Crítica de Cine

Hijos de Israel

No es la sutileza precisamente el fuerte de Samuel Maoz (Lebanon), cineasta israelí con cierta tendencia a lo enfático, al subrayado y a ese azar posmoderno y sobrescrito que se impone siempre sobre sus historias como una estructura trágica para el destino de sus personajes. Con esta Foxtrot, Gran Premio del Jurado en Venecia, consigue templar los excesos gracias a cierto humor negro y a un estilizado fatalismo que equilibra los tres grandes bloques de su película para encadenarlos en un círculo que encierra una mirada dura y pesimista sobre la deriva militarista y belicista del Israel contemporáneo.

La noticia de la muerte del hijo soldado atraviesa la puesta en escena del duelo paterno (Lior Ashkenazi) en el primer tercio del filme, un tramo de formato teatral que Maoz sobrevuela y libera con sus juegos de cámara, punto de vista y aprovechamiento del espacio. Sin ánimo de destripar la sorpresa, que la hay, Foxtrot apuntala ya aquí las intenciones de su texto, la insalvable dialéctica entre el mundo civil y el militar.

Una segunda parte nos saca al exterior sin aparente relación directa: en un puesto de control fronterizo, un grupo de jóvenes soldados matan el tiempo durmiendo y comiendo de lata en un miserable barracón que se hunde lentamente. Las metáforas son explícitas y la sorpresa, otra vez, de un efecto devastador. De nuevo Maoz despliega su pirotecnia visionaria, sus pausas liberadoras (el número de baile con fusil) y nos hace ver el paisaje desde las alturas de una grúa funeraria.

Un último tercio nos devuelve al apartamento del inicio: el dolor no sólo no se ha disipado sino que ha cobrado nueva, recurrente e inesperada forma. El padre y la madre exhiben ya sus heridas de guerra y afloran los reproches y arrepentimientos. Es el tramo más apaciguado, menos enfático, incluso con los apuntes cíclicos del Spiegel im spiegel de Arvo Pärt. Ya estaba todo dicho, sin embargo, aún aguarda una última y macabra pirueta de salida.

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