Variaciones sobre las 'Variaciones Goldberg'

Bach, luz de Occicdente. Así se denomina uno de los hilos conductores de la presente edición del Festival de Música Antigua y pocas veces tendrá tanta razón un eslogan como anoche, cuando sólo un escaso centenar de personas (un desperdicio, tratándose de quien se trataba) pudimos acceder al pequeño recinto donde se ofició la ceremonia de la Luz, de la Razón hecha Sonido, de la Belleza disfrazada del lenguaje matemático de las concordancias musicales, que dirían los neoplatónicos. Las Goldberg. Nada más y nada menos. Y en su auténtica esencia sonora y en su total despliegue de sabiduría expresiva y contrapuntística.

Céline Frisch nos trajo el envés de la tradición clavecinística encarnada hace sólo unos días por Gustav Leonhardt: el juego, la fantasía, la imaginación en el uso de los recursos expresivos, el recrearse en el tempo, el abrir los silencios y el despliegue de variedad agógica. Atacó el aria inicial sin caer en la solemnidad excesiva habitual en los pianistas, sin añadir calderones y con un leve uso del rubato. Este saber jugar con la duración de las notas dentro de cada compás constituye una de las armas más eficaces del estilo de Frisch, con la que diseñó de manera magistral una variación nº 13 en la que cada da capo sonaba con un leve matiz diferente. Igualmente en la seductora y misteriosa variación nº 25, con su lenguaje cromático y su tonalidad de Sol menor y en la que Frisch creó un clima de apasionante intimidad, un misterio ceremonial en el que esperábamos cada reaparición del tema para contemplar ese matiz diferente, ese acento alternativo.

En algún momento, sobre todo en las variaciones a dos teclados, se detectó algún error de coordinación entre las manos y algunas notas erradas. A cambio, la combinación de agilidad y originalidad en el fraseo estalló en la giga de la variación nº 7, un continuo juego con el ritmo. ¡Y qué recogimiento y que abstracción en el Aria da capo!

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