Crítica de Música

Sonetos para soñar

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El tenor venezolano, habitual últimamente en iniciativas musicales de Sevilla, amplió el martes su muestrario de versatilidad interpretativa con un magnífico recital de canciones de concierto. Abrió con dos arias de Gluck en las que Damas mostró su dominio del legato, su sentido de la línea de canto, su elegancia en el decir y la naturalidad con la que su voz transita por los diferentes registros. El siempre problemático pasaje está resuelto de tal manera que no se aprecia ningún tipo de cambio de color ni ningún salto en la transición al registro superior, zona en la que se mueve con facilidad y brillantez. En el registro expresivo, estas dos primeras intervenciones certificaron su dominio de las medias voces, de la voz mixta y hasta del falsete, recurso que cuando,(segundo de los sonetos de Petrarca) se utiliza con frugalidad y con sentido expresivo, se convierte en una nota de elegancia.

El corazón anímico de la velada lo constituyeron los tres maravillosos sonetos de Petrarca de Ferenç Liszt, para los que los intérpretes optaron por la primera versión, la más exigente técnicamente. Aquí Damas fue un dechado de efusividad y de control de la voz plena, con potencia, expandiéndola en la zona superior hasta alcanzar con espectacular brillo un Re bemol sobreagudo en Pace non trovo. Con la complicidad del rubato de Diego Rivera, I vide in terra se convirtió en una lección de morbidez expresiva. A la languidez, abandono y ligereza con la que tradujo las canciones de Poulenc le sucedió la efusividad romántica, casi operística, de las de Rachmaninov, beneficiadas aquí por el brillante piano de Rivera, preciso y expansivo.

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