'Glamour' para la muerte

Que no "de la muerte". La muleta nos estuvo rondando toda la noche. ¡Qué fácil lo tenías, Marina! Mas el toro, y el torero, no tuvieron otro remedio que irse detrás de los espejitos, en vez de tomar la muleta. Cuando más dispuestos estábamos para el hierro. Sobre todo en la soleá, un monumento en sus certezas y sus dudas. Las últimas fueron las primeras, la soleares de Cádiz. Pero una vez en Lebrija, y hasta llegar a Triana, todo se dio la vuelta. Estábamos fáciles para la muerte y en ese momento nos ofreciste los espejitos del traje de luces. Las lentejuelas de tu falda. El bajo y el contrabajo, piano, violín, tabla india, pandero, platillos, palmas y coros. Tu cara de cera, tus ojos como océanos. Y todo, para más inri, jugando a la muerte. Jugando con textos funerarios como el Tango de las madres locas. Nos diste un bolerazo casi bailable (la cuadrilla lo bailó) cuando lo que correspondía era pura rabia. Y en vez de sangre nos diste glamour. Igual con la albertiana Balada del que nunca fue a Granada, que suma a la ira el tiempo: o sea melancolía. Y tú lo que nos diste fue el glamour de una canción por bulerías. Aquí el problema fue que la voz del poeta no ocupó su espacio. Porque no se lo diste: convertir la muerte en una canción de ascensor. Cosa que no ocurrió en otras adaptaciones del Bola, de tema taurino: precisamente en las fáciles progresiones melódicas se acomodaron los versos de Bergamín y Benítez Carrasco. Claro que en lo que Alberti y Carlos Cano era dolor aquí era narración: Granada es un cuento de lo que en Sevilla pasó.

Lo tuviste muy fácil. Después de esa gran faena de la soleá (un monumento de intimidad), de los tangos, a pesar de su rigidez. Pero no supiste matarnos porque no te quisiste morir.

Una gran faena, aunque incompleta a la hora de la suprema suerte. Dos mil años tardó el flamenco en quedarse a solas con la muerte para cubrirlo de glamour a primeras de cambio. Qué comienzos de milenio para los flamencos jóvenes. Yo no quiero quitarle el trabajo al contrabajo. Pero costó tanto llegar a esta almendrilla. Fíjate por ejemplo en la minera: un mano a mano entre el hombre y la muerte, la melodía más extraña del mundo, porque es capaz de hablarle de tú a lo otro. Y anoche quedó rota en los violines. Quiero decir sobre las cuerdas del piano, que quiso hacer de levante un fandango de sainete.

Estaba tan cerca la muerte, lo tenías tan fácil. La faena quedó incompleta, pero al contrario que la Venus de Milo o la sinfonía número ocho de Schubert, por exceso en lugar de defecto. Exceso de glamour. Que a todos nos encanta, que a todos nos atonta. Mas en su justa medida. En la copla para Lola Flores que abrió la noche. A la hora de la muerte se impone el silencio. Los que Luis Mariano te procuró en la soleá. Para la muerte.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios