Luminosa oscuridad

  • Si no lo ha hecho ya, apunte en su agenda otro de esos títulos mayúsculos que el rock español nos regala en 2008

No es la primera vez, ni la última, que La Ventana Pop rescata un disco que ya lleva algunos meses en el mercado. Tampoco será ésta la única ocasión en que se explique el motivo aludiendo a la avalancha de novedades que cada semana pugnan por concitar la atención del oyente. Ocurre a menudo que tal o cual título queda sepultado en los últimos puestos de la pila de escuchas pendientes y que, cuando finalmente le llegá el turno, te invade la incredulidad. ¿Cómo se me ha podido pasar esto? Pues justo eso es lo que a un servidor le ha ocurrido con el segundo trabajo de la banda madrileña Nudozurdo, Sintética.

En activo desde 2001 con una formación sustancialmente diferente a la actual, el entonces trío ganó un concurso local un año después, el Popzuelo 2002 de Pozuelo de Alarcón, y como premio grabó el consabido álbum con distribución nula y promoción inexistente. Tres años después de aquel homónimo disco invisible Nudozurdo volvió al estudio de grabación para registrar las canciones que, agárrese, fueron editadas el pasado verano bajo el título de Sintética. El porqué de tanta demora tiene su respuesta, según parece, en un rosario de problemas que, de hecho, acabó con la salida de dos de los tres integrantes de la formación, quedando el guitarrista y vocalista, Leopoldo Mateos, como único encargado de reflotar el proyecto. Así que cuando Sintética finalmente vio la luz lo hizo en una situación francamente inusual: el grupo encargado de defender en vivo sus canciones, ahora un cuarteto, no es el que lo grabó.

Curiosidades al margen, lo que este sorprendente álbum propone son nueve canciones de indisimulada filiación ochentista, cortes evocadores no sólo ya de atmósferas muy concretas -el nihilismo inteligente y desencantado del post-punk tocado por un ominoso halo romántico: Joy Division, para entendernos-, sino incluso de la manera de hacer, la manera de concebir la composición y la interpretación rock de aquellos días -líneas de bajo más melódicas que rítmicas; ritmos de batería escapando del subrayado grueso; guitarras que, en la medida de lo posible, esquivan el riff...-.

Al tiempo, y como también viene sucediendo cada vez en mayor medida, Nudozurdo tiende su puente sobre el indie-rock nacional de los 90 para emparentar de manera directa con lo más sombrío del pop español de los 80 -de Décima Víctima a Parálisis Permanente-. Ahí es probablemente donde cabe rastrear los antecedentes de canciones tan oscuras y redondas como Mil espejos, Negativo, la inquietante Kamikaze, la arrolladora No hay nadie o esa enorme elegía paranoica que es El hijo de Dios -siete minutos y medio de tensión narrativa y desgarro eléctrico-. En definitiva, otro de esos títulos que en 2008, sin saber nada de presuntas e interesadas crisis de creatividad, vienen confirmando un renacimiento del rock español en español como hacía tiempo que no se recordaba.

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