Humor y juegos de lenguaje

  • Las creaciones de Isabel Sierra cuestionan los géneros tradicionales y apuestan por la ironía en un conjunto que no da la espalda al cuidado formal de cada composición

Logotipos

Isabel Sierra y Gómez de León. Galería Sánchez de Lamadrid. Pozo del Olivar, 19-21. Jerez de la Frontera. Hasta el 9 de septiembre.

A primera vista, la fotografía hace pensar en Sánchez Cotán: un plano horizontal, cuya firmeza aseguran el encuadre y la luz, y sobre él, erguida y silenciosa, una cabeza de ajo. Pero un segundo bulbo, encaramado esta vez a una palmatoria, genera fundadas sospechas. La risa sobrevuela la imagen, sobre todo al ver el título, Silvio: la ironía es entonces doble: relativiza la solemnidad del bodegón e identifica al singular Berlusconi por una de sus fobias, su horror al ajo, en vez de hacerlo por su imperio informativo, sus políticas o sus presuntos escarceos.

Los trabajos de Isabel Sierra (Sevilla, 1985) poseen dos principios activos del arte actual: el cuestionamiento de los géneros tradicionales y el valor concedido al humor. La reflexión sobre los géneros artísticos surge con la misma modernidad. Cuando el arte abandona la disciplina de los géneros comienza también a repensar su alcance: el del retrato, el paisaje o la naturaleza muerta, meditación que el arte actual amplía y subraya: Cindy Sherman altera el autorretarto (al revestir ella misma una identidad otra), Sven Johne produce bellos paisajes marinos que son en realidad lugares de catástrofes y Ori Gersht compone serenas naturalezas muertas que hace estallar después en mil pedazos. Esta relativización de los géneros encierra ya en germen el humor o más exactamente, la ironía, puesto que todas las exigencias del paisaje o el bodegón se emplean en decir algo para lo que ni uno ni otro había sido pensado. Pero el humor, al menos desde Marcel Duchamp, da un paso más al romper desde el arte las propias fronteras artísticas. Maurizio Cattelan o Erwin Wurm han prolongado esa impronta que quiebra convenciones para abrir espacios en los que el pensamiento sea más libre.

Isabel Sierra trabaja en esta doble dirección. De un lado elabora cuidadosamente las formas. Construye con precisión la estructura espacial de la naturaleza muerta (dos planos, un exacto diedro) y en ella aparecen los objetos, asegurando la firmeza de estos últimos mediante la luz que sugiere la brillante caducidad del instante. Pero este mismo rigor formal alimenta el humor porque el bodegón no llega a sr tal.

En efecto: esos objetos que parecen reposar en sí mismos (como en todo bodegón) son en realidad vehículos que apuntan a políticos de hoy. La cebolla a Wladimir (Putin), en alusión a las cúpulas de ciertos templos rusos; los limones y la corona, a James (Cameron) y a la monarquía y acre exactitud británicas, y el caballito que parece saltar contra la pared a Barack (Obama), haciendo pensar en la difícil tarea que cualquier progresista, por presidente que sea, tiene en Estados Unidos o quizá sólo a la malhumorada declaración de Hillary Clinton cuando aseguró que votar a Obama (en la convención demócrata) era apostar a caballo perdedor. La imagen titulada Mariano (Rajoy) carece de objeto: sobre el tablero de la mesa solo hay un estricto vacío: que éste sea de información, coherencia, proyecto político o perspectiva económica queda a criterio del espectador. Más clara se antoja la imagen titulada Angela (Merkel) por inapropiada que pueda parecer la evidente alusión fálica.

Sierra conoce bien el alcance de lo que Wittgenstein llamó juegos de lenguaje y se desliza entre ellos de modo que al alterar los contextos donde se inscriben los signos (las figuras), altera también los significados. Pasa del bodegón (que recoge la imagen) al retrato (que expresan los títulos) pero le sustrae lo que parece decisivo, la figura humana. Autores como Arnold Newman o Philippe Halsmann quitaron al retrato carga psicológica para caracterizar al personaje por medio de sus obras o sus ideas. En las obras de Sierra el personaje desaperece sólo quedan objetos y alusiones que el espectador leerá e interpretará, o mejor, construirá sobre ellos su propio jeroglífico. Esta dimensión comunicativa es el mejor alcance de estos trabajos.

La exposición cumple con uno de los objetivos de la galería Sánchez de Lamadrid que parece dispuesta a desafiar al presente. Cuando en este país de los recortes ni se habla de los que se hacen en cultura, sino que simplemente se suprimen las partidas presupuestarias de cuanto signifique arte actual, esta galería apuesta por la fotografía de hoy. Ha presentado obras de autores tan reconocidos como Bruno Barbey, referencia obligada en la fotografía documental (recuérdense sus fotos del Mayo Francés), Cristóbal Hara y Gilles Larrain (excelente galería de retratos de cantaores flamencos), alternando estas muestras con las que dedica a autores jóvenes. La tarea es tan difícil como necesaria, ahora cuando la expresión arte contemporáneo la borran de su léxico las administraciones públicas. No se sabe si para volver a los valores eternos o para apostar por el kitsch. El populismo es útil en tiempos de crisis.

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