Habitar la tierra

Habitar es abrirse espacio propio, conseguir un lugar para vivir. Para lograrlo no hay que destruir o aniquilar cuanto hubiera antes en ese entorno, asolarlo, esto es, echarlo todo al suelo. El castellano tiene una palabra valiosa por su ambigüedad: rozar. Significa arar, roturar (como hacían los romanos con el perímetro de cada nueva ciudad), pero también rozarse, es decir, convivir con lo que nos rodea. Convivencia que provoca roces, esto es, desencuentros, pero del roce mantenido surge la solidaridad y aun la amistad. Conseguir lugar propio, casa propia, sería entonces convivir con el medio, con la naturaleza, sabiéndole dar su sitio, como ya señalaba Alberti en su tratado de arquitectura. Así lo han logrado ciertas casas californianas que han despertado el interés de Daniel Franca (Sevilla, 1985): construidas sobre la ladera de colinas, a veces de acusada pendiente, mantienen con el entorno un fértil intercambio quizá por haber renunciado a desmontes agresivos. Pero al parecer estos edificios tienen los días contados y pueden pronto ser víctimas, ellos y las colinas que los sostienen, de excavadoras y barrenos que asolarán unos y otras en busca de plusvalías.

Franca ha fijado la figura de estas casas que prolongan y subrayan el relieve de la tierra. Lo hace con una pintura muy exacta en proporción y perspectiva, pero que envuelve las figuras difuminando sus perfiles. Logra así una leve tensión entre la precisión de la construcción y unas figuras de límites desvaídos, casi irreales. Logra así imágenes cercanas a las del trabajo del sueño. Fortalece esa intención el uso de colores fríos y el modo de terminar el cuadro: tomada la edificación desde abajo, con alto punto de vista, la pendiente del cerro en el que la casa se encarama se deshace en pintura hasta el límite inferior del cuadro.

Las figuras se convierten así en imágenes de la memoria, cargadas con un aura de caducidad. Pero junto a esa poética aparece la de la propia pintura. El pigmento, la materia, aplicado a veces de forma muy líquida (al representar los edificios) y otras, con mayor densidad, se hace (para la mirada atenta) signo de la tierra, una tierra que ha venido alojando a esas atrevidas casas y que ahora parece estorbar a ciertos intereses económicos.

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