Crítica de Cine

Tarde y mal

Llega tarde y mal esta película. Tarde porque lo hace tras un par de series de televisión (Escobar, el patrón del mal y Narcos) y de películas (Blow y Escobar: paraíso perdido) que han exprimido, con mejores o peores maneras, al narco-emperador. Y mal porque no aporta nada ni desde punto de vista cinematográfico ni sobre el personaje. Lo primero no supone un grave hándicap, pese al peligro de la saturación, porque un tipo tan perverso y poderoso como adorado por una rara santería popular da para muchas revisiones o interpretaciones. Pero a condición de que se haga con buenas maneras cinematográficas, es decir que el guión y el tratamiento digan o muestren algo nuevo sobre él. Y esto no sucede en este caso. Todo parece ya visto. Aporta la poderosa -hasta el punto de la exageración reconcentrada unas veces y explosiva otras- interpretación de Javier Bardem. Pero no basta.

El reencuentro entre Fernando León de Aranoa y Bardem tras el éxito de la más que notable Los lunes al sol es decepcionante. El realizador parece fuera de su elemento, que es el del cine de autor tal como lo practicó entre 1996 y 2010 -Familia, Barri, Los lunes al sol, Princesas, Amador-, después que tras cinco años sin dedicarse a la ficción emprendió el camino de las coproducciones internacionales con la fallida Un día perfecto. Un camino que ahora prosigue con la aún peor Loving Pablo. Ambas le quedan grandes o chicas, vaya usted a saber, porque el cine de género -y esta película pertenece al últimamente superexplotado subgénero del narco-thriller- requiere unos talentos que no siempre los autores tienen. A cada cual lo suyo. Además tiene que vérselas con un mediocre guión inspirado en el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar de la periodista Virginia Vallejo que da paso al que tal vez sea el mayor error de la película: la desacertada interpretación de Penélope Cruz, que logra hacer irreal un personaje real.

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