Un 'Rey León' que mantiene su fiereza

  • Tras dos años en cartel, la adaptación de la película de Disney en el Lope de Vega de Madrid sigue registrando llenos y cautivando al público.

La versión española de El Rey León ha cumplido ya dos años en cartel en la Gran Vía -se estrenó en octubre de 2011-, pero Simba, el héroe de la adaptación de la película de Disney, exhibe todavía la misma fiereza de sus comienzos. La crisis no ha podido con el despliegue de talento y de medios que cada día se produce en el Teatro Lope de Vega: nada menos que 1.200.000 espectadores han acudido a las 870 funciones que se han programado hasta ahora. Alrededor del 70% de los asistentes a este fenómeno viene de fuera de Madrid, quizás porque desde la productora, Stage Entertainment, inciden en que El Rey León no podrá salir de gira. La ambición del montaje, la complejidad de la escenografía y los recursos que propone la directora Julie Taymor en su trasvase a las tablas de este clásico reciente de la animación impiden que la obra salga de un Teatro Lope de Vega que sufrió una amplia reforma para la ocasión.

Un paseo por el backstage revela las impresionantes dimensiones de la mayor producción musical hecha hasta ahora en España. Algunos de los decorados cuelgan del techo porque los hombros del teatro -una de las joyas de la red de espacios escénicos de Madrid- carece de la amplitud necesaria para albergar la cantidad de material que se utiliza en cada representación. Justo detrás del escenario se encuentra lo que el equipo conoce como el búnker, en el que aguarda el vestuario dispuesto para los intérpretes que abordan varios papeles, algunos de los cuales se cambian de ropa hasta 15 veces durante la obra. Trajes que recrean ñus con diferentes texturas, piezas que forman parte del cuerpo de un monumental rinoceronte, sombreros elaborados con césped... Todo es posible en un festín de inventiva y de espectacularidad que, sin embargo, surge de la rigurosa investigación de atuendos procedentes de África, pero también de Oriente o de otras franjas del mundo. Una mezcla de culturas acorde con los diversos orígenes que conviven en el reparto: el departamento de vestuario en el que trabajan 16 personas maneja un pantone con las tonalidades de piel que tienen los actores de la compañía. Entre las piezas que requieren más cuidado destacan unos corsés de cuentas que hay que repasar cada 48 horas: que se rompiese cualquiera de estas prendas y que rodaran las cuentas por el escenario podría suponer una verdadera catástrofe en una representación calculada al milímetro para que no haya ningún tropiezo.

Otro de los apartados en el que la supervisión es constante es el de puppets, necesario para un espectáculo que no oculta los rostros de los actores pero que resalta la parte animal de los personajes gracias a las máscaras. Las dos piezas más sensibles y aparatosas del conjunto son el dispositivo de alrededor de 15 kilos que porta el villano Scar, y que activa en ocasiones puntuales el actor que lo interpreta, Sergi Albert, o la figura de casi 1.000 plumas que reproduce a un expresivo Zazú que mueve los ojos, la boca o el cuello.

En la maquinaria que activa cada día El Rey León juega un notable papel el equipo de maquillaje, donde los profesionales disfrutan con las vistosas creaciones inspiradas en la exuberancia de las tribus africanas, o la orquesta, que interpreta en el foso una música en la que a las canciones de Elton John y Tim Rice se suman los bellos ritmos que ha compuesto el sudafricano Lebo M. No es el único detalle con el que se ha querido reforzar el homenaje que El Rey León hace al continente prodigioso en que se ambienta su historia: en el reparto hay una constante presencia sudafricana para mantener la esencia del proyecto.

Pero en la impactante ceremonia que organiza la experimentada batuta de Taymor, que plantea inesperadas soluciones escénicas entre las que tienen cabida el teatro de sombras balinés o la técnica bunraku -en la que algunos intérpretes dan vida a grandes tallas, entre ellas unas jirafas que alcanzan los cinco metros- todos los alardes van encaminados a la emoción del espectador. Una emoción estética que completa la sentimentalidad de la historia de Simba, un personaje que "está enfocado como un ser humano, que siente como una persona, que tiene miedos", dice el mexicano Michel Jáuregui, que desde el pasado julio encarna al protagonista y que lo ve como alguien a quien "le duele crecer, pero se da cuenta de que la vida va de que tienes que enfrentarte a los problemas". Un desafío que "es complejo. Es una de las partituras más difíciles de cantar en el teatro musical. Sólo en mi primera aparición tengo que dar saltos y tesituras muy altas, estoy dando volteretas y cantando con notas muy agudas. Hay cantantes que no pueden hacer eso y recurren al playback".

Más veterano en El Rey León es el barcelonés Sergi Albert, habituado a dar vida a la maldad desde el Gastón de La Bella y la Bestia, y que desde el estreno interpreta a Scar, el perverso hermano del rey y tío de Simba. Un malo de la función en el que resuenan los ecos de Shakespeare y que Albert disfruta en cada acercamiento. "Él tiene una cosa muy clara: hay algo que le impide tener el poder, y es que haya nacido, como él dice, esa bola de pelo que es Simba", explica este actor curtido junto a grandes maestros (Tricicle, Dagoll Dagom o Mario Gas). "Es muy infeliz, piensa que ejecutando su plan conseguirá la felicidad, y descubrirá que no es así. Cuando ya ha matado a su hermano, cuando ya se ha deshecho de Simba, descubre que no es feliz. Es un patito feo que no se ha convertido en cisne", resume. En su opinión, Scar "es todo eso y más. Llevo casi 900 funciones y sigues encontrando cosas nuevas en una frase, en una mirada. No dice tanto con el texto como con el subconsciente. Es de los malvados más malos de Disney, pero el que más historia interna tiene". El día a día del reparto, prosigue Albert, "es como una torre de Babel. Hablamos entre nosotros en catalán, en castellano, en inglés, en francés y en italiano. Y porque no sabemos alemán...". Pero, como añade su compañero Michel Jáuregui, esa mezcla de culturas y esa convivencia en armonía es uno de los secretos del éxito de El Rey León, "uno de los elementos que hace que el espectáculo tenga esa vida".

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