Rasgos para pensar la ciudad

  • El CAAC plantea diversas cuestiones urbanas con la muestra 'A las ciudades se las conoce, como a las personas, en el andar' y el trabajo de Alejandro Sosa

Sevilla, ciudad de exposiciones internacionales. Es una de las reflexiones de la muestra. Si la Exposición Iberoamericana del 29 propició la planificación del sur de la ciudad, la Universal del 92 acabó con el dogal ferroviario, trazó la circunvalación y urbanizó la Cartuja (aún poco más que un huésped para muchos sevillanos). La influencia decisiva de tales eventos para fijar el perfil de la ciudad sugiere la débil identidad moderna de Sevilla: los proyectos industriales esbozados en 1929 los deshizo la gran depresión y tras el 92, el soñado parque tecnológico se quedó en temático, y mientras se liquidaba la escasa industria con el señuelo de un futuro centrado en la economía de servicios, muchos inversores locales elegían el camino fácil del ladrillo. Por eso es significativo que el ala norte del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, dedicada a la ciudad de Sevilla, comience con una proyección de los fastos del 29 y se cierre con otra del 92.

Pero tal sección, a la que volveré, se sitúa en un amplio panorama de cuestiones urbanas. Menudean los contrastes. Así, a las fotografías del grupo AFAL (entre el neorrealismo y el pop), colgadas en la Capilla de Fuera, se opone el breve recinto dedicado a Nueva York. Imágenes de esta ciudad tomadas por Francisco Ontañón (que perteneció a aquel grupo) sirven de puente. Las acompañan diversos documentos de la estancia neoyorkina de García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Junto a ellos, espacios impersonales de la gran ciudad, fotografiados por Dan Graham, y el humor de Madelon Vriesendorf: el Empire State y el Chrysler Building, enamorados, hacen el amor a la luz de una marchita antorcha de la Estatua de la Libertad.

Otra oposición de la muestra comienza con el sueño de la ciudad ideal en dos direcciones diferentes. Guillermo Pérez Villalta revitaliza el venerable lugar común renacentista con trabajos que parten de rápidos apuntes en libretas de bolsillo y terminan en trabajos muy elaborados, mientras que la futurista ciudad flotante del arquitecto José Miguel de Prada (autor del Palenque y del insólito Hielotrón) llena el templo de la Cartuja. A estas ideas se oponen las que cabría llamar ciudades ficticias, como las del western almeriense, recogidas por Sergio Belinchón, o los inefables edificios kitsch levantados por narcotraficantes y recogidos por Molina Pantín y Jaime Duque. Frente a ello, la crítica de una planificación urbana hecha al margen de la mayoría de los ciudadanos, esbozada por Jesús Palomino, y la sagacidad de Santiago Cirujeda que aprovecha vacíos legales para levantar en las azoteas viviendas hechas con materiales prefabricados. Todo ello se completa con las fotos de Daido Moriyama y las de Alejandro Sosa: los fragmentos de la ciudad que recogen las primeras escapan a la mirada cotidiana tanto como los paisajes rectificados de las segundas que ofrecen en panorama cuanto el transeúnte percibe al pasar (desde el puente del Centenario hasta los bloques de Los Pajaritos).

En la reflexión sobre Sevilla, en el ala norte, destaca la amplia colección de postales, reunida pacientemente por Nazario (autor que cambió la guitarra flamenca por una acerada pluma dedicada al cómic), que ofrece más de un siglo de enclaves, monumentos y mitos de Sevilla. José Miguel Pereñíguez expone diseños de arquitecturas de Los Remedios: propuestas de García Mercadal (no realizadas) y bloques en X de Espiau. Un filme con la trayectoria de Los Smash, fulgurantes rockeros de los setenta, se alinea con los trabajos de Juan Sebastián Bollaín, arquitecto y cineasta: desde la audaz película sobre la Alameda hasta la irónica Sevilla 2030, ciudad que vive sólo para el turismo con el que sus moradores logran recursos para pagar las eternas hipotecas de sus viviendas. Algo de esto dice la serie fotográfica de Jorge Yeregui, El valor del suelo, que se exhibe en una sala junto a la indagación de Juan Carlos Robles sobre las Tres Mil Viviendas y a un gran fresco de Miguel Trillo que muestra cómo las tribus urbanas de los más remotos lugares se parecen entre sí. Enfrente, fotos de Claudio Zulian: iniciativas urbanas en el Cerro del Águila, Pino Montano y el Pumarejo. Por último, una sustanciosa sala dedicada a un arte urbano, el cómic: viñetas de Nazario y Miguel Brieva conviven con las de El Roto y con las de Francesc Ruiz, cuyos trabajos diseñan una extraña ciudad.

La muestra se completa con la señalética elaborada por Rogelio López Cuenca para la Expo 92. Vetada en su día por los responsables del evento, adquieren hoy tinte profético: los vientos conservadores, hoy dominantes, señalan que, como decía el autor malagueño, bajo la playa de la utopía, la fiebre de los mercados vuelve a alumbrar recios adoquines.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios