Embrujados bajo la luz de lo perfecto

El Diccionario de la Lengua Española lo bastante deja claro. "Perfecto: que tiene el mayor grado posible de bondad o calidad en su línea". ¿Qué sentido tiene, por tanto, desarrollar una crítica acerca de un espectáculo de tal categoría? Cabría hasta dejar el siguiente espacio en blanco, si bien quedaría entonces el lector sin conocer los pormenores que conducen al crítico a dicha consideración. Además, con honestidad, la presentación de ayer de Luz Casal en el Teatro Lope de Vega, bien merece ese desarrollo.

Inmersa en la gira de Vida tóxica, disco con el que se ha reencontrado con sus seguidores después del superado bache con el cáncer, la cantante ha encontrado en la música el empuje necesario para seguir adelante y, como señal inequívoca de agradecimiento, esta gira es la mejor prueba de ello. Sobria y atrevida, vestida con un frac -que no esmoquin-, Luz compareció a la vez que los miembros de su banda, sin adornos musicales, para entonar Sé feliz, himno con el que revistió el espíritu del concierto de un contagioso optimismo.

En acústico, primero, y con pleno sonido eléctrico, más tarde, las dos partes en las que se dividió el espectáculo dejaron con ganas de más. La primera, por íntima, por cercana, por saber tocar la fibra de los corazones con nuevas composiciones como Regalé, y versiones de clásicos en su repertorio como Entre mis recuerdos, Plantado en mi cabeza o No me importa nada. Con independencia del registro que tocara, a la artista se le notaba su comodidad sobre el escenario, dándose con generosidad y cerrando este tiempo con la melodía que supuso un punto de inflexión en su carrera, Piensa en mí, alabada por la audiencia con una exclamación generalizada seguida del respetuoso silencio de quienes se sienten embelesados por algo que escuchan.

Quince minutos de descanso bastaron para que, la anterior sobria puesta en escena -con un telón de fondo negro adornado por una excelente iluminación-, diera paso a otra compuesta por neones de colores pero igual de sencilla. Ahí Luz demostró cómo el rock sigue latiendo en sus venas, transformándose por unos instantes en la misma que nos hizo bailar a todos al ritmo de Rufino o la más madura que perdía la cabeza en Loca.

Una dualidad que conforma la serena realidad en la que ha desembocado una intérprete que, ya en el último tramo, utilizó una larga peluca negra con la que, a través de las notas de Grita!, dio por concluida su actuación. Sin embargo, tal decisión no fue compartida por los espectadores que, con aplausos a compás, le pidieron el regreso para culminar la velada con tres bises: 18 años, Bajo tu abrazo y un Lo eres todo, a piano y voz, que dejó el buen sabor de haber podido compartir la magia de una de nuestras mejores y más reconocidas figuras.

Siguiendo la estela del personaje de Becky del Páramo, interpretado por Marisa Paredes en la película de Pedro Almodóvar Tacones lejanos -y al que la gallega prestó su voz para los playbacks de aquel metraje-, esta mujer ha sabido evolucionar con elegancia, recuerden ahora el primer párrafo, alcanzando "el mayor grado posible de bondad o calidad en sulínea". Queda constancia.

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