Especialistas en un Bach a medio cocer

Aunque la música barroca parezca hoy patrimonio de los grupos especializados, bien está que los conjuntos sinfónicos se acerquen al menos a las grandes obras corales, si bien es conveniente que lo hagan de la mano de buenos conocedores del estilo. En ese sentido, la apuesta de la ROSS fue esta vez la correcta. Martin Haselböck es un respetado maestro vinculado al historicismo. Además se trajo de la mano como concertino a Peter Szüts, estupendo violinista barroco. Los solistas son también habituales de la música antigua. Sólo se pinchó en la elección del coro. Traer de Austria a un conjunto de segundo nivel como este Sine Nomine no tiene mucho sentido. A los tenores les falta cuerpo (en las fugas se notó muchísimo) y las sopranos sobrepasan más veces de lo razonable la frontera entre el canto y el grito. Haselböck los separó (mujeres a la izquierda, hombres a la derecha) sin que sepamos muy bien por qué, aunque en la cuarta parte de la obra, y para afrontar el doble coro del Hosanna, los mezcló.

Dirección de bastante nervio, con tempi rápidos y un magnífico trabajo de contrastes. La cuerda de la orquesta, de tamaño mediano (10/8/6/4/2), hizo un notable esfuerzo por tocar sin vibrato y por articular con agilidad. Buenas intervenciones de los solistas de viento (salvo una trompa inarticulada e inexpresiva), pese a que el color de los timbres no ayuda hoy por hoy a meterse en la música de Bach. Algo más de flexibilidad precisó el continuo.

Entre los solistas, Carlos Mena (glorioso Agnus Dei) y José Antonio López brillaron por encima del resto por potencia y expresividad, aunque York mostró el encanto de su pequeña voz y Davislim unos medios generosos.

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