Crítica de Cine

Enfriamiento telequinésico

Eili Harboe, en 'Thelma'. Eili Harboe, en 'Thelma'.

Eili Harboe, en 'Thelma'. / d. s.

Con la Carrie de Brian de Palma como referente más ilustre en su conjugación metafórica del tránsito de la adolescencia a la madurez y el conflicto edípico bajo los esquemas del cine de género, la cuarta película del noruego Joachim Trier depura las formas y ralentiza los tiempos en su retrato de una joven estudiante (Heili Harboe) que descubre sus incontrolables y peligrosos poderes telequinésicos al tiempo en que inicia una nueva etapa como estudiante universitaria tras abandonar el hogar familiar.

De la mano del extrañamiento de lo real y el fantástico de lo cotidiano, Trier recupera aquí cierto pulso perdido (El amor es más fuerte que las bombas) después de aquellas estimulantes Reprise y Oslo, 31 de agosto, insuflando una mirada original, fría e inquietante, a veces con imágenes realmente turbadoras (los pájaros que se estrellan contra las ventanas, el mechón de pelo atrapado en el cristal, la serpiente negra que se introduce en la boca, el bebé congelado bajo el agua, el padre ardiendo en un bote…), a una historia de emancipación y autodescubrimiento que se sostiene sobre el legado y el estallido paranormal convenientemente dosificado, la opresión sobreprotectora (de índole religiosa) de los padres y la búsqueda de la identidad a través del deseo (homosexual).

Es cierto que todo remite inevitablemente a películas, autores y situaciones previas dentro del subgénero, incluidos algunos gestos de estilo (zooms abiertos y cerrados lentamente, planos de la naturaleza observadora, una poderosa música sombría…) con los que Trier coquetea conscientemente. Con todo, Thelma aborda con cierta inteligencia, sentido de lo espacial, atmósfera y estilización nórdicas la encrucijada diferencial adolescente, la ruptura de las ataduras primarias o el trauma del nido vacío como figuras recurrentes bajo un nuevo y elegante prisma.

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