijarnos en la escala y la dimensión del lienzo, "que lo determina todo", en la relación de nuestro propio cuerpo como espectadores con el espacio; en la textura, "tan importante para Hopper, que construye sus cuadros como objetos a lo largo de muchos meses introduciendo marcas sobre el lienzo" y, por supuesto, en el color, tan intimista como lleno de matices, "porque entre una pincelada y la siguiente él siempre se detiene a reflexionar qué azul va a elegir, cómo mezclará los colores en la paleta". Estos elementos desaparecen en las reproducciones y es lógico, piensa Llorens, que sus admiradores peregrinen al Thyssen (y del 10 de octubre al 28 de enero de 2013 al Grand Palais de París, la otra parada de la muestra) porque "ver un cuadro de Hopper en una reproducción es como escuchar la Novena de Beethoven por un señor que la silba al cruzar la acera".

Las 73 obras que incluye esta exposición proceden sobre todo de museos y colecciones de Estados Unidos, entre los que destaca el Whitney Museum of American Art de Nueva York, que ha cedido 14 obras del legado de Josephine, la esposa y musa del pintor.

Llorens y Didier Ottinger (director adjunto del Centre Pompidou y también comisario del proyecto), han querido reflexionar sobre los años de formación de Hopper y dividen la evolución de su carrera en dos grandes capítulos, el primero de los cuales refleja su paso por el estudio de Robert Henri en la New York School of Art y la conformación de un estilo propio entre 1900 y 1924. "La trayectoria de Hopper (Nyack, 1882-Nueva York, 1967), que dedicó 65 años de su vida a la pintura, tiene un momento de inflexión en 1925, cuando pinta Casa junto a la vía del tren (el lienzo que inspiró la película Psicosis de Hitchcock) y vende un conjunto de obras cuyos ingresos le permitirán por fin, a sus 43 años, vivir exclusivamente de la pintura", continúa.

En el estudio de Henri, Hopper se empapa del realismo moderno y se separa del academicismo dominante. En 1905 se traslada a París y la influencia del impresionismo será decisiva en su tratamiento de la luz y la sensualidad. A su vuelta a Nueva York, mientras busca su camino, se ve obligado a trabajar durante 20 años como ilustrador en revistas y en publicidad. "Su pintura es muy compleja y en la muestra subrayamos a los principales actores que intervinieron en su educación: el tardosimbolismo y el postimpresionismo francés, con la influencia fundamental de Degas, que le proporciona la aproximación elusiva, intimista, a la vida moderna y ese tipo de mirada a la ciudad que él aplicará luego en su madurez a la gran metrópoli".

Aunque la muestra del Thyssen permite admirar la obra "de primer nivel" del Hopper ilustrador, Llorens recuerda que él odiaba ese trabajo. "Pero no porque considerara que la pintura estaba jerárquicamente por encima del grabado. Es que los cuadros de Hopper son muy complejos, detrás de cada uno hay muchísimo esfuerzo, elaboración y reflexión. Trabaja con gran lentitud y por eso, cuando pinta un cuadro, Hopper espera que quede como una imagen inolvidable, única y singular, casi milagrosa. Él es realista pero no pinta lo que tiene delante de los ojos, pinta un flash, un destello de memoria, para que el cuadro produzca en el espectador un efecto de realidad superior y nos emocione más que cuando vimos esa realidad por primera vez".

En esa cualidad que tiene su pintura de ser "más memorable que la realidad misma", Llorens encuentra una grandeza equiparable a Giotto, Velázquez, Rembrandt y algunos cuadros de Manet y Degas, referencias que el visitante a estas salas podrá apreciar de primera mano: "Hopper atribuía una finalidad trascendente a la pintura y esa cualidad no puede tenerla una ilustración, hecha para multiplicarse y proliferar en el seno de una abundancia de imágenes triviales".

En sus paisajes abiertos, en su atención a las casas aisladas, las gasolineras y vías de tren, en su mirada a la vida cotidiana de sus conciudadanos, el americanismo de Hopper traspasa el lienzo con imágenes inscritas en el cine y el imaginario colectivo. "Es el artista más popular de Estados Unidos. Por citar un ejemplo, la gente va a casarse al Instituto de Arte de Chicago delante de su cuadro más famoso, Nighthawks (Noctámbulos). Para el público, no encontrarlo allí es como para un español visitar el Prado y que falten Las Meninas", detalla el comisario de la que es la gran ausencia de esta exposición generosa en obras maestras, como Manhattan Bridge Loop (1928), Mañana en una ciudad (1944), Sol de mañana (1952) y esa Mañana en Carolina del Sur (1955)que Llorens compara con la pintura de Giotto por su luz, colorido y vivacidad.

Retratista del desarraigo social y la forzada movilidad geográfica, la Gran Depresión americana no fue un impedimento para Hopper, pues los grandes museos y coleccionistas empezaron a adquirir sus obras tras el crack del 29. "La sociedad estadounidense tiene una conciencia aguda de universalidad pero al mismo tiempo es muy nacionalista. Hopper respondió a ese nacionalismo cultural interesándose cada vez más por lo que la modernidad hace con el hombre. Aunque hoy creemos ver en sus cuadros la esencia de América, él siempre defendió que en esos lienzos hablaba de sí mismo. De un hombre con una conciencia moral hiperdesarrollada, un artista melancólico y triste que no se dejó, de ninguna manera, cambiar por el éxito".

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