Crítica 'Alegrías de Cádiz'

Entre el 'arte' y el desastre

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Alegrías de Cádiz. Documental, España, 2013, 117 min. Dirección: Gonzalo García-Pelayo. Guión: Iván García Pelayo, Pablo García Canga. Fotografía: José E. Izquierdo. Música: Fernando Arduán, Pablo Cervantes. Intérpretes: Jeri Iglesias, Beatriz Torres, Marta Peregrina, Laura Espejo, Rosario Utrera, Javier García-Pelayo.

Perdone de antemano el lector por la primera persona, pero escribir sobre la nueva película de Gonzalo García-Pelayo me coloca en una tesitura difícil y este yo es lo más pertinente, más aún después de haber contribuido modestamente, junto a un grupo de amigos entusiastas, al proceso de rehabilitación de su obra cinematográfica desde un seminario y una retrospectiva celebrada en el SEFF 2013 que se ha visto refrendado con nuevos ciclos y homenajes en Madrid, Santander, Viena o París.

Difícil porque su regreso al cine después de 30 años dedicado a otros asuntos, un regreso sin duda alentado por toda esta ola de adhesiones y reivindicaciones de una nueva generación cinéfila que admira hoy la modernidad, el desparpajo y la autenticidad de Manuela, Vivir en Sevilla, Frente al mar, Corridas de alegría y Rocío, esta Alegrías de Cádiz nacida de un impulso de reenganche, rejuvenecimiento o tal vez de nostalgia, de una motivación de reencuentro con uno mismo y la pasión (perdida) por hacer cine, me parece una película fallida (por más que me pese usar este adjetivo tan desgastado e impreciso), aun en sus riesgos a contracorriente, en su modestia, libertad e independencia, en su entrada por la puerta de atrás en un mundillo, el del cine, que ha cambiado mucho desde aquellos días de arrojo y picaresca de la Transición.  

Fallida en tanto que Alegrías de Cádiz no puede, tal vez porque tampoco quiere, disimular su gran deuda con Vivir en Sevilla, en su condición de filme-espejo que aspira a repetir un esquema, unos modos, una oralidad, unos temas, una estructura musical, un carácter híbrido e indomable, aunque ahora lo haga desde el cálculo consciente y con red de seguridad donde antes había intuiciones, destellos, azares y circunstancias no demasiado controladas que dieron unos frutos que el tiempo no ha hecho sino engrandecer e incluso, cinefilia mediante, mitificar.

Ni este Cádiz carnavalero y popular aquí retratado consigue escapar de ciertos clichés ombliguistas y anestésicos, ni estas mujeres jugando al desdoble y al destape tatuado son aquellas mujeres volátiles, ingenuas y libres de la España de los 70, ni Jeri Iglesias tiene el age de su padre Miguel Ángel aunque le copie el deje y los parlamentos rítmicos, ni las imágenes tienen ya la vibración vital ni el bendito grano de aquellos tonos del 35mm, ni las estupendas canciones y músicas de entonces, ay, son las baladas al crepúsculo playero de Fernando Arduán, ni tampoco, lamentablemente, las ideas visuales o narrativas de Pelayo y los suyos, con su hermano Javier como narrador de ida y vuelta entre callejones, callejas, callejuelas, plazas y alamedas, encuentran acomodo en este viaje en voz alta entre una torpe ficción simbólica (¡la Pepa, las Pepas!) y el documento antropológico (Cádiz como mito, con sus voces, trovadores, coros y danzas), entre las viejas obsesiones personales (la mujer, todas las mujeres) y las digresiones, entre el arte y el desastre, algo, esto sí, muy gaditano por cierto.

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